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Geopolítica: Escenarios abiertos para la muerte del viejo mundo

El tratado de paz entre Irán y Estados Unidos se ha estado barajando en las últimas semanas, sin embargo las tensiones en el Medio Oriente creadas por Israel con el Líbano no se detienen. Pareciera que, cada vez que Occidente va a sellar el cese de las hostilidades, Tel Aviv lo sabotea con nuevas operaciones militares. ¿Quién arrastra a quién hacia la guerra? A estas alturas sabemos que el lobby sionista del Congreso posee una fuerza inconmensurable en la toma de decisiones dentro del establishment norteamericano al punto de meter al país en una guerra que no puede ganar. Cualquier experto hubiera alertado de no comenzar un choque con Teherán que además tendría un peso en las elecciones de noviembre.

Lo cierto es que el cierre del Estrecho de Ormuz no solo ha afectado a los Estados Unidos y los países del golfo, sino la economía mundial, moviendo la geopolítica hacia pactos que dejan a los norteamericanos en desventaja. China ha seguido con su comercio a través de dicha ruta, mientras que las naciones occidentales ven encarecidas sus líneas de abastecimientos. La economía global se conmueve con los precios del petróleo y sus derivados que sin dudas determinan en el valor del resto de las mercancías, mientras el Ejército de los Estados Unidos no se atreve a una operación terrestre en un país que pudiera resultar mucho peor que Vietnam. En lo que va de año, el gasto militar de los norteamericanos es inmenso y los avances en cuanto a su agenda son mínimos. Aparte de descabezar la dirección iraní, no hubo un cambio de régimen, ni un debilitamiento de las posiciones de Teherán. Al contrario, la narrativa persa se ha alimentado a partir de la guerra y prosigue al frente del país.

La paz, aunque cacareada, parece lejos e incluso vemos que Estados Unidos se muestra más impaciente por lograrla que los propios iraníes. Y aunque se trace un plan de cese de las hostilidades, la temperatura en el Medio Oriente es tan elevada que sería solo algo temporal, no duradero. Israel se ha encargado de romper la confianza para siempre y de actuar de manera imprevista, desbaratando las estructuras del derecho internacional. No puede esperarse de los occidentales otra cosa, dados los últimos sucesos. Ahora bien, ¿qué impacto puede esto tener en los próximos meses? Las elecciones de noviembre en Estados Unidos van a definir todo. No solo porque puede venirse una nueva era legislativa, sino porque el cambio en política exterior es totalmente necesario. Las relaciones entre las naciones se están rigiendo por la fuerza y eso es una cuerda que si se tensa demasiado se romperá. Hay escenarios que están salidos de control y otros, a punto de estallar. Pensemos en la situación que existe en Taiwán. La OTAN está en su peor momento y, quizás, cuando regresen los demócratas lo primero será reconstruir la alianza y la credibilidad entre los aliados. En todo caso, el viejo mundo está tan roto que quizás ya se trate de una herida de muerte. Los últimos sucesos han colocado la economía de los Estados Unidos en riesgo, creando desconfianza en el dólar como divisa y la fuga de los activos internacionales hacia otras divisas. La inestabilidad del sistema político ha devenido inestabilidad económica y financiera. No puede haber una bolsa que determine los valores de manera predecible si no sabemos mañana dónde vaya a estallar un conflicto que detenga las líneas de suministros.

El viejo mundo es un colador de guerras, sobre todo en la medida en que el capital ya no dirime las acciones a favor de Occidente y aparecen nuevos actores en la economía que desplazan a los antiguos. El Medio Oriente, con el petróleo en la centralidad de su debate, define estas posiciones. No se trata de guerras religiosas, como la prensa occidental a veces dice, ni de choques culturales. Lo que ha ocurrido es el interés de las viejas potencias para sostener sistemas de comercio preferenciales. Ahora a la fuerza y como sea, aunque ni Europa ni Estados Unidos sean garantía de buenos negocios. Trump ha sido la última clarinada de ese viejo mundo. La Cumbre del G7 más reciente ha evidenciado cómo los europeos miran hacia Washington como un referente en lo que respecta a la construcción de macro políticas a nivel global. Sin embargo, ya no estamos en la década de los 90, cuando era evidente la supremacía occidental. El pastel del mundo se está repartiendo a partir de nuevos intereses y lógicas y, cuando el presupuesto militar ya no pueda inclinar la balanza a favor de los norteamericanos, no se sabe qué pueda pasar. Lo más seguro será un nuevo equilibrio.

Esto no quiere decir que el mundo esté dando un timonazo a la izquierda. Al contrario, lo que se está viendo en este siglo XXI es la redefinición de las categorías de la política emanadas de la modernidad. Frente al binomio izquierda/derecha se está posicionando el de globalismo/antiglobalismo y las narrativas que de ahí se derivan. O sea, o la agenda occidental de dominio o sus alternativas. La mundialización de la lucha de clases ha impuesto una batalla mayor en términos geopolíticos que funciona como un conglomerado de debates internos en el capital. Ya no se habla sobre la construcción de una revolución social mundial, sino de las transformaciones que un traspaso de hegemonía económica implica. ¿Seguirá Occidente siendo importante?, ¿qué pasará con el sistema de Naciones Unidas y con el derecho internacional?

La situación con el cambio cultural y geopolítico solamente podrá ponerse peor en la medida en que el viejo mundo sea insostenible y eso implica el peligro de mayores guerras. Tras el cambio de partido en el poder en los Estados Unidos no puede esperarse que la política exterior sea otra que la de un sistema que está en crisis. En todo caso, los demócratas heredan una situación explosiva ya que las guerras han tensado demasiado las cuerdas y en algunos contextos eso significa que los tratados de paz son improbables o poco duraderos. Irán es solo un ejemplo de los tantos escenarios abiertos. 

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