El bronce insípido del voli masculino
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El bronce insípido del voli masculino

 Voli M cubano y su actuacion


Foto: Ricardo López Hevia

Santo Domingo.– Cuba derrotó a México en sets corridos (25-22, 26-24 y 25-16), se colgó la medalla de bronce en los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe y sumó la decimonovena presea de su historia en estas lides (11 de oro, 3 de plata y 5 de bronce). A primera vista, estos números fríos podrían vender una narrativa de éxito. 

Sin embargo, la complacencia es el peor enemigo de la verdad. La realidad es que este bronce no se celebra; se padece. Representa un retroceso alarmante y una bofetada de realidad para un equipo que llegó a suelo dominicano con el cartel de gran favorito y la obligación moral de revalidar el título conquistado en San Salvador 2023.

Para entender la debacle hay que mirar hacia la fatídica semifinal frente a Colombia, un rival que ya le había aplicado la misma dosis en los Juegos Panamericanos de Santiago 2023 y que terminó haciendo historia en Santo Domingo al proclamarse campeón por primera vez tras someter a Puerto Rico.

Lo de Cuba ante los colombianos no fue una derrota digna. El punto de quiebre emocional no ocurrió por un remate fuera, sino por un chiste de mal gusto en la dirección: la confusión del entrenador asistente Mario Izquierdo al llenar la hoja de alineación, equivocando el nombre de Flaquet por el de Gómez. 

Ver a la banca cubana enfrascada en semejante «papelón» fue el combustible que necesitaba Colombia para perderle el respeto al gigante y creer que la hazaña fuera posible.

A partir de ahí, la selección antillana se desmoronó. En lugar de responder con la categoría que da el kilometraje internacional, las supuestas figuras cayeron en una espiral de desespero e histeria contra un arbitraje que, como se sabía de antemano, pertenece al nivel formativo de la región. 

Ver a un jugador consagrado como Miguel Ángel López, MVP en Brasil, campeón en Japón y monarca del Mundial de Clubes, actuar con la inmadurez de un juvenil protestando cada fallo, reflejó la absoluta vacuidad de liderazgo mental que padece este grupo. 

La responsabilidad del fracaso es compartida. El director técnico Jesús Cruz volvió a reprobar el examen táctico. Sin variantes ante los momentos de crisis y permitiendo que la anarquía se apoderara de la cancha, Cruz volvió a ceder ante la garra colombiana por segunda vez en menos de un ciclo.

En lo individual, los vicios del equipo quedaron al desnudo. Los opuestos y el ataque desapareció cuando la papa quemaba.

A Daniel Martínez, un atleta de más de 2.15 metros de estatura, se le notó la falta de explosividad y la presión de los partidos decisivos. Por su parte, el rendimiento de Ragnar confirmó que su nivel está lejos de lo que exige la camiseta nacional.

Marlon Yant, la principal figura ofensiva del país, terminó extenuado, incómodo y frustrado. Sin combustible físico, Yant fue víctima de una distribución predecible por parte de un pasador de apenas 19 años que sintió sobre sus hombros el peso inaguantable de la titularidad y acabó siendo leído por el bloqueo rival.

Roami Alonso llegó mermado por su lesión de hombro, mientras que Alexis Wilson, a pesar de sus números en el bloqueo, continuó reglando saques flotados que en el nivel moderno son un regalo para el contraataque rival. Atrás, el librero antillano volvió a brillar por su ausencia en las pelotas comprometidas de la defensa de campo.

Que tres jugadores cubanos aparezcan en el equipo Todos Estrellas del torneo (López como Mejor Receptor, Wilson como Primer Mejor Bloqueador y Martínez como Mejor Sacador) solo acentúa la paradoja: sobra talento individual, pero no existe un equipo.

El voleibol masculino cubano padece una enfermedad silenciosa: el acomodamiento al fracaso. La derrota ha dejado de doler en el vestuario para convertirse en un trámite digerible. En una disciplina donde el lenguaje políticamente correcto y el «no buscarse problemas» han sofocado la autocrítica, el grupo parece haber olvidado la exigencia que representa vestir las cuatro letras.

A este nivel, la calidad en los clubes europeos o asiáticos no sirve de nada si se extravía la humildad y la vergüenza deportiva al ponerse la camiseta nacional. Con el camino hacia los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028 cada vez más escarpado y lleno de dudas, este bronce en Santo Domingo debe dejar de verse como una medalla de consolación para asumirse como lo que realmente es: una sirena de alarma que retumba en medio del abismo.

Foto: Ricardo López Hevia
Foto: Ricardo López Hevia

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