El veneno digital o cómo se fabrica el consenso que necesita el imperio
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El veneno digital o cómo se fabrica el consenso que necesita el imperio

«Si trabajas para la OTAN, no eres periodista». La frase, dicha por el comentarista conservador Tucker Carlson en su pódcast, ha reavivado el debate digital sobre la libertad de expresión y el papel de los medios. Y lo ha hecho, paradójicamente, alguien que no milita precisamente en las filas del progresismo.

No obstante, esa es la grandeza de la verdad, y una cualidad que a veces llega por los canales menos esperados. Lo que Carlson y la investigadora Elizabeth Lane han destapado no es una teoría conspirativa, sino una operación documentada de manipulación de la opinión pública diseñada por una alianza militar. Una operación que, según Lane, fue un «éxito rotundo». Y que, además, revela la red más amplia de dominación cognitiva que el imperio ha tejido para doblegar voluntades, silenciar disidencias y fabricar el consenso que necesita para sostener sus guerras. En ese entramado, Cuba —por supuesto— no es una excepción, más bien es un objetivo prioritario.

Vamos por partes, ya que Carlson, un comentarista político conservador estadounidense, ha utilizado su posición para convencer a una franja conservadora del público estadounidense de que él es una de esas pocas voces de la “oposición”.

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Pese a ello, hoy no nos importa que su brújula ideológica apunte a la derecha. Lo que importa, y vamos a analizar, es que, al entrevistar a Lane, puso el dedo en una llaga que los medios tradicionales se esfuerzan por ocultar, una herida abierta que recuerda la existencia de una red internacional de operaciones de influencia digital, coordinada por la OTAN, que utiliza bots, trolls y periodistas vinculados a inteligencia militar para atacar a representantes de medios independientes, políticos anti-globalistas y voces anti-guerra.

Según Lane, la OTAN diseñó en 2019 un experimento en redes sociales para comprobar si era posible manipular la opinión de las masas sin que nadie se percatara. La Alianza Atlántica adquirió miles de bots —cuentas automatizadas para generar comentarios e interacciones falsas— y patrocinó comentarios. «Contrataron a una empresa llamada Singularex, ubicada en Járkov, Ucrania. No fue solo un contrato: la OTAN colabora constantemente con Singularex», señaló la comunicadora.

La operación, que según Lane buscaba combatir la supuesta desinformación rusa, dejó en evidencia el sesgo antirruso del programa propagandístico de la OTAN.

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Cuando Carlson supo todo, su reacción fue espontánea y reveladora: «¡Joder!». Y luego, concluyó con una sentencia que debería grabarse en la entrada de todas las redacciones del mundo: «Si trabajas para la OTAN, no eres periodista». Porque el periodismo no es una herramienta de guerra. No es un arma de dominación. No es un brazo propagandístico de ninguna alianza militar.

La revelación de Carlson y Lane pone al descubierto una de las falacias más queridas del liberalismo, esa que defiende la «libertad de expresión» como un valor universal que garantiza el debate abierto y la pluralidad de voces. Porque lo que el experimento de la OTAN demuestra es que la libertad de expresión, en el mundo digital, está profundamente condicionada por quienes controlan los algoritmos, financian los bots y diseñan las campañas de desinformación.

La libertad de expresión, en el capitalismo tardío, no es un derecho, sino un privilegio que se concede a quien se alinea con el poder.

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El estudio técnico del NATO Strategic Communications Centre of Excellence, publicado en 2019, evaluaba qué tan efectivas eran plataformas como Facebook, Twitter/X, Instagram y YouTube para detectar la manipulación pagada en sus sistemas. Es decir, la OTAN no solo quería manipular, también quería saber si podía hacerlo sin ser descubierta. Y la respuesta fue afirmativa. La operación fue un «éxito rotundo». Generó «ataques coordinados contra periodistas independientes». Y lo hizo sin que el público se percatara.

