La investigación liderada por la Universidad de Pisa (Italia) y que publica Current Biology señala que ambos machos podrían haber elegido fácilmente parejas de la misma especie y del sexo opuesto pero se prefirieron el uno al otro.
La interacciones entre el toro, que llamaron Achille, y el burro, Patroclo, que pertenecían a dueños diferentes y solo se veían cuando estaban en los pastos, no fueron sucesos aislados.
«Lo que realmente nos llamó la atención fue que estas interacciones formaban parte de una relación social muy selectiva y constante entre ambos individuos», destacó Elisabetta Palagi, de la Universidad de Pisa y una de la firmantes del artículo.
Los investigadores registraron todas las interacciones de las que fueron testigos y observaron 51 actos de monta entre el toro y el burro del 6 y el 19 de marzo de 2026.
El equipo presenció por primera vez las interacciones entre ambos mientras estaban en el terreno realizando otro estudio sobre un tipo de primate llamado gelada.
Observaron cómo Achille montaba a Patroclo y se sorprendieron al ver que este no intentaba esquivarle, ni mostraba ninguna reacción defensiva, como darle una coz, lo que les llevó a analizar la relación de forma sistemática.
El toro y el burro optaron, en repetidas ocasiones, por permanecer cerca el uno del otro y mostraron muchos comportamientos como lamerse, frotarse y acariciarse con el hocico, tanto antes como después del comportamiento repetido de monta.
Los animales dirigían repetidamente la mayor parte de sus interacciones sociales y sexuales entre ellos, sin que ninguno diera indicios de querer rechazar esas insinuaciones. Además, Patroclo solía mostrar sus cuartos traseros a Achille y le daba pequeños mordiscos.
El toro montó a otro burro macho en dos ocasiones, el cual mostró claros comportamientos de evitación y expresiones amenazantes, como aplastar la orejas.
Tanto Achille como Patroclo interactuaron con congéneres machos y hembras, pero no se observó que quisieran o intentarán montarles, agrega el estudio.
El hallazgo clave no es simplemente que un toro montara a un burro, «lo que ocurre es que este comportamiento sexual inusual formaba parte de una relación social más amplia y selectiva», dijo en un comunicado la investigadora de la Universidad de Pisa Martina Francesconi.
Las observaciones sugieren que ese comportamiento «no puede explicarse fácilmente solo por la falta de oportunidades alternativas de apareamiento, aunque a partir de este estudio no podemos afirmar con exactitud qué función pudieron haber tenido estas interacciones sexuales», agregó.
Los investigadores afirman que estas observaciones tienen implicaciones más amplias para comprender el comportamiento sexual como un rasgo social complejo que va más allá de su papel en la reproducción. Además, plantean cuestiones importantes para futuros estudios.
Entre las cuestiones abiertas está la elevada frecuencia del contacto afiliativo (como lamerse o frotarse) posterior al apareamiento, entre ambos animales, «que reviste especial interés, aunque resulte más difícil de interpretar».
En lugar de atribuirse únicamente a la excitación sexual, «estas interacciones parecen contribuir a prolongar la interacción social más allá del acto sexual», dice el estudio.
Una cuestión fundamental para futuras investigaciones es qué mecanismos —y, posiblemente, qué beneficios— podrían subyacer a estas interacciones y si están relacionadas principalmente con los vínculos sociales, apuntó Palagi.
Entre las posibilidades enumeró que puedan desempeñar un papel en el mantenimiento de las relaciones o en la reducción de la tensión, o que puedan surgir de una combinación de motivaciones sociales y sexuales.
La investigadora dijo que, en términos más generales, les gustaría comprender mejor cómo las relaciones sociales determinan el comportamiento sexual y cómo la flexibilidad conductual permite a los animales desenvolverse en entornos sociales complejos.
