Cuenta la tradición oral que justo en una de las márgenes del icónico río Yayabo nació un símbolo que comparte Sancti Spíritus con Cuba y el resto del mundo. Es, sin dudas, un regalo de elegancia, buen vestir, tradición y modernidad con las primeras puntadas en el siglo XVIII y que resguarda su historia, por destino o casualidad, en una casona ubicada también cerca del mismo afluente.
“Cuando termina la Guerra del 95 digamos que se les impregna un carácter mucho más ilustre a las alforzas de la guayabera —reconoce Carlo Figueroa, director de la edificación, donde se resguarda la mayor colección de esa prenda de vestir en el orbe compuesta por piezas de personalidades nacionales e internacionales—. Hay un mito. Supuestamente había un matrimonio andaluz: Joseíto y Encarnación, precisamente con casa cerca del Yayabo. Él, alfarero, le pidió que le hiciera una camisa cómoda para poder guardar sus herramientas. Por ahí, están los orígenes. Es, sin dudas, el patrimonio inmaterial espirituano que más ha caminado el mundo”.
Justo en ese contexto, tras culminar la Guerra Necesaria —refieren documentos históricos— y como consecuencia de una etapa donde la miseria, la explotación y la pobreza hicieron mella en gran parte de Cuba, muchos espirituanos apostaron por probar suerte en otros lugares, sobre todo en la capital del país, donde ya se vislumbraba como un punto trascendental para el comercio.
Les fuera bien o mal, en los nuevos sitios donde plantaban carpa se hizo habitual el retorno a la tierra cuna en los días en que la otrora más atractiva fiesta popular de aquí: el Santiago Espirituano. Tanto arraigo tomó esas visitas que, en 1904, el periodista yayabero Modesto Morales Díaz, radicado en La Habana, preparó una expedición en tren para que quienes se sumaran pudieran disfrutar de la fiesta, prevista del 23 al 27 de julio de ese año.
Al tan esperado colectivo se le aguardó en el Paradero Norte de la añeja urbe con toda la algarabía posible para entonces. Incluso, se recuerda que la Orquesta de don Justo Álvarez interpretó sus mejores melodías. Luego de tan estridente bienvenida, cada uno de los asistentes se sumó a la celebración.
Sucedió similar año tras año hasta que el Ayuntamiento decretó, en una reunión efectuada el 21 de julio de 1953, declarar el 25 de ese mes como Día del Espirituano Ausente.
Precisamente, por los fuertes nexos de identidad cultural, también esa jornada se dedica a la Guayabera, verdadero homenaje a un símbolo gestado a las orillas del río Yayabo y que hoy es reconocido así por el resto del mundo. Descendiente de la prenda de vestir más antigua que se conoce —a camisa—, poco a poco, la guayabera dejó de ser una prenda autóctona para convertirse en popular.

“Tiene características que la distinguen: bolsillos, alforzas de cinco en cinco y, además, la triangulación con el botón al final de bolsillos y hombros simboliza la estrella de la bandera cubana”.
Aunque a lo largo y ancho del mundo encontramos modelos que le introducen elementos en busca de modernidad, la guayabera ha desafiado el tiempo por sus auténticas esencias.
“Es una prenda cara. Si partes del concepto de que en Cuba sustituye el traje, tampoco puedes pretender que se comercialice como una pieza sin valor. Además, desde lo simbólico, en primer lugar, representa un país, una identidad, una cultura, una manera de comportarse…
“Creo que la juventud no se ha apropiado de ella porque nuestros diseñadores no han sido capaces, hay algunos que sí, de establecer diseños que sean lo suficientemente atractivos para ese público y es lamentable”, concluyó Carlo Figueroa.
Definitivamente, la historia de este país se viste de guayabera, ya sea con su estilo más original o modelos desenfadados, porque ella es cubanísima y, aunque todavía hay más de una voz que alude que le pertenece, está más que demostrado que nació a las márgenes del río Yayabo.


