Dos generaciones y una misma pasión (+fotos)
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Dos generaciones y una misma pasión (+fotos)

«Me crie entre borradores y tizas en esta misma escuela a la que, unos años más tarde, volví como profesora», asegura Samira de la Caridad Cordero, maestra de la escuela primaria Bernardo Arias, de Sancti Spíritus.

Mientras, su mamá Yoany González, también educadora del mencionado centro, se emociona al evocar aquellos tiempos en que su hija pequeña la acompañaba al trabajo y comenzaba a jugar a ser maestra, imitándola a ella, algo que nunca ha cambiado, pues Samira continúa viendo a su mamá como su mayor inspiración y ejemplo.

La madre cuenta con más de 30 años de experiencia frente a las aulas; la hija, solo tres cursos en los que ya ha dado pruebas de su valía y preparación para desempeñarse como docente, pues, como ellas mismas afirman, esta profesión la llevan en la sangre y siempre fue su mayor anhelo.

«Sabíamos que esa era la carrera que queríamos para nuestras vidas; por ello, las dos al concluir el noveno grado optamos por formarnos en la escuela pedagógica, un camino muy difícil porque esta profesión es compleja e implica un alto nivel de compromiso y dedicación», refiere Yoany con la voz algo ronca, tras varios turnos de clase, algo a lo que se ha acostumbrado después de tantos años frente a las aulas.

Confiesa que la asustó un poco el momento en que Samira, al concluir la Secundaria, le dijo que deseaba ser maestra; era consciente de todo lo que ello implica, pero al ver la determinación de la joven solo pudo alentarla, ayudarla y acompañarla en este camino.

«Sabía que quería ser maestra primaria. Esa, siempre, fue mi primera opción. Me gusta mucho trabajar con los niños pequeños, verlos aprender cada día, formarlos e inculcarles valores», añade Samira.

Mientras, Yoany puntualiza: «El maestro primario marca al niño para toda la vida, lo que formamos en esta etapa se lleva para siempre, por eso tenemos que ser sensibles y comprenderlos para tener con ellos ese grado tan especial de confianza que los pequeños depositan en nosotros».

Ambas educadoras consideran imprescindible estar presentes en el día a día de los niños para conocer sus problemas y alegrías, así como la cercanía con sus familias, pues la relación con los padres es uno de los pilares de la labor del maestro.

«Trabajar juntas en esta escuela es muy especial para nosotras», sugiere Samira.

«Cuando tengo dudas para preparar las clases o enfrentar los retos cotidianos en esta profesión, a quien primero acudo es a mi mamá. Ella es mi principal apoyo, pero no deja de corregirme, decirme en qué me estoy equivocando para hacerlo mejor», asevera Samira ante la mirada orgullosa de Yoany, que ve en ella el fruto de todo el esfuerzo y dedicación que las madres entregan a sus hijos.

Yoany evoca también un duro momento en su vida profesional en el 2016, cuando una enfermedad afectó sus pulmones y el doctor le recomendó cesar las funciones como docente para evitar el polvo de la tiza.

«Me mantuve aferrada a no dejar el aula, empecé a idear alternativas para seguir enseñando y cuando los padres supieron mi situación me calmaron, entre todos buscaron una pizarra como la de los profesores de Informática. Desde entonces y hasta el día de hoy empecé a escribir con plumones que la familia me busca, un gesto que agradezco inmensamente ya que me permite seguir haciendo lo que más amo», precisa.

Al indagar sobre la formación de los estudiantes de las escuelas pedagógicas, ambas coinciden en que es la elección correcta, sin importar los obstáculos propios de la profesión y los exhortan a reafirmarse en este camino y perseverar para mantenerse en la senda del magisterio.

«Ser maestra primaria es vida, amor y entrega a este oficio que te recompensa cuando ves a quienes fueron tus estudiantes en la calle y se acercan para saludarte y agradecerte por tus enseñanzas», concluyen Yoany y lo corrobora Samira, antes de correr a incorporarse al próximo turno de clases.

«Mi mamá es mi ejemplo y modelo a seguir como educadora, ella es mi mayor inspiración», confiesa Samira.

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