
Con especial devoción se realiza cada año en Cuba la Jornada Ideológica Camilo-Che, desde el 8 al 28 de octubre para evocar la trayectoria revolucionaria y el ejemplo imperecedero de dos héroes legendarios en la historia de la patria, a los cuales el pueblo rinde tributo mediante trabajo y creación en aras de sortear las complejidades socioeconómicas que enfrenta y tener un mejor país para todos.
Así se honra a Camilo Cienfuegos Gorriarán, quien, a pesar de su muerte con solo 27 años, en un accidente aéreo el 28 de octubre de 1959, es de las personalidades más paradigmáticas del proceso emancipador en Cuba, en el cual perduran sus hazañas como combatiente de probada lealtad; hombre afable, jaranero, de sonrisa amplia plena de sabor criollo, la verdadera imagen del pueblo.
Con la tradicional jornada también se reverencia a Ernesto Guevara de la Serna, el argentino-cubano que mejor encarnó al hombre nuevo al que aspiramos, el cual se jugó la vida en los campos insurrectos de la nación y después, en altruista gesto de internacionalismo, retomó las armas en tierras de Bolivia, donde peleó al frente de su guerrilla y fue asesinado el 9 de octubre de 1967.
Camilo, quien llegó a ser Comandante del Ejército Rebelde, representa a uno de los protagonistas de la epopeya redentora más querido y admirado de este país, por su actuación como combatiente de la primera línea en la lucha contra la tiranía proimperialista de Fulgencio Batista, con acciones matizadas de leyenda y heroicidad en la memoria de sus compatriotas.
El Che, valeroso hijo de la América nuestra, antes de su insistente interés por conquistar la libertad del continente, fue un visionario constructor de la patria nueva en Cuba, tras abrazar la idea, convencido de su justeza, de pelear en la hermosa tierra de Martí, Gómez, Maceo, Agramonte y tantos próceres, en la que ganó, asimismo, el grado de Comandante del Ejército Rebelde.
Tan fecundas vidas y obras constituyen inspiración perenne para las nuevas generaciones y acicate en el trabajo y la batalla cotidiana de tiempos tan retadores; si de cada una de sus lecciones no aprendimos, de muy poco nos serviría haber tenido el privilegio de tenerlos entre nosotros, en una nación que entregaron de pie los padres fundadores.
Se conocieron en el México solidario. La entrañable amistad que cosecharon estos dos genuinos héroes de la patria se forjó en el crisol de la lucha y devino relación sólida que pervivió en el tiempo; una virtud que realza su existencia, cimentada por el ejemplo que legaron de coraje en el combate, fidelidad a la causa y osadía frente a la adversidad, enseñanzas útiles ante los apremios actuales.
Datos históricos revelan la destacada actitud de Guevara desde los preparativos de los revolucionarios cubanos en tierra mexicana, para la proyectada expedición del Granma en octubre de 1956; hacen referencia al sagaz argentino incorporado a la empresa libertaria de Cuba liderada por Fidel Castro, en cuanto a asumir cada tarea asignada con la mayor diligencia.
En sus atributos distintivos se acentuaba una formación profesional y política superior a la de muchos de sus compañeros, pues era médico, había ejercido su profesión en un leprosorio peruano en el corazón de América del Sur y había estudiado Marxismo, una teoría política que la generalidad de sus camaradas de gesta, excepto Fidel y Raúl Castro, poco percibían.
Una amistad profunda surgiría entre aquel hombre de firmes convicciones, nacido en Rosario, Argentina, el 14 de junio de 1928, y Camilo, un habanero de Lawton, último en incorporarse a los futuros expedicionarios del Granma, que vio la luz el 6 de febrero de 1932, al parecer destinados ambos por las circunstancias a encontrarse e influir destacadamente en la historia de Cuba.
Se conoce que apenas habían cruzado pocas palabras entre ellos durante los últimos y necesarios entrenamientos, antes de la partida hacia Cuba del pequeño yate con los 82 expedicionarios a bordo, ni tampoco durante la arriesgada travesía de Tuxpan a tierra cubana, adonde arribaron el 2 de diciembre de 1956.
