En la exposición Ecos de la eternidad, recientemente inaugurada por el joven artista Enrique Alfonso en la galería Carmen Montilla de La Habana Vieja, la tradición ancestral y la imaginación contemporánea entablan un diálogo de notable intensidad. Lejos de limitarse a ilustrar episodios mitológicos o pasajes de la literatura universal, este artífice emprende una operación crítica: revisa los grandes arquetipos del mundo clásico para otorgarles nuevos valores y ponerlos en relación con las urgencias morales de nuestro tiempo. El castigo, la desmesura, el deseo y la redención reaparecen así en un cosmos simbólico donde los personajes se enfrentan a la condena, al límite y a la posibilidad de trascender.

Tal y como plantea Alfonso, la tesis de su más reciente muestra se sustenta, en última instancia, en un viaje imaginario al inframundo de Dante Alighieri, concebido como una epopeya alegórica y como un recorrido iconográfico por las zonas más conflictivas de la condición humana. Para ello, este pintor se apropia de la estructura moral de La Divina Comedia para construir un universo propio, poblado tanto por figuras reales como ficticias, algunas posteriores a Dante, cuyos episodios conocidos son transformados y desplazados hacia nuevas constelaciones de sentido. No se trata, por tanto, de una recreación arqueológica del poema, sino de una reescritura visual en la que la herencia dantesca funciona como método para interrogar el presente.
El Infierno, el Purgatorio y el Paraíso articulan la exposición como tres dispositivos simbólicos. En ellos se condensan tensiones humanas esenciales: la culpa frente a la redención, el deseo frente al límite, la caída frente a la trascendencia. El Purgatorio aparece como espacio de tránsito, espera y purificación; el Infierno, como estado de sufrimiento irreversible y consecuencia de los actos; el Paraíso, como horizonte de plenitud, elevación y reconciliación. Sin embargo, estas categorías no permanecen intactas. El artista las somete a una mirada contemporánea que desestabiliza sus fronteras y las convierte en estados psicológicos, sociales y éticos.
En esta perspectiva, la muestra utiliza los presupuestos morales de la obra dantesca como un verdadero laboratorio para examinar la crisis ética de nuestros tiempos. La pregunta que atraviesa las imágenes no es únicamente qué significa pecar, sino quiénes poblarían hoy esos círculos si el infierno fuera reescrito desde la experiencia contemporánea. ¿Qué formas adoptaría la violencia? ¿Cómo se manifestarían el fraude, la incontinencia o la desmesura en una sociedad marcada por la ambición, la desigualdad, la manipulación y el deterioro de los vínculos? Alfonso no ofrece respuestas cerradas, pero construye una iconografía capaz de devolvernos esas preguntas con una fuerza inquietante.

El recorrido hacia el inframundo se organiza, de acuerdo con la concepción dantesca, alrededor de tres grandes grupos de pecados: la incontinencia, la violencia y el fraude. Esta división no funciona únicamente como clasificación moral, sino como principio compositivo y narrativo. Cada esfera del castigo revela una forma distinta de pérdida del dominio sobre sí mismo y sobre los otros. La incontinencia refiere al deseo que no reconoce límites; la violencia, a la imposición del poder mediante la destrucción; el fraude, a la corrupción de la confianza y al uso de la inteligencia para engañar. En conjunto, estos pecados configuran una anatomía de la condición humana, todavía vigente porque sus raíces no pertenecen exclusivamente al pasado.
Los personajes que habitan el universo de Alfonso no son simples emblemas de una moral tradicional. Incluso cuando proceden de la mitología, de la historia o de la literatura, aparecen atravesados por una complejidad que impide reducirlos a víctimas o culpables absolutos. La transformación de sus episodios conocidos permite observarlos bajo otra luz: son figuras que arrastran sus relatos, pero también los modifican al ingresar en el espacio pictórico. El artista los sitúa en escenarios de condena y trascendencia donde sus acciones adquieren resonancias nuevas. De esta manera, el mito deja de ser una narración fija y se convierte en una estructura abierta, capaz de reflejar conflictos actuales.

Especial relevancia adquieren los monstruos. En la tradición dantesca, estas criaturas representan un “castigo divino”, la consecuencia visible de un pecado. Alfonso retoma esa dimensión y la desplaza hacia una lectura menos literal. Sus monstruos pueden ser entendidos como proyecciones de la culpa, materializaciones del miedo o formas deformadas del deseo. No son únicamente seres exteriores al individuo: también encarnan aquello que la conciencia intenta ocultar. Su presencia recuerda que todo acto moral produce una imagen, una huella o una criatura que termina acompañando a quien lo realiza.
La exposición mezcla deliberadamente la tradición pagana y la cristiana. Esta convivencia constituye uno de sus aspectos más productivos, pues permite que las figuras mitológicas y los símbolos religiosos compartan un mismo espacio de interpretación. En el cosmos de Alfonso, los dioses, héroes, condenados y criaturas del inframundo participan de una estructura moral heredada del cristianismo, pero no quedan subordinados por completo a ella. El paganismo aporta la fuerza primordial del mito, su capacidad de representar los impulsos, los conflictos y las pasiones; el cristianismo introduce la noción de culpa, juicio, penitencia y salvación. Entre ambas tradiciones se establece una tensión que enriquece el sentido de las obras.

Dante asociaba a Dios y a la salvación con la altura. La verticalidad constituye, en su poema, una imagen del ascenso espiritual: descender al Infierno implica aproximarse al núcleo de la culpa, atravesar el Purgatorio significa purificarse y alcanzar el Paraíso equivale a elevarse hacia la plenitud. Enrique Alfonso retoma esta concepción espacial y simbólica de la altura para convertirla en una experiencia visual. Sus composiciones sugieren trayectorias, caídas, ascensos y estados de suspensión. Las figuras parecen estar sometidas a una gravedad ética: algunas se precipitan, otras resisten y otras buscan todavía una salida hacia la luz.
La exposición, que contó con la curaduría de Norma Jiménez, directora de la galería, Rosalí Izquierdo y quien suscribe este texto, así como con el diseño gráfico de la talentosa ingeniera Daliana Ojeda, se caracteriza por la calidad de sus dibujos. La línea de Alfonso posee precisión y expresividad; describe los cuerpos, define las anatomías y organiza los detalles sin perder fluidez. En sus composiciones, el dibujo no actúa como un recurso subordinado al color, sino como una estructura fundamental que sostiene la tensión narrativa de las escenas. La limpieza compositiva permite que los elementos simbólicos mantengan su legibilidad incluso dentro de universos cargados de referencias. Cada figura ocupa un lugar significativo y cada relación espacial contribuye a sugerir una historia de condena, tránsito o redención.

A esta claridad se suma el empleo de una paleta rica en colores cálidos y fríos. Los rojos, ocres, naranjas y amarillos pueden remitir al fuego, la sangre, la pasión o la violencia; los azules, verdes y violetas introducen zonas de distancia, melancolía, misterio y contemplación. El contraste entre ambas gamas no es meramente decorativo. Construye atmósferas y diferencia estados espirituales. El calor cromático intensifica la experiencia del deseo y del castigo, mientras que los tonos fríos abren espacios de reflexión, aislamiento o posible trascendencia. En ocasiones, ambas temperaturas conviven dentro de una misma obra, como si el artista quisiera mostrar que la salvación y la condena no son territorios completamente separados.
Enrique Alfonso entiende la pintura como un espacio de tránsito entre la narración y el símbolo. Sus imágenes no ilustran de forma pasiva una doctrina moral; la someten a examen. La pregunta por la salvación permanece abierta porque también lo está la posibilidad de redención en el mundo contemporáneo. Si el Infierno representa las consecuencias irreversibles de ciertos actos, el Purgatorio sugiere que todavía existe una conciencia capaz de reconocer la culpa y transformarse. El Paraíso, por su parte, no aparece como una recompensa asegurada, sino como un horizonte difícil, una promesa que exige atravesar el dolor y asumir la responsabilidad.

Ecos de la eternidad alcanza su mayor fuerza cuando convierte el pasado en una superficie de reflexión sobre el presente. La obra de Dante, filtrada por la cosmovisión cristiana, se vuelve en manos de Alfonso una herramienta para analizar los dilemas actuales. Los círculos infernales ya no pertenecen exclusivamente a un orden sobrenatural: pueden encontrarse en las estructuras sociales, en la violencia cotidiana, en la corrupción del lenguaje, en la indiferencia y en la incapacidad de reconocer al otro.
Así, el joven artista construye una mitología personal que no pretende clausurar el sentido, sino reactivar la potencia crítica de los arquetipos. Sus personajes, monstruos y escenarios nos recuerdan que toda época fabrica sus propios infiernos, purgatorios y paraísos. La muestra propone recorrerlos con la mirada y, al mismo tiempo, reconocernos en ellos. En ese gesto reside su alcance: los ecos de la eternidad no repiten el pasado, sino que lo hacen resonar en la conciencia inquieta de nuestro presente.
Durante la inauguración fue ovacionado el adolescente violinista Denis H. Hernández, estudiante de esa especialidad en el sistema de enseñanza artística. También se rifó una obra de pequeño formato de Enrique Alfonso.
