Vidal Rodríguez es pediatra, y sabe de pulsaciones, de fiebres que bajan y de primeras sonrisas que devuelven la calma a una madre angustiada; pero lo que quizá nunca imaginó fue que su mayor prueba como médico no llegaría desde la sala de neonatología sino en la de su casa.
Cuando su esposa, también doctora, decidió incorporarse a la brigada de colaboración médica cubana en Venezuela, Vidal respondió que sí, que lo hiciera, que fuera porque él cuidaría de Claudia y Anabel.
La historia de Vidal no es la de un padre común en un país donde, como escribió la periodista Zoila Pérez Navarro: «los padres buenos, se hacen rompiendo paradigmas y halando parejo con una buena madre o asumiendo solos la educación de sus hijos»; sino la historia de un hombre que reconfiguró su vida para ser padre a tiempo completo.
Aunque no era la primera vez que un médico cubano salía a cumplir misión, lo cierto es que a menudo, detrás de esa historia de heroicidad colectiva, quedan en la sombra las historias individuales de quienes se quedan, como la de Vidal, que supo sostener el hogar.
Él esperó, porque como pediatra sabía que el desarrollo infantil no admite ausencias prolongadas y como padre entendió que la partida de la madre no podía traducirse en vacío, por lo que reorganizó su vida y ajustó los turnos del hospital a los horarios escolares de las niñas, convirtió las guardias en turnos de emergencia para atender fiebres nocturnas en casa y trasladó la consulta pediátrica a la mesa del comedor, donde revisaba las tareas mientras explicaba por qué las inyecciones duelen pero curan.
Los primeros meses fueron los más duros, porque Anabel, con sus tres años, preguntaba todas las noches por su mamá y Vidal tenía que inventar cuentos donde la protagonista era una doctora que viajaba muy lejos a curar niños y que regresaría con una sonrisa y un abrazo enorme.
Los desayunos se convirtieron en una carrera contra el tiempo, pues preparar la merienda, revisar la mochila y peinar cabellos rizados, requería una destreza que ni el más experimentado cirujano posee, pero Vidal lo lograba, aunque a veces llegaba al hospital despeinado por la prisa.
Las tardes eran el momento de las tareas, y allí Vidal desempolvaba viejos conocimientos de matemáticas, geografía e historia para ayudar a Claudia con los deberes, mientras Anabel dibujaba en una hoja aparte la silueta de su mamá junto a la suya; y el pediatra, que tantas veces había explicado a madres y padres la importancia de la estimulación temprana, ponía en práctica con su hija menor cada consejo que solía dar en consulta.
En las noches Vidal se convertía en operador de larga distancia emocional, poniendo el teléfono en altavoz para que su esposa escuchara las voces de sus hijas y para que las hijas escucharan la de ella; y aunque la distancia era inmensa, él se encargaba de que el amor llegara nítido a través del cable.
La pediatría, esa especialidad que eligió por amor a los niños, se convirtió en su brújula emocional, pues sabía que las pequeñas necesitaban estructura pero demandaban además ternura y disciplina, al tiempo que hacía falta un espacio para extrañar a su madre sin culpa.
El Día de los Padres en Cuba, esa fecha que muchos celebran con postales y abrazos, no siempre ha tenido la visibilidad del Día de las Madres, sin embargo figuras como Vidal reivindican el oficio paterno como una experiencia plena, la de aquel que cambia pañales con la misma destreza con que coloca un estetoscopio, el que deja de fumar porque una hija se negó a abrazarlo por el olor del humo o el que asume la crianza en solitario porque la vida o el deber lo quiso así.
De niños no jugaron con muñecas, para ellos no hubo ensayos de cargadas y biberones; pero Vidal, como tantos otros, aprendió a cargar y a dar el biberón a destiempo, cuando su esposa estaba a miles de kilómetros salvando otras vidas, y mientras tanto Claudia y Anabel crecían viendo en su padre al médico que curaba sus miedos, al maestro que explicaba las fracciones y al cómplice que las llevaba al parque los domingos.
Hoy, cuando ya han pasado casi 20 años, Claudia, que ya tiene un hijo, más de una vez ha dicho que espera ser para Enzo la madre que su padre fue para ella, y Anabel sabe que el amor cabe en un abrazo doble y supo reconocerlo en esos ojos cansados, pero siempre atentos, de su padre, que nunca dejó de preguntarles cómo había ido el día, qué las preocupaba y qué las hacía felices.
Vidal celebra este Día de los Padres en la distancia, porque esta vez es él quien cumple una misión médica, y aunque el teléfono vuelva a ser el puente, ahora entiende mejor que nunca lo que su esposa sintió aquellos años: la certeza de que el amor no se mide en kilómetros sino en la calidad de cada recuerdo, en la fuerza de cada palabra dicha a tiempo y en la promesa cumplida de que, pase lo que pase, siempre se vuelve a casa.
Porque este hombre no solo cuidó a sus hijas también les enseñó, sin decirlo nunca, que la Día de los Padres no es un título que se otorga al nacer un hijo, sino un oficio que se aprende cada día, en cada desvelo, cada duda, cada acierto y en cada error, y el mejor legado que un padre puede dejar es la memoria de un hombro donde llorar, de una mano que sostiene y de un corazón que, aunque cansado, siempre tiene espacio para un abrazo más.
(Con información de la Agencia Cubana de Noticias)
