La Cuba de El Cangrejo y la Cuba del niño que guardó su comida para sus abuelos
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Por Iván León

Hay imágenes que resumen mejor que cualquier estadística el estado moral de un país.
En una aparece un adolescente que recibe una caja de comida durante una donación y responde con absoluta naturalidad: «La voy a guardar para mis abuelos«. No piensa primero en él. Piensa en dos ancianos que probablemente tengan aún más hambre que él.
En la otra aparece Raúl Guillermo Rodríguez Castro, «El Cangrejo», nieto de Raúl Castro, hablando de los Yankees, de París, del foie gras, de la opulencia de Moscú, de relojes Rolex, ropa Hermès y viajes en jet privado.
Cuando le preguntan por esa distancia con el resto del país, responde: «Me duele que mucha gente no pueda vivir como yo«.
Entre ambas escenas cabe toda la tragedia de la Cuba contemporánea.
No se trata simplemente de pobreza. Tampoco únicamente de desigualdad. Lo verdaderamente obsceno es que ambas Cubas no son fruto del azar, sino consecuencia del mismo sistema político.
El niño guarda comida porque en Cuba miles de familias dependen de donaciones para alimentarse. Sus abuelos representan a una generación que, después de toda una vida de trabajo, sobrevive con pensiones incapaces de garantizar una alimentación digna.
Mientras tanto, quienes han administrado durante décadas el poder disfrutan de privilegios inaccesibles para el resto de la población.
La inmoralidad no reside solo en la existencia de una élite privilegiada. Todas las sociedades conocen desigualdades. Lo que resulta moralmente insoportable es que esa élite haya construido su bienestar precisamente desde un sistema que durante más de sesenta años prometió igualdad, justicia social y la eliminación de los privilegios.
El contraste adquiere una dimensión aún más perturbadora cuando el propio régimen intenta presentar a Rodríguez Castro como un interlocutor válido para hablar del futuro de Cuba con Estados Unidos.
El Cangrejo no ocupa ningún cargo electo. No ha sido designado mediante un proceso público. No responde ante ninguna institución representativa. Su única credencial política es pertenecer a la familia que ha concentrado el poder durante más de seis décadas.
Y, sin embargo, aparece negociando, opinando y proyectándose como posible puente entre La Habana y Washington mientras millones de cubanos carecen incluso de voz para decidir el futuro de su propio país.
Esa es quizá la imagen más elocuente del sistema cubano: el poder no se legitima por el mérito, la representación democrática o la voluntad popular, sino por la cercanía a quienes lo han ejercido durante generaciones.
Resulta difícil imaginar una contradicción más profunda con el discurso oficial que durante décadas condenó las oligarquías familiares, las castas privilegiadas y la transmisión hereditaria del poder.
La historia del adolescente y la de El Cangrejo no son dos noticias distintas. Son el mismo país visto desde extremos opuestos.
Mientras un niño aprende demasiado pronto que compartir el hambre también es una forma de querer, la élite gobernante habla de foie gras, relojes de lujo y grandes capitales del mundo como si la Cuba real existiera en un universo paralelo.
Y quizá ese sea el dato más demoledor de todos: el problema ya no es solo que una parte de la dirigencia viva mejor que el resto. El problema es que ha dejado de comprender cómo vive el resto.
Cuando un gobernante pide sacrificios desde el privilegio, cuando habla de resistencia mientras otros hacen colas para conseguir pan, cuando legitima como interlocutores a quienes representan los mayores privilegios del sistema, deja de existir cualquier autoridad moral para invocar la igualdad o la justicia social.
El drama de Cuba no consiste únicamente en que haya una casta privilegiada. Consiste en que esa casta siga pretendiendo hablar en nombre de un pueblo cuya realidad parece haber dejado de reconocer hace mucho tiempo.
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