Juan Gualberto: el heroísmo de los longevos
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Juan Gualberto: el heroísmo de los longevos

Juan Gualberto: el heroísmo de los longevos

Cargar contra un cuadro español repleto de bayonetas en vilo como un erizo de mar. Llevar en el bolsillo un tabaco con el mensaje oculto entre sus hojas torcidas, el cual puede desatar una revolución.

Deslizarte por la noches con la sutileza  compartida por amantes y conspiradores. No echarte a llorar cuando te percatas de que las vendas y las medicinas no dan abasto en el hospital de campaña.

Existen muchas formas de combatir; pero, por lo general, le otorgamos la categoría de heroico al sacrificio, al plomo y al dolor. No obstante, si el cuerpo de una nación, tristemente, se arma con los cadáveres de sus hijos, la mente y el alma no.

Hubo hombres que a través del pensamiento y la palabra nunca dejaron de luchar. Ello no significa que, si la ocasión lo ameritara, no sonaran el tambor de los revólveres o se arriesgaran al silbido in crescendo de las balas; sin embargo, sus principales campos de batalla estuvieron en las imprentas, en los congresos, en el púlpito.

Juan Gualberto Gómez estuvo entre ellos. Vivió mucho y dedicó la mayoría de sus años a Cuba. No poseyó el encanto de la fugacidad del prócer muerto en la cúspide de su heroísmo, pero sí la constancia y la testarudez de aquellos que nunca se rinden. Resulta un camino extenso, repleto de abrojos, pero que también convierte a las personas en símbolos.

El amigo de Martí, el oriundo de Sabanilla del Comendador, se batió, según mi entender, en dos causas: por la libertad y contra el racismo. Ambas parten de un origen común. A Juan Gualberto, dada su condición de hijo de esclavos, sus padres debieron comprarle su libre albedrío cuando aún estaba en el vientre materno.

La libertad individual no puede ser una transacción ni una negociación, sino un derecho innato e inalienable. Él llevó esta certeza a escala país. Debe ocurrir tanto con los niños como con los pueblos.

Por ello dirigió desde Cuba el levantamiento del 24 de febrero, bajo las órdenes de El Apóstol. Por ello escribió artículos y artículos con el vicio de tinta propio de los periodistas. Por ello se opuso a la Enmienda Platt, porque cuarteaba la independencia de la Isla como al ganado se le marca para que sepan cuál es su dueño. Por ello en las postrimerías de su vida enfrentó al Machadato junto a una nueva camada de mártires y otros que, como él, vivirían muchos años y se transformarían en signo.

Como mismo el hombre debe poder elegir sus propios senderos, no puede ser catalogado, apartado, ninguneado por su origen étnico, por su color de piel. Juan Gualberto, mulatísimo de pelo crespo, de una manera u otra sufrió desde su concepción dicho derrotero.

A causa de esto comprendió que, incluso, la independencia se pudriría si todos los cubanos no ostentaban el mismo estatus, el de ciudadanos. Entendió que la libertad sin igualdad constituye solo un eufemismo.

Por ello no paró de discursar sobre el tema en cualquier estrado a su disposición. Por ello predicó con el actuar y con el decir. Por ello fundó periodicos que abordaban dicho tema como línea editorial.

Juan Gualberto no falleció en un campo de batalla, sino en su cama, por vejez. No tendrá estatuas ecuestres con el caballo con las patas delanteras alzadas. Mas, representa, como pocos, la constancia de quien hasta su último aliento se entregó a los aires de las sierras, a las brisas de las tardes, al viento caribeño que hincha las velas de la historia.

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