Hay mentiras que, por repetidas durante siglos, adquieren la categoría de verdades oficiales. Y hay verdades que, por incómodas, son sepultadas bajo toneladas de eufemismos.
El 12 de octubre de 1492 no fue un «descubrimiento», ni un «encuentro entre dos mundos», ni una «gesta civilizatoria». Fue el inicio de la mayor catástrofe demográfica de la historia humana, el comienzo de un saqueo que duró tres siglos y la inauguración de un sistema de dominación racial que aún hoy estructura las desigualdades del planeta.
Sin embargo, cada año, en España y en buena parte de América Latina, se celebra con desfiles militares, discursos pomposos y una retórica que, a fuerza de repetirse, pretende convertir el horror en heroísmo. Hoy en A Contragolpe nos ponemos manos a la obra para desmontar la farsa.
Podemos recordar que cuando Bartolomé Colón, hermano del almirante, inauguró el primer quemadero de Haití en 1496, seis indígenas ardieron vivos por el «sacrilegio» de haber enterrado estampitas de Jesucristo y la Virgen para fertilizar la siembra del maíz. No tenían la menor idea de haber cometido crimen alguno.
Como señala Eduardo Galeano, esa escena condensa la esencia de la conquista: la conversión del otro en culpable por el simple delito de ser diferente, de tener otra cultura, otra lengua, otra fe.

Atahualpa fue condenado por Pizarro por idolatría, poligamia e incesto, lo que equivalía a condenarlo por practicar una cultura distinta. Gonzalo Guerrero, el conquistador que se integró a la sociedad maya y murió combatiendo del lado de los indios, demostró que “ver América” era posible. Pero los guerreros, los frailes, los notarios y los mercaderes que vinieron en busca de fortuna rápida no vieron nada. Traían consigo la certeza de que su religión, su cultura y su verdad eran las únicas legítimas. Lo demás era superstición, idolatría, ignorancia. Y sobre esa premisa se construyó un imperio, y se financiaron lujos y fortunas que marcan, hasta hoy, el signo geopolítico del mundo.
Las cifras deberían estremecer a cualquiera. El historiador estadounidense H. F. Dobyns estimó que el 95% de la población indígena del continente había desaparecido 130 años después de la conquista. Alfredo González-Ruibal, en su texto “Ocho mitos de la conquista de América”, calcula que el colapso demográfico acabó con el 90% de la población nativa. En términos absolutos, murieron decenas de millones de personas.
El historiador Jorge Sancho dijo que se trató del «proceso demográfico más relevante en tiempo histórico» y que ello «alteró de manera decisiva el equilibrio demográfico entre los continentes».
No fue un accidente. Fue el resultado de guerras de exterminio, trabajos forzados en minas y haciendas, reasentamientos forzosos que multiplicaron las epidemias, y una explotación laboral diseñada para extraer hasta la última gota de oro y plata. A esto se sumó el comercio transatlántico de esclavos africanos, que produjo millones de muertos más.

No lo decimos ahora acá, motivados por una corriente de pensamiento dialéctica y materialista. En A Contragolpe compartimos las ideas del pensador peruano Aníbal Quijano, quién dijo que con la llegada de los europeos a América se configuró la raza como categoría para clasificar a los cuerpos y se dividió el trabajo según patrones raciales que favorecieron al capitalismo naciente.
El «Día de la Raza», instituido en 1913 por Faustino Rodríguez-San Pedro, presidente de la Unión Iberoamericana, no fue una celebración del mestizaje, fue una operación ideológica para legitimar la monarquía española tras la pérdida de sus colonias en 1898 y para refuncionalizar la relación con sus antiguos dominios.
Como apunta Azahara Palomeque en su artículo “La Hispanidad, una puerta abierta al racismo”, la hispanidad surgió en 1892, en el Cuarto Centenario del «Descubrimiento», y se consolidó tras el «Desastre» del 98, «para compensar en lo espiritual la pérdida material de los territorios».
Es decir, el racismo estructural que hoy permea las sociedades latinoamericanas, donde las élites son sistemáticamente de extracción europea y las capas más bajas de la pirámide social son indígenas —y negros, mestizos, criollos, pobres iletrados—, no es un residuo del pasado si no la consecuencia directa de un sistema diseñado hace cinco siglos.
Eduardo Subirats, en su texto “Exclusiones constituyentes” demuestra cómo la identidad nacional española se configuró a fuerza de negar sus memorias. La España que conquistó América no era la suma de sus partes, era una España católica que se imponía como única, aniquilando a la España musulmana y judía.
La intolerancia y el latifundio, la Inquisición y las mercedes de tierras, sellaron la frustración de la España múltiple que pudo haber sido y no fue. Los intelectuales que forjaron la identidad nacional postimperial —Menéndez Pelayo, Ganivet, Unamuno, Ortega y Gasset, Maeztu— resucitaron los valores fundamentales del nacionalismo católico de 1492.
Y para ello, debemos releer lo ya escrito y postulado. Para entender y no dejarnos manipular. Para Ortega, España era la suma de romanos más visigodos. De un Toledo “desarabizado y desjudaizado”, saltaba por arte de encantamiento al Escorial de Felipe II. Para Unamuno, la cultura árabe era «la mayor calamidad que hemos padecido». Maeztu llegó a afirmar que los judíos no constituían una comunidad religiosa, sino una raza, «la más exclusivista de la tierra».

