
Foto: Ronald Suárez Rivas
Los números son elocuentes. Una tonelada de papel bond, que hace unos años podía costarle al país entre 700 u 800 dólares, hoy alcanza los 1 300; en el caso del gaceta, de 500 o 600 dólares, subió a no menos de mil.
Si bien los recursos necesarios para la producción editorial se han encarecido en el mundo entero, para Cuba se multiplican los costos. No basta siquiera con encontrar quien decida, pese al riesgo de ser sancionado por el Gobierno de Estados Unidos, vender a la Isla; de lograrse la compra, el camino para que los materiales lleguen a Cuba es tortuoso.
¿Qué hacer entonces en una nación que conformó una estructura editorial de país desarrollado, y donde, desde enero de 1959, se ha concebido al libro y la lectura como parte del ecosistema de derechos culturales (humanos, por ende) de su ciudadanía?
Para Juan Rodríguez Cabrera, presidente del Instituto Cubano del Libro (ICL), el deber de quienes trabajan en el sistema editorial es buscar variantes para seguir produciendo todos los libros posibles, en formato físico y electrónico: asociaciones, coediciones, cooperaciones…
Lo dijo en la mesa debate «Cultura contra bloqueo: limitaciones que impone el bloqueo al desarrollo editorial cubano», que el ICL promovió, hace unos días, como parte de un programa dedicado a los 50 años del Ministerio de Cultura. Rodríguez Cabrera añadió dos de las certezas del ICL: «No podemos cerrar las editoriales por el bloqueo» y «el intercambio con nuestros escritores es fundamental».
¿POR QUÉ ESTÁ VIVO EL PROYECTO?
Michel Torres Corona, director de la editorial Nuevo Milenio, reflexionó en el espacio sobre las que, a su juicio, considera tres dimensiones en las que el bloqueo afecta el trabajo editorial.
«La dimensión material es la más tangible, porque encarece e impide la llegada de insumos (papel, planchas, tinta…). Siempre fue difícil obtenerlos, ahora nos resulta casi imposible».
Otra dimensión, comentó, responde al aislamiento, pues a los autores cubanos se les dificulta insertarse en los circuitos de difusión internacionales, en las plataformas de venta, y recibir dinero por concepto de derechos de autor.
«Está el plano simbólico. El bloqueo se inserta en un sistema de guerra contra Cuba, dirigida a que la gente no crea en el proyecto cubano, en sembrar la desesperanza, y que no pueda pensar más que en las carencias.
«Eso afecta los horizontes creativos de los autores cubanos. ¿Cómo se sobreponen para lograr un resultado creativo mayor o cómo no se convierten en caja de resonancias de esa misma campaña?
El director de la revista Revolución y Cultura, la más longeva del sector cultural en Cuba, Enrique Ubieta, explicó no solo los desafíos de preparar un número de la publicación en estas condiciones (lo que implica incluso trasladarse con las computadoras a cuestas de un sitio a otro en busca de electricidad), sino también algo que considera esencial: enfocarse en el destinatario de la obra de arte o el hecho cultural, porque para eso fue que se hizo la Revolución.
«Entender cómo el pueblo cubano no perece y por qué es este un proyecto vivo, pasa por la cultura, de ahí la voluntad de sostener ese pilar».
El escritor Ronel González Sánchez ratificó la imposibilidad de publicar desde Cuba en plataformas de gran alcance como Amazon u otras, y de recibir ganancias por ello; y lo difícil para un creador de no ver impresa su obra, o solo con muy pocos ejemplares. También, habló sobre las carencias de la vida cotidiana y su impacto en la escritura.
No obstante, recordó que en momentos igualmente difíciles surgió el Sistema de Ediciones Territoriales, y también se hacían plaquettes, libros con recortería, que se obsequiaban, «una manera de promoción que tanto bien nos hizo».
En la Feria del Libro de este año –dijo Rodríguez Cabrera– se vendieron 240 000 ejemplares físicos, «en una época fuera de lo usual, sin corriente, con un calor insoportable».
En el año 2027, el ICL cumplirá 60 años, y – ratificó– lejos de lamentos y rendiciones, se preparará la Feria Internacional del Libro, una vez más.

