Dreke, un comandante de la historia (I)
Cuba Si Portada

Dreke, un comandante de la historia (I)

De presencia serena y mirada firme, el comandante Víctor Dreke Cruz conserva en su octogenaria figura la disciplina de los años de combate. Su tez es negra; su bigote, casi completamente blanco. El dominio pausado de sus palabras transmite autoridad sin necesidad de que alce la voz. A pesar de la edad, sus músculos aún tensan el porte y responden con virilidad al movimiento de cada paso que da en su casa, situada en un barrio del oeste capitalino.  

Habla con cadencia medida y sin estridencias, pero cada una de sus frases viene acompañada de la legitimidad que le asiste a quien no eludió los riesgos y sobrevivió a ellos. En él se conjugan la sobriedad del militar y la sensibilidad del revolucionario, rasgos que encarna naturalmente. Han pasado casi siete décadas, mas el tiempo no ha logrado doblegar del todo al guerrillero curtido en las montañas del Escambray.   
Allá, en las alturas del centro de la Isla, destacó como rebelde durante los últimos meses del enfrentamiento a la tiranía de Fulgencio Batista. Pero para este testigo de la historia la guerra no comenzó en las serranías.

Empecé la lucha precisamente el 10 de marzo de 1952. Ese día yo cumplía 15 años. Aunque puedo decir ahora, después de tanto tiempo, que yo realmente no estaba claro qué era un golpe de Estado, ni quién era Batista.  

Había nacido en 1937 en Sagua la Grande, antigua provincia de Las Villas. En la época en que Batista irrumpió nuevamente en la escena política cubana, Dreke, hijo de una familia humilde, combinaba el trabajo con los estudios en una escuela de Comercio. En ocasiones acompañaba a su padre a Isabela de Sagua, a más de 10 kilómetros de Sagua la Grande, a comprar pescado recién sacado del mar para después revenderlo en una plaza de su pueblo.  

Su padre había apoyado al Partido Liberal, fuerza política que para la década de 1950 se hallaba en franca crisis, y un hermano mayor suyo, por parte de madre, era del Partido Ortodoxo, liderado por Eduardo Chibás hasta su fallecimiento. El adolescente Víctor no se identificaba plenamente con ninguno de los partidos existentes, pero creció en un ambiente hogareño en el que se hablaba mal del ex sargento taquígrafo, de Gerardo Machado y del palmacristi, ese aceite que represores del régimen obligaban a tomar en grandes cantidades como método de tortura.  

Eso fue creando conciencia en mí. Al darse el golpe, un grupo de jóvenes salimos a protestar. Fuimos a la Policía y a algunos lugares a los que también iban personas mayores que nosotros. Pero no se logró nada porque las fuerzas del presidente Carlos Prío se plegaron enseguida. A nosotros, que éramos unos muchachos, nos apresaron. La misma policía que minutos antes defendía la Constitución de 1940 nos tomó presos. Como éramos menores de edad, luego nos soltaron.  

En enero de 1953 se produjo una manifestación en La Habana y resultó herido Rubén Batista, el primer mártir de la tiranía batistiana. Ese día hubo una gran huelga en Sagua la Grande. Permanecimos en vela casi todos los días que él estuvo agonizando. El día que falleció, hicimos un entierro simbólico. Tomamos algunos lugares de Sagua e hicimos una protesta. Eso me lleva a un enfrentamiento directo con la Guardia Rural. 

Aprendimos a hablar rápido. Para convocar a una huelga había que hablar rápido. No podía ser un discurso estudiado y llevado por escrito. Inmediatamente la policía iba contra uno. Eso te hacía a ti expresarte con fuerza y con rapidez para lograr que las masas se movieran. Y uno debía salir delante de la gente.  