Pues sobre ese basamento ideológico se construyó el relato de la «hispanidad» como misión civilizatoria, un relato que aún hoy se enseña en las escuelas y se celebra con desfiles militares.
Luis Gonzalo Segura, recuerda en “El desfile del Día de la Hispanidad o el anacrónico culto a la raza”, que las Fuerzas Armadas desfilan el 12 de octubre porque la Constitución del 78 determinó que el Día de la Fiesta Nacional fuera el aniversario de la llegada de Colón a América. Es decir, la fiesta nacional española conmemora el inicio de la conquista, el expolio y la colonización de un continente. Mientras Francia, por su parte, celebra la toma de la Bastilla y la revolución democrática, España celebra la perpetuación del Día de la Raza, en la misma fecha en que lo hacía Franco. Hay ahí bastante para pensar, ¿eh?
Rafael de la Garza Talavera, otro de los autores consultados, nos dice en “12 de octubre: ni descubrimiento, ni mestizaje, ni encuentro; resistencia y rebeldía”, que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional declaró en 2021, «Iremos a decirle al pueblo de España dos cosas sencillas: Uno: que no nos conquistaron. Que seguimos en resistencia y rebeldía. Dos: que no tiene por qué pedir que les perdonemos nada».
Esa es la única celebración posible: la de los pueblos originarios que siguen aquí, que resisten, que se rebelan. Como señala González-Ruibal, «en algún momento deberíamos abrir un debate sereno sobre si tiene sentido identificarnos como país con una historia de conquista colonial que, como cualquier conquista colonial, se caracterizó por la explotación, la opresión y la violencia». Seguro que encontramos mejores efemérides que celebrar.
Mientras tanto, en España, el Gobierno del PSOE respondió con soberbia y altanería que «Felipe VI no tiene que pedir perdón a ningún país». Arturo Pérez-Reverte tildó al presidente mexicano de «imbécil» y «sinvergüenza». Mario Vargas Llosa, latinoamericano de nacimiento, pero huérfano de corazón, negó el genocidio. Y la derecha recalcitrante sigue invocando la hispanidad como un valor supremo.
Como señala Jorge Sancho, «la banalidad, la zafiedad, el cinismo y la indigencia intelectual están llegando a tal punto que empiezan a ser incompatibles incluso con la existencia de una democracia formal en España».
Desde Cuba, una isla que sufrió en carne propia la colonización y que ha hecho de la resistencia antimperialista su razón de ser, miramos este debate con bastante claridad. No hay nada que celebrar el 12 de octubre. No hubo descubrimiento, no hubo encuentro, no hubo mestizaje armonioso. Hubo conquista, genocidio, esclavitud y saqueo. Y cinco siglos después, las consecuencias de aquel crimen siguen presentes: en el racismo que estructura nuestras sociedades, en la desigualdad que nos condena al subdesarrollo, en la pobreza que el capitalismo global reproduce.
Celebrar el 12 de octubre es celebrar la barbarie. Recordarlo, en cambio, es un acto de justicia. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)
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