¿Dónde queda la «libertad de expresión» cuando una alianza militar puede comprar miles de bots para generar la apariencia de un consenso que no existe? ¿Dónde queda cuando los algoritmos de Silicon Valley, programados bajo sus propias reglas e intereses corporativos, deciden qué contenido se amplifica y cuál se silencia? La respuesta es obvia, y nos dice que la libertad de expresión es una coartada para que el poder fabrique el discurso que le conviene, mientras quienes se oponen son etiquetados como «desinformadores» o «teóricos de la conspiración».

Esta maquinaria de dominación cognitiva no es neutral. Tiene objetivos concretos. Y uno de ellos, como bien sabemos es Cuba. La agresión multidimensional contra nuestro país no se limita al bloqueo económico, a las sanciones financieras o a la amenaza militar. Incluye también una guerra psicológica y mediática constante, diseñada para desacreditar a la Revolución, sembrar descontento y fabricar la imagen de un «régimen fallido» que justifique la intervención.

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El entramado de influencia digital que Lane describe —que vincula a la OTAN, Israel y Ucrania, y que utiliza bots para atacar a voces disidentes— es parte de esa misma lógica. Una lógica que no distingue entre un periodista independiente en Estados Unidos y un cubano que defiende su soberanía en redes sociales. El objetivo es el mismo: silenciar, desacreditar, fabricar consenso.

La investigadora Lane fue más allá al señalar la existencia de una red internacional de operaciones de influencia digital que conecta a la OTAN, Israel y Ucrania. «Los trols ucranianos acuden al rescate de los propagandistas israelíes pagados», afirmó. «Así que los propagandistas israelíes difunden propaganda, y luego los bots ucranianos-OTAN protegen esa propaganda». Esa red, según Lane, es «muy grande» y alguien tiene que desenredarla.

Y en esa red, nuestro país es un blanco permanente. Porque Cuba no es solo un país que resiste el bloqueo, es un símbolo de que otro mundo es posible. Y eso, para el imperio, es una herejía que debe ser castigada con todos los medios a su alcance: económicos, militares y también cognitivos.

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Por otro lado, si las redes sociales y los bots son el presente de la guerra cognitiva, la inteligencia artificial es su futuro. Y es un futuro que ya está aquí.

La competencia entre Estados Unidos y China por el liderazgo en IA está remodelando la dinámica de poder global. No se trata solo de quién desarrolla los mejores algoritmos, sino de quién controla los datos, los chips y las infraestructuras que sostendrán la economía y la defensa del siglo XXI.

La IA no solo es un campo de batalla económico y tecnológico, sino también un arma de dominación cognitiva. Los algoritmos pueden personalizar la propaganda, detectar y silenciar disidencias, y generar contenido falso a una escala que los bots tradicionales nunca podrían alcanzar. En este escenario, la «libertad de expresión» se convierte en una reliquia del pasado, un derecho nominal que la tecnología ha vuelto obsoleto.

El informe «Virtual Manipulation Brief 2025» ya analiza el cambiante panorama de las operaciones de influencia digital dirigidas contra la OTAN, Ucrania, la Unión Europea y Estados Unidos. La guerra cognitiva del futuro no se librará con tanques, sino con algoritmos. Y el ganador será quien controle los datos y las plataformas.

La revelación de Tucker Carlson y Elizabeth Lane es un recordatorio necesario de que la guerra cognitiva no es una teoría conspirativa, sino una práctica documentada. La OTAN, Silicon Valley y los servicios de inteligencia han construido una maquinaria de dominación que utiliza las redes sociales y la IA para fabricar el consenso que necesita el imperio. Y Cuba, como siempre, está en el centro de la diana.

Pero hay una buena noticia, y es que la verdad, aunque silenciada, siempre encuentra un resquicio. Carlson, un conservador que no es sospechoso de simpatías progresistas, ha puesto el dedo en la llaga. Y su voz se suma a las de muchos otros que, desde diferentes trincheras, denuncian el entramado de manipulación que nos rodea.

La pregunta ahora es ¿qué hacemos con esta información? ¿La dejamos morir en el olvido, o la usamos para construir un contrarrelato que desmonte las mentiras del imperio? En Cuba, la respuesta la tenemos clara. Seguiremos contando nuestra verdad, con o sin la aprobación de los algoritmos. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)


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