De ser un agitador y liderar manifestaciones estudiantiles, Víctor pasó a dirigir una célula de acción y sabotaje del Movimiento 26 de Julio (M–26–7) en Sagua la Grande. Admirador de Antonio Guiteras, comenzó a respetar también la valentía de Fidel Castro, aun sin haber profundizado en reflexiones político–ideológicas.

Hicimos varias cosas, entre ellas tratar de impedir la zafra azucarera en Sagua, una localidad de las que más centrales tenían en la región. También hacíamos sabotajes procurando no herir a nadie. Eran explosivos para alarmar; no eran bombas para destruir casas ni matar niños.

Una vez cogimos un aura tiñosa y le amarramos una bandera chiquita del M–26–7. El ave fue soltada en el parque. Los policías empezaron a disparar contra el pájaro que llevaba la bandera, pero no acertaban. Tiraban mal. Solo lograban apresar, torturar y asesinar cuando uno no podía defenderse. Con el aura tiñosa fallaron.

Eso trajo el encabronamiento en la policía. Se habían burlado de ellos. Me avisaron de que habían apresado a un compañero y le dije a mi mamá que me iría. Supuse que vendrían por mí. Tomé una bicicleta amarrada cerca de mi casa, me monté en ella y huí. Todavía no sé de quién es la bicicleta; nadie me la ha cobrado. Un día va a aparecer el dueño…

Montado en la bicicleta, el fugitivo cruzó los límites del pueblo para internarse en un poblado aledaño, donde había nacido. Aún tenía familiares en él, como su tía. Ella habitaba una casa de madera, zinc y piso de tierra. No había terminado de acomodarse cuando se percató de que se acercaban dos jeeps. Salió por detrás de aquella morada, brincó una cerca y cayó en casa de un primo. Allí esperó la noche.

Me sacan por la noche caminando rumbo a casa de un primo que también estaba en la clandestinidad. Entré a un juego de cuartos, un escaparate de dos puertas. Me metí ahí. Cargan el escaparate entre cuatro o cinco hombres, lo montan en un camión y me llevan para una mueblería donde uno de mis familiares trabajaba como ebanista. Cuando ya no había trabajadores, me suben a la barbacoa.  

Cerca de las 6:00 am del día siguiente me sacaron del cerco para una clínica de Santa Clara, donde había contactos del M–26–7. Aunque pedí que me llevaran para Quemado de Güines, con la tropa de Víctor Bordón, me enviaron al otro día en tren para La Habana. En la capital tenía una hermana, pero por principios no podía ir para su vivienda, porque su esposo era de Batista. Así que fui para casa de mi hermano de crianza, Mario, que era ortodoxo. Me alojó en calle 4, entre 32 y 37, en lo que hoy se conoce como La Timba, cerca de la Plaza de la Revolución, hasta que me trasladaron a Cienfuegos, en un plan del Movimiento para alzarme.  

En Cienfuegos estuvo resguardado en una casa junto a otros revolucionarios, entre los que se encontraba Armando Choi, futuro oficial rebelde de origen chino que llegaría a ser general de las Fuerzas Armadas cubanas. Un día salió a la calle y se tropezó nada más y nada menos que con un militar batistiano con quien su grupo se había enfrentado en Sagua la Grande. Ese encuentro fortuito precipitó el alzamiento de Dreke. De la ciudad de Cienfuegos salieron hacia Cumanayagua, subieron a las montañas como quien va en dirección a El Nicho y luego enrumbaron hacia la zona de Trinidad. 
En las cercanías de Dos Bocas tuvo su bautismo de fuego. Era el inicio del verano de 1958. Acudió mal armado al combate. Apenas llevaba consigo un revólver que le proporcionó el comandante Víctor Bordón, alzado desde noviembre de 1956, y la esperanza de obtener un fusil tras el enfrentamiento.  

Era un revólver 38 con escarchas rojas y negras. Fue mi primer revólver como alzado. Así fui al combate. Parece que me porté bien… y me dieron un fusil.

