Sale el niño temprano de la cama aquella linda mañana de verano. Explorará la Hacienda Cortina. Aguarda un rato, repasa el viaje en su mente y espera que su corazón puro alcance el ritmo. Toma un café, no hay leche hoy, ya tiene 12 años. Pero no importa, irá ligero de equipaje. Tomará el aire puro del camino desconocido y olfateará los olores saludables de la natura. Estará contento de andar y pestañar.

La marcha lo energiza. Va feliz de poner un pie detrás del otro en total armonía con el movimiento de los brazos, acelerados con la respiración cada vez más agitada. Contento de que el aire y los ojos le permitan andar el laberintoso camino, unirá cuerpo y mente para engrandecer el alma. Comienzan a llegar a su vista, como flechazos, los paisajes románticos, de ritmo y musicalización, metáforas y personalización de la Hacienda.
Hasta ahora, por los libros y su padre, sabe que José Manuel Cortina García fue abogado y político, casado, con cuatro hijos. Era propietario de la Hacienda Cortina, gran latifundio situado en la antigua finca La Güira, en San Diego de los Baños, Pinar del Río. Allí tenía plantaciones de tabaco, criaba ganado y cultivaba frutos menores. Además, era dueño del balneario de playa La Concha y otras atracciones turísticas, en sociedad con otros propietarios de parques de diversiones y riquezas en Cuba.
La Hacienda Cortina era fronteriza con Mil Cumbres, una finca ganadera con 1 000 caballerías en las inmediaciones de Guajaibón, en Bahía Honda, municipio de Pinar del Río en aquel entonces, y que hoy pertenece a Artemisa, la que fue también, junto con Guanajay, parte de la provincia de Pinar del Río. Se ha achicado la nuestra, ¿verdad?
El señor Cortina, rico y poderoso, sentía obsesión por el estudio de los árboles frutales, el ganado y el cultivo del tabaco, tierras que, para muchos, solo guardaban las sombras de los vergeles. También sabía del carácter excesivo del amor del señor por su familia y sus propiedades. Dicen que gustaba de descubrir y explicar la sabiduría, como Darwin, y la filosofía aplicada al análisis social del medio popular más bajo de la sociedad. De tal manera, evitaba embellecer su finca con una realidad sorda a la miseria de aquellos años.
En lo alto del cielo avista el niño un pájaro negro y grande de cuello rojo, «debe ser un águila», se dice y se pregunta a la vez: «¿Habrán águilas en la Hacienda Cortina?». La tormenta se acerca, el viento sopla, tumba árboles, se remonta, tensa las nubes. Se escucha un grito como un pájaro naufragado. Llega la calma, el aura ha desaparecido. Como un flechazo ha sucedido todo, ha quedado el niño, y frente a él, la Hacienda.
Es una obra de arte que espera por los ojos y la curiosidad sentimental del niño. Desde la entrada de piedras con el nombre de la hacienda hasta el fondo de tantas hectáreas de árboles, pastos y vegas que embellecen el entorno con naturalidad y realismo, para finalmente rodear el palacio, el niño se queda boquiabierto. Allí el salón chino guarda con desvelo los famosos leones que parecen venidos de la Muralla China, junto con objetos y riquezas de esa milenaria cultura. Es el más puro reflejo de la belleza de la naturaleza, la generosidad, la nobleza y la inocencia del amor.
Siente una curiosidad dolorosa sin límites. Palpitan las flores bajo el viento suave en el fondo del aire azul, entre montañas y árboles, arroyos y cascadas, lirios y azucenas. Es la evocación artística de la belleza de La Güira, con su tupida foresta y sus boscosas montañas que protegen las jutías y los venados, las aguas frías y las flores que envuelven cuerpos y almas de una pareja de jóvenes en pleno amor entre las rocas y las charcas. «Encantadora música», se dice el niño, y añade, «qué rítmica es la natura», y murmura, «algún día traeré a mi novia aquí, tan pronto la tenga».
Ya en la tarde, el niño camina siete kilómetros senderos arriba, hasta llegar a las casitas encima de los árboles. Azota la tormenta. Tiene miedo, pero se comporta. «¡Qué emoción, una tormenta encima de los árboles!», piensa.
Días más tarde, estaría el niño contando en el barrio: «Si quieren ver la naturaleza virgen y bella como las antiguas novias, vayan a la Hacienda un día de verano, donde el amor bate las alas en pleno cielo». Allí conocí a mi primera novia, que habita en algún lugar del mundo, pero no sé dónde», apunta el niño.
Por doctor en Ciencias Rodolfo Acosta Padrón


