Para sus vecinos es normal verlo salir, temprano en la mañana, llueva, truene o relampaguee, rumbo a esa escuelita que lleva por nombre Héroes del Moncada, donde confluyen niños de toda la zona.
Ni siquiera sorprende que, contra todo consejo –médico o comunitario– José Ramón Plasencia Cruz haya seguido haciéndolo, por su dura y apasionada cabeza, para participar en los preparativos del nuevo curso escolar, a pesar de tener vendada e inmovilizada la mano que un perro casi le destroza cuando acudió en auxilio de una princesita de dos años, agredida por el animal…
«Es que no puedo vivir sin la escuela. Mi vida es la docencia, los niños…», afirma, como si en la frase liberara toda la energía que lleva dentro o hasta el último átomo de oxígeno en los pulmones.
«Son 52 años impartiendo clases. Por ahí puedes tener una idea…»
«¿Cómo le entró el agua a ese coco?», le pregunto, en tono jocoso. Entonces larga una sonrisa y en un par de segundos vuela más de medio siglo atrás.
«Se necesitaban maestros. Yo siempre soñé serlo. La única persona que yo envidiaba era a Gisela Rodríguez Caraballo. Me impartió clases en primaria. ¡Qué mujer! Me parece estar mirándola: delgada, de pelo corto, medio dobladito hacia adentro. Con ella aprendíamos mucho. Si hacíamos algo incorrecto, no se alteraba ni reaccionaba airadamente; solo decía: “Qué va, me tengo que endulzar el alma”. Entonces saboreaba un pedacito de dulce y nos trataba con más pasión todavía.
«El caso es que me incorporé a una especie de curso de habilitación durante nueve meses, allá por los años 1973 y 1974, y luego comencé a trabajar… hasta el día de hoy. Primero lo hice en Punta de Diamante, Cabaiguán; luego en la escuela Julio Antonio Mella, aquí en Sancti Spíritus, donde estuve alrededor de 40 años, y finalmente en la Héroes del Moncada».
–¿Siempre en la enseñanza primaria?
–Todo el tiempo, aunque en la municipalización de la enseñanza superior fui profesor de Sicología para educadores, Metodología de la investigación y Problemas actuales de la educación en Latinoamérica, el Caribe y Cuba. Pero qué va, mi predilección son los niños. Ese es el tesoro más grande que tiene el mundo.
«Te voy a confesar algo: me pagan para enseñar a mis alumnos, ¿verdad?, para educarlos, para cuidarlos… pero no me pagan para que los quiera, y puedes estar seguro de que los quiero, mucho.
«Recuerdo que una vez un alumno mío estuvo muy grave en el Hospital Pediátrico. Me dolía en lo más
profundo del alma. Jamás hice promesa alguna por un familiar mío. Pero esa vez prometí que, si el niño salía de alta, en el momento en que volviera a entrar al aula, me quitaría los zapatos y caminaría descalzo hasta la Iglesia de la Caridad.
«Alguien se lo había dicho a la mamá del niño, y cuando ella me vio quitándome el calzado, me preguntó si podía acompañarme. La distancia no era corta. Entonces le dije: “No, mi amor, gracias; esta promesa es solo mía”. Y fui hasta allá. Es una de las satisfacciones y alegrías más grandes que he sentido en mi vida».
–¿Cómo educador, qué significa la familia?
–Como maestro, me corresponde conocer a cada familia, interactuar con ella, saber sus características, los problemas que tiene, tratar de ayudar y recibir ayuda. Ninguna familia es exactamente igual a otra, pero todas tienen algo en común: un niño o una niña en el aula, que necesitan aprender y tienen todo el derecho a ello.
«¿Sabes? Tuve uno de esos alumnos que uno llama “de armas tomar”, pero creo que con la familia que mejor me he llevado y que mejor nos hemos entendido es precisamente con la de él».
–Momento muy duro o difícil el que hoy atravesamos, también para la educación, en el orden material, de recursos y de los consiguientes efectos…
–Es cierto. Pero te diré algo más: para yo enseñar, para hacerlo bien, para cumplir el programa de estudio de mis alumnos, solo necesito un pedazo de tiza, la pizarra y un borrador o un trapito. Si dispongo de las modernas tecnologías y las puedo emplear, ¡mucho mejor!; pero me conformo con esas tres cosas y con las enormes ganas que nunca he perdido de dar clases. Por eso me retiré un día y al siguiente estaba frente al aula, como de costumbre.