Lo mismo ocurrió en los días comprendidos entre el casi naufragio y el bautismo de fuego de Alegría de Pío, donde fueron sorprendidos por fuerzas del ejército batistiano y el contingente se dispersó en grupos pequeños y combatientes solitarios, que partieron en distintas direcciones con el peligro real de ser apresados, torturados o perder la vida.
Pero tenaces como eran el Che y Camilo llegaron prácticamente juntos el 18 de diciembre de ese año a la casa de Mongo Pérez, en Purial de Vicana. Allí se encontraron con Fidel y Raúl, reunieron los únicos siete fusiles que tenían y el jefe rebelde proclamó con optimismo: “¡Ahora sí ganamos la guerra!”
En lo adelante, su relación crecería y se profundizaría cuando cada uno fue descubriendo en el otro cualidades y virtudes dignas del mayor elogio.
Sobre los dos legendarios guerrilleros hay testimonios e infinidad de anécdotas que han quedado, cual reliquias, en la memoria del pueblo cuando de ponderar la amistad, compañerismo y camaradería se trata y, también, para resaltar su voluntad sin límites y el cumplimiento de la palabra empeñada contra viento y marea.
De los tiempos iniciales de la guerrilla en la Sierra Maestra, bajo la amenaza perenne del peligro, el Che refiere una anécdota que pone de manifiesto la debilidad gastronómica de quien sería el Héroe de Yaguajay y Señor de la Vanguardia.
Escribió el argentino: “Camilo tenía hambre y quería comer; tuvimos fuertes broncas con Camilo, porque quería constantemente meterse en los bohíos para pedir algo y dos veces por seguir los consejos del ‘bando comelón’ estuvimos a punto de caer en las manos de un ejército que había asesinado allí a decenas de nuestros compañeros.
“Al noveno día la parte ‘glotona’ triunfó: fuimos a un bohío, comimos y nos enfermamos todos, pero entre los más enfermos, naturalmente, estaba Camilo, que había engullido como un león un cabrito entero”.
Pero este tipo de situaciones dejó pronto el camino expedito a otras que ya venían gestándose, como cuando, a raíz de la dispersión de Alegría de Pío, el Che sorprendió con sus compañeros a tres expedicionarios dormidos y exhaustos y los tomó prisioneros con la consiguiente y aleccionadora reprimenda.
Entre ellos estaba Camilo, quien no olvidó el incidente, y tiempo después, cuando esperaban para enfrentar una tropa del coronel Ángel Sánchez Mosquera, detectaron un grupo de supuestos enemigos en una elevación cercana y arremetieron a tiros contra ellos.
Minutos más tarde el jefe “enemigo” se rendía enarbolando un pañuelo blanco. Era el Che, que se había percatado del peligroso choque casual entre dos grupos de la misma guerrilla.
Zanjado el incidente, habían quedado en paz, pero aquellos encuentros y desencuentros propiciaron el acercamiento progresivo entre esos dos caracteres distintos, y gracias, en primer lugar al Che, el Camilo un tanto indisciplinado de los primeros momentos fue convirtiéndose en el guerrillero responsable que resultaría después.
De tal forma el futuro Guerrillero Heroico describe como inicio de ese proceso la conversación que tuvieron un día de intensa hambre en que él había perdido su ración de alimentos y Camilo, con total solidaridad y desprendimiento compartió con él su única lata de leche, mientras platicaban de sus familias respectivas y de comida.
“Hasta ese momento, no éramos particularmente amigos; el carácter era muy diferente. Desde el primer momento salimos juntos. Desde el Granma, desde la derrota de Alegría de Pío estábamos juntos, sin embargo, éramos dos caracteres muy diferentes. Y fue meses después que llegamos a intimar, extraordinariamente”, confesó el Che años más tarde.
Cuando es ascendido el argentino a Comandante y ocurre su nombramiento por Fidel al frente de la recién creada Columna No. 8 del Ejército Rebelde, ya el Che y el habanero bromista son amigos, el cual deviene cada vez más un alumno íntegro de aquel americano meridional, al que toma como ejemplo por sus cualidades como hombre y como guerrillero.
Camilo apreció sobremanera el hecho de que el Che, un latinoamericano nacido bajo otros cielos, hubiese decidido arriesgar su vida con total desinterés en el empeño de la libertad de Cuba. A su vez, le cupo al Che el haber descubierto en Camilo las virtudes del combatiente portentoso que llegaría ser.
