Fórmula infalible para agilizar un trámite en Cuba: el cuento de «Juan»

El dramaturgo pinareño Irán Capote publicó este sábado en su perfil de Facebook un relato que mezcla humor, absurdo y realidad cubana con una precisión que solo da la experiencia de vivir en la isla: la historia de «Juan», un ciudadano que descubrió que la llave maestra para resolver un trámite burocrático no es la paciencia, ni la madrugada, ni los documentos en regla, sino un EcoFlow.
«Ayer me hicieron un cuento. No chino, un cuento cubano. No puedo precisar si es cierto, pero al tratarse de esa Cuba amarga y pintoresca, de esta Cuba absurda, real, maravillosa, de esta Cuba que es caldo de cultivo, creo que perfectamente pudiera ser real», escribió Capote para introducir la historia.

El protagonista —al que el autor bautiza como «Juan» para proteger su identidad— madrugó, viajó desde otro municipio y esperó sentado en la puerta de la oficina hasta que las tramitadoras llegaron, alrededor de las 9:00 de la mañana, «con cara de muy pocos amigos, como toda tramitadora u oficinista que se respete».
A las 9:30, Juan pasó al mostrador, presentó sus documentos y aguardó el veredicto. La tramitadora se puso los espejuelos en la punta de la nariz, miró los papeles, miró a Juan, volvió a mirar los papeles, volvió a mirar a Juan. Silencio incómodo. Entonces, quitándose los espejuelos, sentenció: «Juan, Juan… papi, Machi, para hacer eso que tú quieres que yo haga, para hacer eso que tú necesitas, para hacer eso por lo que has viajado desde tan lejos, hace falta corriente, Juan, papi, Machi… ¡qué pena me da contigo! Tienes que venir otro día. O esperar ahí hasta que venga la corriente».
La escena no es una exageración literaria: en octubre de 2026, el Sistema Electroenergético Nacional registra déficits de generación que superan habitualmente los 1.600 MW diarios, y en Pinar del Río —provincia natal de Capote— algunos circuitos acumularon más de 90 horas consecutivas sin electricidad, según reconoció la propia primera secretaria del Partido Comunista en el territorio.
Las oficinas públicas, que dependen de computadoras e impresoras y, en su inmensa mayoría, no cuentan con fuentes de respaldo eléctrico, quedan paralizadas durante los cortes, obligando a los ciudadanos a regresar otro día o a esperar indefinidamente a que «venga la corriente».
Pero Juan, según Capote, «es pinareño pero no bobo». Con la calma de quien lleva meses preparándose para la crisis electroenergética, respondió: «Mamita, yo vine con mi ecoflow».
Lo que siguió fue digno de una comedia de situación. Al escucharse la palabra «ecoflow» en aquella oficina, brotaron de cada rincón del establecimiento extensiones eléctricas, cargadores de teléfono y, como pieza de resistencia, una olla arrocera que la tramitadora tuvo a bien mandar a buscar a su propia casa para adelantar el almuerzo.
El papel de Juan se imprimió en menos de un minuto, pero él tuvo que esperar a que el arroz estuviera listo y a que los teléfonos del personal alcanzaran el 100% de carga.
El EcoFlow —nombre que en Cuba se usa genéricamente para cualquier estación portátil de energía, sin importar la marca— se ha convertido en objeto de culto y fuente inagotable de humor popular. Los equipos cuestan entre 500 y más de 1,150 dólares, precios inalcanzables para la mayoría de los cubanos, y llegan principalmente enviados por familiares desde el exterior.
La aparición de estos dispositivos en espacios públicos ya había generado situaciones similares: un administrador de un mercado estatal lo llevó para vender pollo durante los apagones, y el comediante Javier Berridy inventó el nombre «EcoFlow Domínguez» para un niño que no asistía a clases porque «se quedó sin carga».
La tramitadora, agradecida y con el arroz en punto, cerró el episodio con una promesa de atención preferencial vitalicia: «Fíjate, Juan, cada vez que tú necesites un papel de aquí, no busques a más nadie que a mi, Papito, Machi. Yo te lo resuelvo. Toma mi contacto y dame el tuyo…». Y así, en aquella oficina de trámites de cuyo nombre Capote dice acordarse pero prefiere no mencionar, ella guardó el número en su teléfono bajo un nombre que lo dice todo: «Juan Termoeléctrica».
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