
Cuando se habla de jazz vocal, el nombre Ella Fitzgerald es el primero. No solo por los 13 Grammy o los 40 millones de discos vendidos, sino porque podía imitar un saxofón, emocionar con una balada y hacer scat como si su garganta fuera un instrumento de viento. Duke Ellington, Sinatra, Gillespie: todos quisieron tocar con ella, y tal vez, para algunos, ella los hizo sonar mejor.
A los 15 años, Ella estaba sola. Su madre había muerto en un accidente de coche. Su padrastro, de un infarto. Escapó de un reformatorio donde le pegaban y sobrevivió a la Gran Depresión (1929-1939) sin un dólar en el bolsillo. Nunca se quejó. Después diría que esos años duros le enseñaron a valorar cada aplauso.
En 1934, su nombre salió sorteado para competir en el Teatro Apollo. Fue a bailar, pero al ver a las hermanas Edwards, sintió que no podía competir. Subió al escenario, entre abucheos y algún «¿qué va a hacer?». Asustada, pidió cantar Judy, compuesta por Hoagy Carmichael (con letra de Sammy Lerner), pero la versión de Connee Boswell, del trío vocal The Boswell Sisters.
El público se calló. Al final, pidieron otra.
Una vez allí arriba, dijo Ella, sentí el cariño de la gente. Supe que quería cantar el resto de mi vida.
El músico Chick Webb la contrató por 12,50 dólares a la semana. En 1938, grabó A-Tisket, A-Tasket, una canción infantil que vendió un millón de copias. Se hizo famosa de golpe, pero nunca perdió el norte. Era afroamericana.
Su manager, Norman Granz, la obligó a no aceptar ninguna discriminación. En los años 50, viajaban por el sur profundo y Granz exigía hoteles y restaurantes para todos, sin importar el color. Una noche, la policía irrumpió en su camerino y los arrestó mientras jugaban a los dados. Nos llevaron a comisaría, recordó Ella, y tuvieron la desfachatez de pedirnos un autógrafo.
Marilyn Monroe, emblemática por derecho propio y exigente para las causas justas, la ayudó a entrar al club Mocambo, que no quería contratarla. La actriz llamó al dueño y prometió sentarse en primera fila todas las noches. La prensa se volcó. Después de eso, Ella Fitzgerald nunca más tocó en un club pequeño.
Siguió girando hasta que el cuerpo dijo basta. En 1991 dio su último concierto en el Carnegie Hall, el número 26. Perdió la vista por la diabetes, luego las piernas. Se sentaba en el jardín de su casa a oler el aire y escuchar los pájaros.
Murió el 15 de junio de 1996, en Beverly Hills, como vivió sus últimos años: rodeada de familia. En su funeral, pararon el tráfico en la autopista de Los Ángeles. Una corona blanca junto a su estrella en el Paseo de la Fama decía lo que todos pensaban: Ella, te echaremos de menos.
Treinta años después, su nombre sigue siendo sinónimo de ese jazz que no necesita presentación. Como ella misma dijo una vez: lo único mejor que cantar es cantar más fuerte.