Internet está lleno de pamplinas. La inteligencia artificial se utiliza para generar imágenes, textos, música, videos y prácticamente cualquier tipo de contenido. Está en todas partes y, con una velocidad asombrosa, sus productos son cada vez más convincentes.
Ya no siempre sabemos cuándo una información, una imagen o incluso una experiencia que vemos en pantalla es real. Hace falta un ojo crítico para identificarlo, sí, pero no todos lo tenemos entrenado y, además, cuando algo confirma lo que queremos creer, solemos bajar la guardia.
Muchas personas utilizan la inteligencia artificial de manera desmedida y también como fuente de información sin verificar aquello que reciben. Es cierto que puede ser una herramienta extraordinariamente útil, pero conviene contrastar sus respuestas porque puede equivocarse, mezclar datos, inventar referencias o presentar con enorme seguridad un asunto que simplemente no es cierto o bien porque se troca o porque desconoce y no quiere quedarse sin responder.
Y eso es precisamente lo inquietante porque no siempre se confunde de una manera evidente, puede ser subliminal o en detalles a penas imperceptibles. A veces lo hace con una seguridad aparente que nos engaña, y luego, ¿a quién le vamos a reclamar?. El problema está en el sobreuso de la herramienta.
De repente un contenido se pone de moda y ahí vamos todos a pedirle a nuestro asistente que haga esto o aquello como cuando circularon videos de verduras molestas que explicaban cómo se conservan mejor, o fotografías de una misma persona con versiones de sí en varios momentos de la vida. Todos querían probar, pero estos ejemplos son casi ingenuos y no tiene nada de malo experimentar porque algunas acciones son entretenidas. La dificultad aparece cuando dejamos de utilizar la tecnología como herramienta y empezamos a delegarle también nuestro criterio. Eso es grave porque pensar, seleccionar, dudar, investigar y decidir qué merece nuestra confianza es una responsabilidad totalmente humana.
Estamos acabando, poco a poco, con lo que quizá no valoramos lo suficiente y que tiene que ver con la naturalidad. Las redes sociales están inundadas de imágenes perfectas, casas impecables, platos inmejorables, rostros maravillosos, jardines que parecen un sueño y objetos que jamás existieron. Mucho de ello es irreal, construido.
Trabajar ese tipo de imágenes con inteligencia artificial puede ser divertido y hasta fascinante, pero resulta preocupante cuando esa estética fabricada comienza a confundirse con la realidad. Más aún cuando medios, instituciones o cuentas que consideramos confiables reproducen contenidos sin dejar claro cómo fueron creados.
Nos toca ser observadores porque basta un poco de atención para descubrir el gazapo. En páginas de arte, cocina, decoración o arquitectura aparecen imágenes hermosas que, al examinarlas unos segundos más, revelan sus pequeñas trampas. A veces es una línea que termina donde no debería, una lámpara suspendida en la nada, una escalera imposible, una receta que no funciona desde el punto de vista culinario o una obra que nunca fue pintada y, sin embargo, circula atribuida a un artista famoso. También hay música que aparece de pronto en todas partes sin autor conocido, acompañada de videos impecables. Las erratas existen, solo hay que aprender a mirarlas ya que no están a la vista las alertas de inteligencia artificial.
Su empleo que más incomoda por aquí tiene que ver la escritura. Miremos un poco de redes sociales para advertir la repetición de ciertas formas de construir los textos, determinados ritmos, frases excesivamente pulidas y párrafos que parecen cortados en pequeños fragmentos, como si cada idea necesitara ocupar una línea independiente. A veces son textos tan largos, reiterativos y, sin embargo, extrañamente impersonales.
No siempre significa que hayan sido escritos con inteligencia artificial, por supuesto, porque estilos hay muchos, pero sí encontramos un patrón que no puede ser tan común de forma general. No puede ser que de repente todos emulen contra todos creando escritos extensos de la misma manera.
Quizá el mayor riesgo no sea que la inteligencia artificial fabrique una imagen falsa, sino que nosotros perdamos la costumbre de preguntarnos si lo es, que nos creamos que allá afuera todo es así de hermoso o, peor, desear esa perfección. La tecnología puede producir contenido extraordinario, pero también fabricar una apariencia, y nuestro cerebro, que tiende a aceptar como familiar lo que ve repetido, puede confundirlo con certeza.
Claro, eso no significa que todo lo bonito es falso ni todo lo imperfecto es verdadero, pero en un mundo capaz de crear casi cualquier escenario, quizá la incertidumbre sea una buena herramienta. Por eso, en esta época, desconfiar un poco no es ser paranoico sino emplear el pensamiento crítico, preguntarnos cómo fue concebido esto, con cuál propósito. No es sano creerlo todo, la suspicacia ayuda a crecer y es válido cuestionar de dónde salió esta información, qué evidencia existe y qué parte de lo que vemos fue modificado.
Este no es un alegato contra la inteligencia artificial porque debemos avanzar con el desarrollo tecnológico, tomar de él lo positivo que nos facilite la vida sin que eso signifique perder la autoría y la confianza. No se trata de desconocerla sino de saber utilizarla a conciencia, y de no permitir que ella —o su manipulador— consuma nuestra credulidad.
