Romualdo Alonso Pino, El Pino de Cangrejeras, cayó sin vida cuando aún sus últimos versos cantados no se habían dormido en la cabeza de los admiradores que, en La Salud, Quivicán, lo escuchaban a plenitud.
Calló y cayó a un mismo tiempo, como si este par de verbos tan parecidos sirvieran para inventar la última metáfora de su existencia de exquisito improvisador.
Muchos recordarán sus ardientes manos a mano en el programa televisivo Palmas y cañas, sobre todo en las décadas del 80 y el 90 del pasado siglo, con el también fecundo Elio Vidal y en dondequiera que la décima improvisada saltara a la valla para contar las cosas más increíbles de la vida en un relámpago lírico de apenas diez versos.
Unido en el arte y la vida con Mercy Estrada y también asiduo contrincante de repentistas del calibre de Elio Vidal (El Cucalambito) y José Miguel Bello (El Intelectual de Marianao), el casi octogenario bautense deja una honda huella entre los hijos de Naborí y también en jóvenes como Yasel García Cortes, el muy talentoso prospecto que vio caer sin vida al poeta cuando ya su postrero canto iba ascendiendo a la eternidad.
Alonso Pino presintió su muerte y, como audaz guerrero, quiso morir en escena, peleando y amando con los versos que, de modo tan gallardo, siempre encumbró.
ALONSO PINO
(Acróstico)
Alonso Pino murió,
Lo hizo como deseaba;
Octosílabos soñaba,
Nunca de eso se olvidó…
Su destino lo cumplió
Orgullosamente fiel;
Pintó su adiós sin pincel,
Izó banderas de luz:
No quiso llanto ni cruz
Oxidándoles la piel.
Juan Carlos García Guridi
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