Hay nombres que el tiempo no consigue borrar. Nombres que permanecen en las fotografías, en los libros, en las calles y, sobre todo, en la memoria de quienes vivieron una época. Fidel Castro es uno de ellos.
Este 13 de agosto, Cuba recuerda el centenario de su natalicio. Hace cien años, en Birán, Holguín, nacía el hombre que dedicaría gran parte de su vida a transformar la historia de la nación y cuyo nombre quedaría unido para siempre a la Revolución Cubana.
Para la Isla de la Juventud, su historia tiene además un significado especial. Aquí estuvo preso Fidel, en el antiguo Presidio Modelo, después del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes. Entre aquellos muros pasó parte de su juventud, estudió, escribió y mantuvo viva la convicción de que la lucha apenas comenzaba.
Años después, aquella misma tierra sería escenario de otro de sus grandes proyectos: la formación de las nuevas generaciones. Escuelas, estudiantes llegados de diferentes partes del mundo y jóvenes que hicieron de esta pequeña isla un espacio de aprendizaje y esperanza marcaron una etapa que todavía permanece en la memoria de muchos pineros.
Por eso no resulta casual que la antigua Isla de Pinos recibiera en 1978 el nombre de Isla de la Juventud. El nombre resumía una idea: confiar en los jóvenes y colocar en sus manos buena parte del futuro de la nación.
Cien años después de su nacimiento, Fidel ya es historia, pero una historia que continúa generando recuerdos, sentimientos y preguntas. Para quienes compartieron su tiempo, puede estar ligado a momentos que cambiaron sus vidas. Para las nuevas generaciones, representa una parte de la historia que corresponde conocer y comprender.
En tiempos difíciles, cuando Cuba enfrenta retos económicos y sociales y muchos jóvenes buscan su futuro lejos de la tierra donde nacieron, hablar de Fidel también significa hablar de la Cuba que soñó, de la Cuba que existe y de la Cuba que todavía queda por construir. Quizás por eso su natalicio no debe ser solamente una fecha en el calendario. Debe ser una oportunidad para mirar nuestra historia con respeto, recordar a quienes la hicieron y preguntarnos qué podemos aportar, desde nuestro tiempo y nuestras posibilidades, para que la esperanza no deje de ser una palabra posible en esta Isla.
Porque los hombres mueren, pero las ideas, cuando encuentran generaciones dispuestas a defenderlas y transformarlas, pueden continuar caminando. Y este agosto, cuando Cuba vuelva a pronunciar su nombre, la Isla de la Juventud tendrá también sus propias razones para recordarlo.
