Portada

El caldero y la rebeldía de Cuba – Cubainformación

Tomado del FB de Mayy Paz II

Cada vez que se va la luz, mi vecina sale al balcón con su caldero y una cuchara de madera. Tiene una energía que, si se aplicara a otra cosa, quizá ya hubiéramos resuelto media crisis. Pero no. Ella toca, grita, insulta. Y cuando yo no la sigo, me señala desde abajo:

—¡Conformista! ¡Por eso estamos como estamos!

La primera vez me dolió. Uno duda, se cuestiona. Pero luego uno se sienta, respira y empieza a pensar. Así fue como recordé lo que dijeron las noticias internacionales —esas que no son las oficiales de aquí ni las de la propaganda de allá—: que Francia envió las piezas para arreglar la termoeléctrica de Guitera, pero la naviera se negó a traerlas por miedo a las sanciones de Estados Unidos. Que el propio Trump dijo que no enviaría petróleo a Cuba. Que llevamos meses sin combustible, no porque alguien se haya gastado el dinero en fiesta, sino porque hay un bloqueo real, con nombres y apellidos, que impide que llegue lo necesario.

Entonces mi vecina toca el caldero una hora, dos horas. La luz no llega. Se cansa, se seca el sudor y se mete dentro de la casa. Al otro día, lo mismo. Vuelve a salir, vuelve a tocar, vuelve a llamarme conformista. Y yo me pregunto: ¿quién es aquí el que repite algo sin pensar, esperando un resultado diferente? ¿Quién sigue una conducta solo porque los demás la hacen o porque alguien en Facebook le dijo que esa es la forma de «luchar»?

Ella dice que yo soy la conformista, pero yo me leo las noticias enteras, comparo fuentes, razono. Sé quién aprieta y quién se aprovecha de nuestro cansancio. Sé que protestar contra el culpable equivocado no solo es inútil, sino que es justo lo que espera el que nos bloquea. Que nos tiremos la culpa entre nosotros mientras ellos miran desde lejos, aplaudiendo, sin mover un dedo para levantar el bloqueo.

Mi vecina no es mala. Está cansada, como todos. Pero ha sido llevada a una trampa mental donde su rabia legítima es redirigida hacia donde no debe. La han convencido de que tocar un caldero es rebeldía, y lo curioso es que esa «rebeldía» se parece mucho al conformismo más ciego: hacer lo que la corriente de afuera quiere que hagas, sin analizar si tiene lógica, sin escuchar otras voces. Tocar el caldero y meterse en la casa esperando que la luz llegue por arte de magia, mientras el bloqueo sigue intacto, es como rezarle al mismo diablo que te castiga.

Yo no toco caldero porque sé que el problema no está en este lado del muro. Y si eso me hace conformista para ella, lo acepto. Porque el día que la luz vuelva de verdad, no será por el ruido de una cuchara contra un caldero, sino por la verdad que cada quien decida buscar, entender y defender con la cabeza, no solo con la garganta.

Mientras tanto, seguiré pensando. Porque pensar, aquí y ahora, es quizá el acto más grande de rebeldía que nos queda.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *