
Foto: Tomada de Facebook
«¿Se imaginan algo más duro que el mármol?, ¿algo más helado que la nieve?»… Son estas palabras las que me vienen a la mente cuando pienso en el poeta español Garcilaso de la Vega, nacido en Toledo, España, entre 1491 y 1503 y fallecido el 14 de octubre de 1536.
Con esas preguntas, procuraba el profesor de literatura del preuniversitario explicarnos la hipérbole, ese recurso expresivo con el que se exagera un defecto, alguna cantidad o circunstancia, y deja en quien la advierte agudas sensaciones. A Garcilaso le debo, además del exquisito placer de su lectura, el haber conocido la palabra bucólico, que refiere las delicias del ambiente campestre, y es también una composición poética en la que intervienen los pastores.
A la lírica pertenece la égloga, una de las formas genéricas que cultivó de maravilla Garcilaso de la Vega. Justo las alusiones con que abren estas líneas pertenecen a la Égloga i, en la que el poeta recrea El dulce lamentar de dos pastores, / Salicio juntamente y Nemoroso, / he de contar, sus quejas imitando; / cuyas ovejas al cantar sabroso / estaban muy atentas, los amores, / de pacer olvidadas, escuchando.
En ella, la hermosa Galatea hace sucumbir de amores a Salicio, quien asegura que Estoy muriendo, y aún la vida temo; / témola con razón, pues tú me dejas; / que no hay, sin ti, el vivir para qué sea.
Garcilaso fue un poeta, diplomático y militar que sirvió al rey Carlos como contino real. Cultivó las letras y las artes, y llegó a ser miembro de la Orden de Santiago y gentilhombre de la Casa de Borgoña. Después de participar en diversas contiendas como soldado, mereció la Orden de Santiago; y más tarde celebró nupcias con Elena de Zúñiga, una joven de la corte.
Otros romances dejaron su huella en la vida amorosa del poeta, ícono del renacimiento español: Magdalena de Guzmán, la Camila de la Égloga ii; Guiomar Carrillo, la Galatea de la Égloga i; y Beatriz de Sá, cuñada de Garcilaso, la que algunos han asociado con Elisa, otra de las damas que están en su poesía.
En dos ocasiones visitó Nápoles, y allí se nutrió de la obra de Francisco de Petrarca, uno de los tres genios prerrenacentistas italianos, y de Jacopo Sannazaro. En Italia, fortaleció su clasicismo, ya aprendido con los humanistas castellanos en la corte, y redescubrió a Virgilio, Ovidio y Horacio. Concibió una lírica de profunda renovación, con vocablos comunes y espontáneos que desde entonces no pudo desestimarse. Amante de la mitología griega, el equilibrio propio del Renacimiento se afianzó en sus composiciones.
Garcilaso perdió la vida hace 490 años. Había resultado herido en la batalla que sitió el castillo francés de Le Muy, como soldado de las tropas del rey Carlos v. Es de esos muertos que no mueren del todo, tal como lo evidencian importantes poetas que lo sucedieron, incluso varios del siglo XX.
Cervantes recitaba de memoria los versos de Garcilaso, a quien consideró «el modelo perfecto de poeta»; y Bécquer lo avaló como «tipo completo del siglo más brillante de nuestra historia».
Rafael Alberti, en su Elegía a Garcilaso, escribió: Hubierais visto llorar a las yedras cuando el agua más triste se pasó toda una noche / velando a un yelmo ya sin alma. Con un verso de Garcilaso, La voz a ti debida, tituló Pedro Salinas el primer libro de su trilogía amorosa; y Miguel Hernández, en su Égloga, dedicada al bardo, asegura: Como un loco acendrado te persigo: / me cansa el sol, el viento me lastima / y quiero ahogarme por vivir contigo.
Otro Garcilaso, el Inca Garcilaso de la Vega (Cuzco 1539 – Córdoba 1616), encumbra también las páginas gloriosas de la literatura; escritor, historiador y militar, es hijo del conquistador español Sebastián Garcilaso de la Vega.
Autor de los Comentarios reales de los incas –considerada la primera gran obra de la literatura peruana– es este un libro que recrea la memoria de esta civilización. El Inca… fue sobrino nieto del Garcilaso de las églogas, el que recordamos hoy, cuando apenas diez años faltan para los 500 de una muerte que desmienten los que mucho saben de poesía.
