Cuba y el colapso eléctrico: cómo una potencia energética regional terminó en la oscuridad

Durante gran parte del siglo XX, Cuba fue considerada uno de los países con mayor desarrollo eléctrico de América Latina. Ya en la década de 1950 contaba con una cobertura eléctrica superior a la de buena parte de la región y una generación de energía por habitante que superaba a la de varias naciones latinoamericanas que hoy exhiben sistemas eléctricos modernos y confiables. Setenta años después, la realidad es exactamente la contraria: el país vive inmerso en una de las peores crisis energéticas de su historia, con apagones de hasta veinte horas diarias, colapsos totales del Sistema Eléctrico Nacional (SEN), industrias paralizadas y una economía incapaz de sostener un crecimiento mínimo.
El problema no surgió de la noche a la mañana. Es el resultado de décadas de insuficiente inversión, mantenimiento deficiente, dependencia casi absoluta de combustibles fósiles y un modelo económico que ha sido incapaz de modernizar la infraestructura energética del país. Las principales centrales termoeléctricas cubanas —Antonio Guiteras, Lidio Ramón Pérez (Felton), Máximo Gómez (Mariel), Carlos Manuel de Céspedes (Cienfuegos), Diez de Octubre (Nuevitas), Antonio Maceo (Renté), Ernesto Guevara (Santa Cruz) y la unidad de Energás en Varadero, junto con otras fuentes de generación— operan con equipos cuya antigüedad, en muchos casos, supera los cuarenta o cincuenta años.
Sobre el papel, la capacidad instalada de Cuba es suficiente para cubrir buena parte de la demanda nacional. Sin embargo, la realidad es muy distinta. Averías constantes, mantenimientos prolongados, falta de piezas de repuesto y, sobre todo, la escasez de combustible hacen que una parte importante de esa capacidad permanezca fuera de servicio. En distintos momentos de 2026 la disponibilidad efectiva del sistema ha caído por debajo de los 1.000 megavatios frente a demandas superiores a los 3.000 MW, provocando déficits históricos y apagones nacionales.
A esta situación se suma la limitada contribución de la generación distribuida y de los nuevos parques solares. Aunque en los últimos años se han inaugurado decenas de instalaciones fotovoltaicas, su aporte continúa siendo insuficiente para compensar el deterioro de las termoeléctricas. La energía solar representa un paso importante hacia una matriz más limpia, pero por sí sola no puede sostener el consumo nocturno ni reemplazar la generación de base que requiere un país de casi diez millones de habitantes.
La demanda eléctrica cubana suele oscilar entre los 3.200 y 3.500 megavatios durante las horas de mayor consumo. En numerosas jornadas, el sistema apenas logra satisfacer entre el 50 y el 60 % de esa demanda, otras veces menos, obligando a aplicar prolongados cortes programados y, en ocasiones, apagones generales cuando el SEN pierde estabilidad. El impacto económico y social es devastador. Hospitales, escuelas, industrias, comercios y hogares ven interrumpidas sus actividades cotidianas, mientras las pequeños negocios privados enfrentan enormes pérdidas por la imposibilidad de mantener la refrigeración, la producción o los servicios.
El contraste con otros países latinoamericanos resulta revelador. Uruguay, con una población de apenas tres millones y medio de habitantes, ha construido uno de los sistemas eléctricos más modernos del continente. Cerca del 98 % de su electricidad proviene de fuentes renovables —hidráulica, eólica, biomasa y solar— y recientemente abasteció un récord histórico de demanda sin recurrir a combustibles fósiles.
Costa Rica mantiene desde hace años una matriz eléctrica basada casi por completo en fuentes renovables. Aunque enfrenta desafíos derivados de las sequías asociadas al fenómeno de El Niño, continúa garantizando el suministro nacional mediante una combinación de hidroelectricidad, geotermia, viento y energía solar.
Panamá, por su parte, ha incrementado significativamente su capacidad de generación gracias a inversiones sostenidas en hidroeléctricas, gas natural y energías renovables. Chile, que hace apenas dos décadas dependía en gran medida del diésel importado, lidera hoy la expansión de la energía solar y eólica en América Latina gracias a reglas claras para la inversión privada y una planificación de largo plazo.
República Dominicana constituye quizá la comparación más ilustrativa para Cuba. Con una población similar, ha logrado incrementar de forma sostenida su capacidad instalada mediante la participación del sector privado, nuevas plantas de generación, ampliación de las redes de transmisión y diversificación de su matriz energética. En julio de 2026 el sistema dominicano respondió con estabilidad a una demanda récord superior a los 4.180 megavatios, algo impensable hoy para Cuba.
Después de una investigación sobre la producción de energía eléctrica por habitante, en horario pico, en los países antes mencionados, obtuvimos los siguientes datos: Chile 661 Vatios, Uruguay 556 W, Panamá 467 W, República Dominicana 384 W, Costa Rica 370 W, y Cuba solo 122 W.
La diferencia fundamental entre estos países y Cuba no radica únicamente en los recursos naturales disponibles. Reside, sobre todo, en la existencia de marcos regulatorios que favorecen la inversión, permiten la competencia, diversifican las fuentes de generación y garantizan un mantenimiento permanente de la infraestructura.
¿Tiene solución la crisis cubana? Sí, pero no será rápida ni barata. Expertos del sector estiman que la recuperación integral del sistema eléctrico requeriría inversiones de varios miles de millones de dólares para rehabilitar las termoeléctricas recuperables, construir nuevas plantas de ciclo combinado alimentadas por gas natural, ampliar considerablemente la capacidad solar y eólica, incorporar sistemas de almacenamiento mediante baterías, modernizar las redes de transmisión y distribución y reducir las enormes pérdidas técnicas del sistema.
Sin embargo, el dinero por sí solo no resolverá el problema. La verdadera transformación exige profundas reformas económicas e institucionales que permitan atraer inversión nacional y extranjera, ofrecer seguridad jurídica a los inversionistas, descentralizar la generación eléctrica, abrir espacio a productores privados y establecer un mercado energético moderno y competitivo.
La historia demuestra que Cuba fue, en otro tiempo, uno de los países más avanzados de América Latina en materia de electrificación. La experiencia reciente de Uruguay, Costa Rica, Chile, Panamá y República Dominicana confirma que también es posible construir sistemas eléctricos modernos, confiables y sostenibles.
La cuestión no es si Cuba puede salir de la oscuridad. Va a salir, tiene que salir. pero ¿hasta cuándo el régimen castrocomunista obstaculizará la necesaria solución? y, ¿hasta cuándo el pueblo permitirá que le obliguen a vivir en medio de una larga noche oscura?
Vídeos relacionados:
Archivado en:
Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.








