5 de Septiembre

Felicidades, mi superhéroe: Un beso para ti, hoy y siempre

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Hoy es el tercer domingo de junio y en Cuba las familias se reúnen para celebrar el Día de los Padres, porque basta con una pausa en medio del mes para mirar hacia atrás y también hacia adentro. La fecha llega sin estridencias, pero en cada casa y en cada barrio se vive de una manera diferente. Hay familias que se juntan alrededor de una mesa sencilla, comparten el almuerzo y terminan riendo con las mismas historias de siempre, esas que los años no gastan.

Existen otras donde la silla del padre está vacía, pero no porque él falte del todo, porque ahí está su foto en un marco, o una velita que alguien encendió sin hacer ruido, o la voz que llega por teléfono con ese “¿cómo está mi gente?” que lo llena todo. La distancia, esa cosa silenciosa que forma parte de tantos hogares cubanos, no se borra, pero el cariño la hace más llevadera. El hijo que vive lejos no pudo llegar a tiempo para el abrazo de hoy y el padre que trabaja fuera de la provincia no alcanzó a regresar el fin de semana, pero algo queda y algo se siente igual, como si el afecto no entendiera de kilómetros.

Porque la huella de un padre no necesita andar con cuerpo presente para seguir marcando el camino. Está en esa manera de caminar que te salió sin querer, en el chiste que repites igualito que él, en cómo te tomas el café bien fuerte, en el doble nudo de los zapatos o en esa costumbre de mirar el mar cuando de relajar tensiones se trata. Esa huella casi no se oye pero pesa con ternura, no ocupa espacio pero llena cualquier ausencia, y es que los padres —aunque estén lejos o aunque ya no estén— siempre terminan pareciéndose a esos superhéroes sin capa ni espada. Sí, son esos hombres multifacéticos: ingeniero, médico, psicólogo, consejero, cocinero, inventor de canciones infantiles, contador de cuentos y hasta consentidor de caprichos, porque eso es ser papá.

Para nosotras, las que elegimos a un compañero para hacer familia, ellos son esos cómplices con quienes vivir a dos voces la experiencia de ser padres; y para los hijos lo son todo: el referente, el héroe, el protector, el que está ahí cuando hay un problema, cuando te caíste, o simplemente para robarle un beso y un abrazo.

Ser padre, y más en Cuba en estos tiempos, es algo esencialmente maravilloso y también un acto de entrega cotidiana: levantarse temprano, salir a buscar el sustento, llegar cansado y todavía encontrar la fuerza para un cuento o una palabra de ánimo. Reír para que los hijos no vean las preocupaciones, callarse a veces para no alarmar, asumir con una alegría que no se explica fácil las responsabilidades de un rol que va mucho más allá de lo biológico. Porque ser padre no es como cualquier oficio, pues aquí primero obtienes el título y después vas aprendiendo la carrera. Es dar vida y sostenerla, sembrar paciencia, regar amor, día tras día, para al final cosechar una persona única, especial e íntegra. Ese amor te va edificando la personalidad y te regala unos valores que después integras e imitas, una forma de encarar la vida basada en ese coraje que sabe de sacrificios y que ama sin pedir nada a cambio. Es ante todo ese vínculo sano que supo cubrir las necesidades del alma para ir perfilando la persona valiente y madura en que te conviertes.

Por eso un beso y un abrazo no son un lujo sino algo esencial, y ojalá que hoy reciban esos abrazos que provocan suspiros, esos donde inhalas para quedarte incluso con su olor, tratando de memorizarlo como si así pudieras guardarlo para siempre. Hoy muchos hijos van a descolgar el teléfono, la imagen a veces se entrecorta y la señal juega sus trucos, pero basta con escuchar “¿cómo andas, hijo?” para que el mundo de repente se acomode. Otros, los que ya no pueden hacer esa llamada, encienden una vela o simplemente cierran los ojos y dedican un pensamiento, porque los padres ausentes también tienen su espacio este domingo. Y qué decir de los que están al lado, esos que hoy mismo cargarán a sus niños en los hombros, les enseñarán a darle a la pelota o les corregirán la tarea con esa paciencia que a veces ellos mismos no saben de dónde la sacan. Ellos también dejan huella, minuto a minuto, sin darse cuenta, y esa huella fresca se va quedando en la memoria de los pequeños como uno de los tesoros más grandes que pueden tener.

Así que hoy lo importante es recordar y agradecer: felicidades, papá, estés donde estés, porque cada paso que damos lo damos sobre lo que tú nos enseñaste, porque fuiste y seguirás siendo ese superhéroe de carne y hueso que no necesita volar para dejarnos bien arriba. Esa huella no se borra con la ausencia ni con los años, y ese abrazo, aunque a veces solo quepa en el recuerdo, sigue sosteniéndonos. Felicidades, papá, hoy y siempre.

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