
Foto: Archivo
El mar, unido ya a tierra firme por el pedraplén Isla de Turiguanó Cayo Coco, al norte de Ciego de Ávila, y el naciente polo turístico, eran una promesa a medio escribir, en noviembre de 1993.
Sobre el terreno virgen del cayo, el Hotel Guitart Cayo Coco se alzaba como un acto de heroísmo y una bofetada a los incrédulos del norte: el primero y la prueba de que un destino turístico podía brotar del aislamiento y de los sueños de alguien que ideó hacer caminos sobre el mar, y lo logró.
Entre sus pasillos recién estrenados, sus plazas, sus callejuelas adoquinadas que semejaban una ciudad colonial, dos hombres aguardaban, sin conocerse, un mismo momento que marcaría sus vidas desde ángulos distintos.
Uno era Julio César Matamoros, un joven de 25 años, uniforme impecable, con el diploma de la Escuela de Hotelería de Morón en su currículum y el polvo de Angola en su memoria de combatiente internacionalista; el otro, un periodista, casi principiante, enviado a cubrir la inauguración, con la libreta en la mano y los signos taquigráficos como armas, en pulso nervioso, acelerado, como quien está a punto de capturar un hecho histórico y asiste a la primera privilegiada cobertura con el Líder de la Revolución Cubana.
Lo que no sabía Matamoros —tampoco el periodista— es que, en una visita anterior, Fidel se había comprometido con los constructores, con los hombres de manos callosas y cascos blancos, a regresar para la inauguración.
Era una promesa de líder, y su cumplimiento era el verdadero acto inaugural. Matamoros estaba entre los escogidos para atender a la visita, «importante», imaginaba el entonces joven. Suponía protocolo, formalidad, un discurso quizá. Pero su formación como lector empedernido de la historia de Cuba, de sus gestas y sus hombres grandes, no alcanzaba para calibrar lo que se avecinaba. Tampoco imaginó que una tarde de aquel 12 de noviembre de 1993, tendría frente a él, caminando con esa calma de fuerza natural, al «hombre más grande del mundo», según su propia definición.
Y entonces, el mundo se redujo para Matamoros.
—¡Qué tal militante! —saludó el Comandante en Jefe, extendiéndole la mano.
La palabra lo encuadró, lo definió. La charla fluyó, breve pero intensa. Los estudios en Morón, la experiencia en Angola, la belleza del hotel que era, en sí mismo, un proyecto de país.
El joven respondía, el Líder escuchaba con una atención tan penetrante que hacía sentir que cada palabra importaba. El periodista, desde su distancia respetuosa, anotaba no solo el diálogo, sino la escena: el joven hotelero, erguido, mirando a los ojos, a la historia; el Líder, haciendo de una charla casual una lección de conexión y hermandad.
Fidel observaba, ávido, tratando de fijar cada detalle: la luz del atardecer sobre el olivo del uniforme, la expresión concentrada al palpar la calidad, la reacción de los obreros. Su crónica se escribía ya en la mente.
Luego, desde la tribuna, el Líder de la Revolución Cubana expresaría: «Me llevé una impresión realmente inolvidable. Me daba la impresión de que esta era la obra más bonita que había visto nunca, y que es la mejor instalación turística del país. Si alguien me hubiera dicho que no es la más bonita del mundo, me hubiese ofendido. No tengo muchos puntos de comparación; pero he visto algunos hoteles cinco estrellas y cosas de esas, ya conté el otro día cómo me tocó hospedarme en un cinco estrellas, en una supersuite presidencial; pero con la desgracia de que estaba en el penúltimo piso y tenía la cocina de un restaurante arriba, no se podía dormir en la famosa suite aquella».
El periodista captó el instante en que Fidel, tras la charla, pasó cerca de él. Una mirada, un breve asentimiento. No hubo palabras, pero fue suficiente. Sintió el peso y la magnitud de una presencia que hasta entonces solo había conocido a través de textos y discursos. Comprendió que estaba ante la fuente primaria de la historia contemporánea de su país, no en un archivo, sino en carne y hueso, inspeccionando con ojo de estratega la primera piedra de un futuro jardín que se convertiría en motor de la economía cubana.