A más de 60 años de la guerra, para la mayoría resulta un tanto difícil entender a cabalidad las dinámicas de las diferentes guerrillas que operaban contra la tiranía en las montañas del centro de la Isla. A partir de mediados de octubre de 1958, tras la llegada del Che a la región, comenzó a darse un mejor engranaje entre las distintas fuerzas insurreccionales; pero en los momentos en que se produjo el alzamiento de Dreke, un rosario de grupos antibatistianos independientes, con diferentes mandos y proyecciones, convergía en las lomas del Escambray y sus cercanías.  

Por un lado se encontraba la tropa del DR–13–M. Faure Chomón, uno de sus fundadores, había quedado al frente de esa organización tras la caída de José Antonio Echeverría el 13 de marzo de 1957 y la muerte de Fructuoso Rodríguez durante la masacre de Humboldt 7, el 20 de abril de ese mismo año. Del DR–13–M se escindió una parte de la tropa que, con Eloy Gutiérrez Menoyo al mando, pasó a denominarse Segundo Frente Nacional del Escambray. El Partido Socialista Popular también había fundado una guerrilla en 1958, comandada por Félix Torres. Además, había cierta presencia militar de la Organización Auténtica. Y no se puede dejar de mencionar al relativamente numeroso contingente del M–26–7, bajo las órdenes del comandante Bordón.  

Las relaciones entre los distintos grupos no siempre fueron amigables. Entre algunos de ellos llegaron a existir fuertes tensiones. En ocasiones, los territorios para operar no quedaban bien definidos del todo. La situación propició que, al poco tiempo de alzarse, Dreke decidiera abandonar a Otten Mesana, oficial subalterno del comandante Bordón que fungía como su jefe inmediato. Sin ningún contratiempo, se puso a las órdenes de Tony Santiago.

La historia de Tony Santiago es controvertida. Terminó la guerra con los grados de comandante por el DR–13–M. A los pocos meses se apartó del Ejército Rebelde y comenzó a conspirar contra las nuevas autoridades. Murió trágicamente, ametrallado por elementos contrarrevolucionarios en una embarcación marítima en 1961, mientras pretendía salir del país. No fue hasta varios años después que se pudo conocer esta versión: Tony integraba un plan gracias al cual la Seguridad del Estado cubana logró prevenir varias acciones enemigas. En 1958, un tiempo después de ponerse a las órdenes de ese audaz guerrero, Dreke recibió sus primeras heridas de combate, la misma noche que, como narra el libro “Rumbo al Escambray”, Placetas y Fomento estuvieron varias horas en poder del DR–13–M.

Fui herido durante una maniobra de distracción que el DR–13–M realizó para quitar presión del ejército batistiano sobre las fuerzas invasoras que se aproximaban al centro del archipiélago. Era 13 de octubre. Participé en el ataque a Placetas, dirigido por el comandante Rolando Cubela, mientras Faure incursionaba en Fomento y hablaba al pueblo desde la estación de radio. Recuerdo que estaba lloviendo. Avanzamos contra una perseguidora. El compañero mío que llevaba una Thompson nunca la limpiaba, por lo que esa, la mejor arma entre todos los fusiles del grupo en que yo iba, se trabó. Nuestro poder de fuego se vio muy decaído al no poder contar con la Thompson. Me hirieron. Uno de los tiros me entró por la pierna.    

Días después, mientras me recuperaba en el campamento de Dos Arroyos, llegó hasta allí un guerrillero extranjero. Pidió una máquina de escribir. Después, cuando lo conocí más, me di cuenta de que cada vez que tenía un minuto libre trataba de escribir, ya fuera a mano o en máquina. Se había decidido dar todo lo que tuviera el DR–13–M a la tropa invasora, que había demostrado un valor y experiencia del carajo. Los que éramos verdaderamente revolucionarios vimos una puerta abierta: había llegado una tropa fuerte, con conocimiento… Era la columna del Che Guevara.

Continuará…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *