Hay nombres que la historia no puede permitirse olvidar, porque se han escrito con la tinta del esfuerzo, la entrega y el amor por los demás. El doctor Julio Font Tió es uno de ellos.
Si hoy, en su centenario, recorremos las calles de la Atenas de Cuba, su eco sigue vivo en cada quirófano, en cada aula de la Universidad de Ciencias Médicas, en cada historia que los matanceros cuentan con orgullo. Porque Julito —como todo el mundo lo llamaba— no fue solo un cirujano excepcional; fue un maestro, un revolucionario y, sobre todo, un hombre de pueblo.
Nacido el 21 de julio de 1926 en el seno de una familia matancera que llegó a la ciudad durante la reconcentración de Weyler, en la Guerra del 95, Julio Font Tió llevaba en la sangre el carácter de una Cuba que luchaba por forjar su identidad. A los 17 años, con el bachillerato recién estrenado en el Instituto de Segunda Enseñanza de Matanzas, tuvo que solicitar una dispensa por edad para ingresar en la Universidad de La Habana. Pero antes de que la medicina lo absorbiera por completo, supo cultivar el alma, ya que entre 1939 y 1944, mientras se preparaba para ser médico, también aprendió pintura y escultura en la Academia Privada de Alberto Tarascó Martínez. Esa sensibilidad artística nunca lo abandonó y lo acompañaría en los momentos más complejos de su vida profesional.

En septiembre de 1945, todavía estudiante, comenzó como alumno ayudante de Cirugía de los profesores Ricardo Núñez Portuondo y Enrique Hechevarría Vaillant, y esa vocación temprana se transformó en una carrera de más de seis décadas dedicada a salvar vidas.
Pero Font Tió no fue un médico de consultorio ni un cirujano de salón. Fue un hombre de acción y de principios. En 1949 formó parte de la Asociación de Alumnos de Medicina, filial de la Federación Estudiantil Universitaria, y participó en mítines contra los gobiernos de turno. En 1952, en las escalinatas de la Universidad de La Habana, alzó su voz contra el golpe de Estado que instauró la tiranía batistiana. Ya entonces, Julio Font entendía que la medicina no podía ejercerse de espaldas a la realidad política de su país.
El triunfo revolucionario de 1959 lo encontró en el lugar correcto, del lado del pueblo. Mientras muchos médicos de la burguesía empacaron sus maletas rumbo al exilio, Font Tió se quedó. Atendió a los heridos del ataque mercenario a Playa Girón en los hospitales de Colón y Jovellanos. Fue testigo y protagonista de uno de los episodios más gloriosos de la historia cubana, y su bisturí estuvo al servicio de la Patria en el momento en que más se necesitó.

Pero su legado no se limita a las cirugías que realizó. Su verdadera obra maestra fue la formación de generaciones enteras de médicos cubanos. En 1962 fundó la escuela de enfermeras, en el antiguo hogar de ancianos de Versalles, donde impartió Anatomía y otras asignaturas hasta 1964. En 1969, como coordinador de fase III de la comisión médica encargada de introducir la docencia médica en Matanzas, sentó las bases de lo que hoy es la Universidad de Ciencias Médicas de Matanzas. En 1971, formó parte del tribunal que examinó los expedientes médicos para constituir el primer claustro de la facultad. No hubo piedra del edificio docente matancero que no llevara su huella.
Su hoja de servicios es tan extensa como su talla humana. Doctor en Ciencias Médicas desde 1981, especialista de segundo grado en Cirugía General, profesor titular y luego profesor consultante de la Universidad de Ciencias Médicas de Matanzas. Miembro titular de la Sociedad Cubana de Cirugía y presidente de su filial en Matanzas. Fundador de la docencia médica en la provincia. Y en 2010, recibió el Premio Nacional de Pedagogía, un reconocimiento que pocos médicos han alcanzado y que habla de su dimensión como educador.
Su compromiso internacionalista lo llevó a cumplir misión en la República de Angola, donde llevó el nombre de Cuba y la calidad de su cirugía a tierras africanas. Y su pluma también fue prolífica, porque dejó para la posteridad dos libros fundamentales: Aspectos quirúrgicos de interés para el cirujano cubano internacionalista y La Hernia, desafío al cirujano general, publicados por la Editorial Ciencias Médicas. Obras que aún hoy son consultadas por los jóvenes galenos que aspiran a seguir sus pasos.
Pero más allá de los títulos, las medallas y los reconocimientos (la Orden Carlos J. Finlay, la Distinción por la Educación Cubana, la Medalla de la Victoria de Playa Girón, el Permiso Nacional de Pedagogía), lo que realmente distinguió a Julio Font Tió fue su humanidad. El pueblo lo llamaba Julito, y a él le encantaba. No era el doctor distante, sino el cirujano que se sentaba a la cabecera del paciente, que bromeaba con Carilda Oliver Labra después de operarla y que supo convertir el miedo de la poetisa en uno de los versos más hermosos de la literatura cubana. Esa capacidad de tender puentes entre la ciencia y el arte, entre la técnica y el alma, es quizá su lección más profunda.

Su muerte, el 11 de septiembre de 2019, a los 93 años, dejó un vacío inmenso en la cirugía cubana. Pero su legado no se ha extinguido. En diciembre de 2022, en el Teatro Sauto, se entregó por primera vez el premio Julio Font In Memoriam a profesionales de la salud que, como él, han dedicado su vida a la medicina y a la docencia. Y en este 2026, año del centenario del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, la provincia de Matanzas también celebra los cien años de uno de sus hijos más queridos.
Porque Julio Font Tió no fue un médico cualquiera. Fue un maestro que formó a cientos de profesionales sin perder nunca la cercanía con el pueblo. Fue un internacionalista que llevó la salud a otros países. Y fue, sobre todo, un matancero de pura cepa, que amó a su ciudad y la llevó consigo adondequiera que fuera.
Hoy la figura de Julio Font Tió se erige de forma indiscutible. Nos recuerda que la excelencia profesional no está reñida con la sensibilidad humana, que la ciencia y la conciencia social deben caminar de la mano, y que el verdadero legado de un médico no se mide en el número de cirugías, sino en las vidas que transforma y en las generaciones que inspira.
Hoy, al cumplirse un siglo de su nacimiento, los matanceros y todos los cubanos debemos rendir homenaje a este hombre excepcional con el compromiso de seguir su ejemplo.