Él nunca olvidaría que fue el Che quien le recomendó a Fidel para liderar su histórica incursión a los Llanos del Cauto, donde sentó cátedra de estratega cumpliendo con creces las instrucciones recibidas de llevar la organización y las leyes revolucionarias al territorio crucial en torno a la ciudad de Bayamo.
Fue una labor magistral solo interrumpida cuando lo llamaron con urgencia para enfrentar la ofensiva general del ejército batistiano contra la Comandancia General del Ejército Rebelde, en la Sierra Maestra, momento en que Fidel decide aprovechar ese triunfo extraordinario y su repercusión para reeditar la hazaña de la Invasión a Occidente, que Máximo Gómez y Antonio Maceo realizaron en 1895.
A fines de agosto de 1958 las columnas invasoras se ponen en marcha y para ejecutar ese plan estratégico, el Comandante en Jefe elige al Che y a Camilo, a quienes les unía una profunda amistad de respeto y admiración que los guerrilleros también sentían hacia él, por su estirpe mambisa, estatura ética y gran dimensión humana y revolucionaria.
La hombrada de la Invasión a Occidente, llevada a cabo con todo éxito como la que le sirvió de modelo, devino ejemplo de patriotismo y valentía de los combatientes revolucionarios que materializaron tal hazaña.
Ya los audaces guerrilleros no son solo compañeros de lucha, comandantes y responsables de un golpe a fondo contra la tiranía batistiana; son también amigos en toda la extensión del término. El Che sigue siendo austero, profundo y agudo, y Camilo bromista, cuyas chanzas tocan a todo el mundo, sin excluir al argentino, pero ya con un sentido de la responsabilidad ejemplar.
Así, un día durante las primeras jornadas de marcha la Columna No. 2 Antonio Maceo, que Camilo comandaba, llega casi de noche al campamento de la Columna No. 8 Ciro Redondo, cerca del río Salado, y derriba al Che de su hamaca, embistiéndolo con su caballo. Según relató luego Walfrido Pérez, “desde el suelo, enredado aún en su frazada, el Che reía como un niño”.
“Ya la pagarás, ya la pagarás…”, le dijo. Y Camilo, muerto de risa también, le preguntó: “¿No te da pena estar durmiendo a estas horas?”. Pero, más allá de la anécdota, lo cierto es que los dos se preocupaban al máximo por la suerte del otro y de sus hombres y que trataban de coordinar sus acciones para facilitar el éxito de la misión común, a sabiendas de su importancia.
El Señor de la Vanguardia siempre estuvo consciente de la visión estratégica del Guerrillero Heroico y lo respetaba enormemente.
Resultó un modelo de cooperación ejemplar la interacción del Che en el centro de la isla con Camilo, que batallaba al nordeste de Las Villas, entre los dos comandantes y sus tropas en la consecución del plan maestro de controlar el territorio y cortar a la isla en dos para no dejar pasar por tierra refuerzos militares a la porción oriental del país, donde Fidel y Raúl se disponían a lanzar la ofensiva final contra el régimen.
La preocupación del Che por su subordinado y amigo se puso de manifiesto una vez más durante la Batalla de Yaguajay, cuando lo visitó tres veces para darle orientaciones y ayudarlo en su enfrentamiento contra un numeroso contingente enemigo, sitiado en el recinto militar, y Camilo no se cansó nunca de agradecérselo.
Tras el triunfo glorioso, la espiral de los sucesos no impidió que aquella amistad tan sólida como edificante continuara estrechándose. Camilo admiraba en grado sumo la diligencia extraordinaria del argentino-cubano en los distintos cargos que ocupó, un período agitadísimo en que se hizo notoria la perenne luz encendida en su oficina, y trató de imitarlo desde sus responsabilidades en la jefatura del Ejército Rebelde.
Camilo siempre admiró profundamente al Che por sus amplios conocimientos y su profundidad de análisis; su prematura partida le impidió conocer que ese sentimiento era recíproco de quien le dedicó el prólogo de su libro Guerra de Guerrillas, nombró Camilo a su primer hijo y propuso el hermoso homenaje de echarle flores al mar, cada 28 de octubre.
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