EN USB: Hombre a medias
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EN USB: Hombre a medias

Esta es una serie que incomoda. Desde las primeras escenas, cuando todavía no sabemos muy bien a qué atenernos. Hay una tensión soterrada, una sensación de que algo no termina de encajar, aunque no podamos precisar qué. Richard Gadd, su creador, no se apresura a explicarnos. Prefiere colocar al espectador ante una historia que parece avanzar sobre un terreno movedizo. Y quizá ahí radique uno de sus primeros aciertos: obligarnos a mirar sin ofrecernos, de entrada, las certezas que quisiéramos tener. 

Porque Hombre a medias (Half Man, 2026) se construye por capas. Como una cebolla. Cada capítulo agrega información, pero también modifica la que ya poseíamos. Lo que parecía evidente deja de serlo; un personaje adquiere otra dimensión; un episodio que creíamos haber comprendido encuentra, más adelante, un nuevo sentido. 

La historia no avanza únicamente hacia adelante. También vuelve sobre sí misma. Y mientras se revelan los conflictos, se tambalea nuestra percepción de ellos. Gadd consigue así algo nada sencillo: que el espectador tenga que reconstruir la historia al mismo tiempo que la contempla. 

Es una serie visceral. Fuerte. Contundente. Y esa contundencia no proviene solamente de las situaciones que presenta, sino de la manera en que nos introduce en ellas. Hay conflictos arduos, relaciones atravesadas por la dependencia, el resentimiento, la violencia y la dificultad para expresar los afectos. Pero la serie evita, en buena medida, ofrecernos respuestas tranquilizadoras. No hay demasiadas zonas cómodas. Tampoco personajes que puedan ser encerrados fácilmente en una categoría. La historia nos obliga a permanecer ahí, incluso cuando preferiríamos tomar distancia. 

Y esa es otra de sus virtudes: Hombre a medias hace tambalear deliberadamente nuestras certezas. Creemos entender algo y, unos minutos después, tenemos que reconsiderarlo. Tomamos partido y luego descubrimos que quizá nos apresuramos. La serie juega con ese desplazamiento de la mirada y convierte al espectador en una especie de cómplice involuntario de la historia. No porque comparta necesariamente lo que hacen sus personajes, sino porque termina descubriendo que juzgarlos desde afuera resulta mucho más sencillo que comprender los mecanismos que los han llevado hasta allí. 

Quizá por eso el título termine adquiriendo un significado que va más allá de la historia particular que cuenta. Hombre a medias parece hablar de una determinada manera de asumir la masculinidad: de hombres que sienten, pero no saben expresar lo que sienten; que necesitan a los otros, pero no siempre saben relacionarse con ellos; que buscan afecto y, al mismo tiempo, pueden convertir esa necesidad en conflicto. En tragedia.

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