Siglos después, la arquitectura de esas plazas ha cambiado por interfaces de usuario, algoritmos de recomendación y pantallas de cristal. Hoy, la lapidación no rompe huesos, pero tritura reputaciones en cuestión de minutos. Las redes sociales han democratizado la palabra, pero también han ofrecido una tribuna peligrosa al linchamiento social y su respectiva dosis de idiotez.
Hace apenas unos meses, fue noticia que un jurado de Los Ángeles otorgó “una victoria sin precedentes a una joven que demandó a Meta y Google por su adicción a las redes sociales durante la infancia”, así lo informó BBC en marzo pasado. Ahí se repartieron porcientos de culpas y consiguientes sumas de dinero, en un fallo que podría influir cientos de procesos similares, pues las redes, tan útiles de mil maneras, han encontrado otras mil formas de convertirse en espacios tóxicos y manipuladores no solo para las infancias.
El mecanismo del linchamiento no necesita pruebas, solo un detonante: un vídeo de diez segundos sacado de contexto, un tuit desafortunado de hace una década o una declaración malinterpretada. En el ecosistema de plataformas como Instagram, Facebook o TikTok, la indignación es la moneda de cambio más valiosa. El algoritmo no premia la verdad, premia la reacción emocional.
Antes de abordar un avión hacia Sudáfrica, en 2013, Justine Sacco, una profesional de las relaciones públicas con apenas 170 seguidores, publicó un chiste estúpido y de mal gusto sobre el SIDA. Durante las once horas de vuelo en las que estuvo desconectada, se convirtió en la tendencia mundial número uno. Millones de personas exigieron su despido, rastrearon a sus familiares y la convirtieron en el enemigo público del planeta. Cuando el avión aterrizó, su vida profesional estaba destruida.
Sacco cometió una torpeza innegable, pero la desproporción de la respuesta colectiva demostró que al tribunal de internet no le interesa la redención, sino el espectáculo del castigo. Pero no necesitamos viajar tanto en el tiempo, justo por estos días, en la Cuba de los apagones y la conectividad difícil, vivimos un episodio similar alrededor del actor Alejandro Cuervo, el más reciente de muchos linchamientos y descalificaciones de los que nadie está a salvo, pues los pueden desencadenar cuestiones políticas, religiosas, al ejercicio supuestamente libre de pensar y decir lo que se piensa, también, por supuesto a la tontería de decir sin pensar…
El escritor y filósofo Umberto Eco utilizó en 2015 la expresión «la invasión de los idiotas» para referirse al impacto de las redes sociales y es que, paralelamente al linchamiento, estas plataformas han diseñado un incentivo perverso para la banalidad y el ridículo: el algoritmo lo volverá viral y el sistema lo monetizará.
Y esa verdad, no solo se vive en las tendencias globales de plataformas de vídeo, donde creadores de contenido arriesgan sus vidas, humillan a trabajadores de servicios o dañan propiedad pública bajo la etiqueta de una «broma» o un challenge (desafío). Desde jóvenes que lamen helados en los supermercados para luego devolverlos al congelador, hasta streamers que acosan a transeúntes en directo buscando una reacción violenta.
La idiotez en redes ha alcanzado niveles insospechados, pues ya no es un subproducto accidental, sino un modelo de negocio rentable. Cuanto más histriónica, imprudente o intelectualmente vacía sea la acción, más interacciones genera. La sección de comentarios se llena de insultos (lo que el algoritmo lee como «alto engagement») y la rueda sigue girando.
Es ahí donde el influencer dice lo que no debe porque parece cool, el debate roza los extremos del absurdo, pero la dictadura de los like obliga a una disculpa y comienza el ciclo nuevamente, porque el linchamiento asusta a las voces moderadas y la estupidez amplificada ahoga los argumentos complejos, el debate público se empobrece hasta la caricatura.
Y entonces, sucede también que la gente empieza a autocensurarse por miedo a activar la jauría digital y la supuesta democracia que representan “queda al campo”: prometieron ser el ágora moderna, un espacio de conexión y entendimiento global, sin embargo, sin una masa crítica de usuarios dispuestos a pausar antes de compartir, y sin una regulación ética de los algoritmos que priorizan el conflicto sobre la cordura, la plaza pública seguirá oliendo a azufre.
La tecnología avanza a pasos agigantados, y eso tendría que ser una ganancia enorme para la humanidad, pero queda en manos del usuario decidir si usa el dispositivo en su bolsillo como una herramienta de conocimiento o como la enésima antorcha de la hoguera.


