Los apologetas del sistema político occidental suelen lanzar siempre una pregunta con aires de superioridad: ¿Dónde están las elecciones en Cuba? La respuesta, para su desgracia, es sencilla y contundente. En cada barrio, en cada circunscripción, en cada asamblea donde un delegado rinde cuentas ante sus vecinos.
Este 31 de octubre se cumplen 50 años de la instauración en Cuba de los Órganos del Poder Popular, un sistema que no nació de un laboratorio importado de Washington, sino de la experiencia concreta, del ensayo y error, y del protagonismo de un pueblo que decidió tomar las riendas de su destino. Y como todo lo que se construye desde abajo, tiene fisuras, desafíos y deudas pendientes que no se deben ocultar con discursos.
La historia no empieza en 1976, sino dos años antes. La Ley No. 1269 del Consejo de Ministros, de fecha 3 de mayo de 1974, aprobó desarrollar como experiencia en la provincia de Matanzas la constitución de los órganos del Poder Popular mediante elecciones, con el fin de avanzar en el proceso de institucionalización del Estado. Matanzas se convirtió, así, en el laboratorio donde se probó un sistema inédito, sin referentes en el mundo, con el pueblo en el centro del poder.
El 30 de junio de 1974, el 93,6% del pueblo matancero en edad electoral acudió a las urnas para ejercer, por primera vez en la historia de Cuba, el derecho al voto secreto, directo y libre para elegir a sus delegados al Poder Popular. Fidel Castro, presente en aquella jornada, calificó el hecho como “las elecciones más puras en la historia de nuestro país, elecciones sin componendas, sin fraudes, sin demagogia, sin politiquería”.
Días después, el 11 de julio, quedaron constituidas las 28 asambleas municipales y las seis asambleas seccionales: el 15 de julio, las asambleas regionales de Matanzas, Cárdenas, Jovellanos, Colón y Victoria de Girón; el 21 de julio, la Asamblea Provincial del Poder Popular.
El éxito de la experiencia matancera fue tal que el Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba, celebrado en 1975, la calificó como “un paso de trascendental importancia en el camino de la institucionalización del país”. En febrero de 1976 se promulgó la Constitución, que distinguió al sistema del Poder Popular como “el eslabón más alto de la democracia socialista”, y el 2 de diciembre de ese año se constituyó la Asamblea Nacional del Poder Popular.
Frente a la democracia liberal burguesa, donde el ciudadano solo es convocado cada cuatro o cinco años para depositar un voto y luego es olvidado hasta la próxima contienda, el sistema cubano se sostiene sobre una base radicalmente distinta: la circunscripción. Esta es la célula básica de toda la estructura del Poder Popular, y su funcionamiento converge esencialmente en la figura del delegado, postulado y elegido para integrar la Asamblea Municipal y representar a los electores de su demarcación.
El delegado no es un político profesional que responde a los intereses de una corporación o de un donante de campaña. Es un vecino, un trabajador, una madre, un jubilado, que asume la responsabilidad de escuchar a la población, atender sus planteamientos y buscar soluciones a los problemas cotidianos. Ser delegado implica conocer de cerca las necesidades y la gente del barrio, acompañarlos y dar seguimiento a sus preocupaciones. No hay campañas millonarias, ni spots televisivos, ni promesas imposibles. Hay mucho trabajo comunitario, rendición de cuentas y mandato revocable.
La democracia socialista cubana no se mide por la cantidad de partidos que se disputan el poder, sino por la capacidad del pueblo de decidir, controlar, exigir y acompañar. Como expresó el presidente Miguel Díaz-Canel en la Audiencia Pública Parlamentaria por el 50 Aniversario del Poder Popular: “El Poder Popular no es solo una estructura, es la expresión de un pueblo que, con su historia y su voluntad, sigue siendo protagonista de su destino”.
Y añadió una frase que resume el espíritu del sistema: “Que este medio siglo sea un momento para reafirmar que no renunciaremos a la idea de que el pueblo decida, controle, exija y acompañe”.
En ese sentido, sería deshonesto ocultar las deficiencias. El propio sistema ha sido objeto de críticas internas y de un perfeccionamiento constante. Ya en 1991, el Llamamiento al Cuarto Congreso del Partido expresaba que el trabajo del Poder Popular “reclama de una reflexión que afirme todo lo positivo y valioso alcanzado por estos órganos desde 1976, y que permita, al mismo tiempo, liberarlos de formalismos y otras insuficiencias”, y destacaba la necesidad de “fortalecer aún más el control del pueblo sobre la actividad del gobierno”.
Los desafíos actuales son enormes, e incluyen la transparencia, la comunicación con la ciudadanía y la eficacia en la solución de los problemas. Esto es fundamental para mantener la confianza y hacer que las instituciones respondan cada vez mejor a las necesidades de la población.
En un contexto de asedio económico y guerra cognitiva, donde el imperio intenta deslegitimar cualquier experiencia de democracia alternativa, la exigencia de eficiencia y de resultados concretos se vuelve una cuestión de supervivencia política. El presidente Díaz-Canel lo planteó muy claramente: “Estamos dispuestos a cambiar todo lo que deba ser cambiado en la manera de funcionar de las instituciones, siempre que se trate de fortalecer la justicia social, la equidad y la participación consciente”.
No se trata de importar modelos ajenos, sino de profundizar el propio, eliminando formalismos, burocratismo y cualquier vestigio de ineficiencia que socave la legitimidad del sistema.
A 50 años de su instauración, los Órganos del Poder Popular siguen siendo la columna vertebral del sistema político cubano. No son perfectos, ni pretenden serlo. Son un instrumento en construcción, un laboratorio permanente de democracia socialista que ha demostrado, contra viento y marea, que otra forma de hacer política es posible. Una forma donde el mérito y el reconocimiento popular priman sobre el dinero y la politiquería; donde el delegado responde ante su comunidad, no ante un aparato partidista o un grupo económico.
Medio siglo después, se reafirma que mientras haya un cubano dispuesto a asumir el dolor ajeno como propio, a abrir las puertas de su casa de madrugada para atender una urgencia, a no conformarse con explicaciones que no resuelven, el Poder Popular seguirá teniendo apellido de pueblo. Eso es lo que celebra Matanzas, y con ella, toda Cuba.


