«Cuando Raúl Castro muera, habrá posibilidades de cambio en Cuba, porque desaparecerá una figura extraordinaria, por vieja y debilitada que esté»
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- Autor, João Caminoto
- Título del autor, BBC News Brasil
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Fecha de publicación
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Tiempo de lectura: 9 min
Pocos periodistas conocen América Latina como Jon Lee Anderson.
Reportero de la revista The New Yorker desde 1998, es biógrafo del Che Guevara y autor de perfiles de Hugo Chávez, Fidel Castro y Gabriel García Márquez. Ha informado sobre la región desde la década de 1980 con un método que se ha convertido en su sello personal: sumergirse durante meses en el terreno y convivir estrechamente con las personas sobre las que escribe.
Y él sostiene que ahora todo el continente americano vive una especie de limbo debido a la «dinámica de un hombre que llegó a la Casa Blanca y puso su personalidad y sus intereses por encima de los de su país» en referencia al presidente Donald Trump.
«Lo próximo que veremos será una acción militar directa de Estados Unidos en distintos países, supuestamente contra el narcotráfico. Todo esto es preocupante en términos del respeto a la soberanía entre las naciones», opina en diálogo con BBC Brasil.
En ese sentido, este martes Trump dijo en su discurso en Naciones Unidas que «si es necesario, Estados Unidos usará su incomparable poderío militar para garantizar los intereses nacionales en la región», citando como ejemplo la captura del presidente venezolanos Nicolás Maduro el 3 de enero.
Pero Anderson afirma que no son solo países latinomericanos se encuentran bajo una presión constante por parte de Trump.
«Hasta Canadá es tratado como si fuera Corea del Norte», señala.
Según el periodista, el estilo de Trump está moldeando a los líderes del continente, muchos de los cuales buscan la aprobación del presidente estadounidense.
«Vivimos un momento perverso, y toda América Latina también. Algunos políticos han utilizado de manera oportunista su relación con Estados Unidos para beneficiarse», afirma Anderson.
«Que Dios los libre de caer del lado equivocado de Trump: podría hacer cualquier cosa para deshacerse de ellos», anota.
A continuación, la entrevista de BBC News Brasil con Jon Lee Anderson.
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Después de la operación contra Nicolás Maduro, EE.UU. concentra ahora la presión sobre Cuba. ¿Cree que existe finalmente una posibilidad real de ruptura en la isla?
Nunca diría «nunca», pero no veo que eso vaya a ocurrir.
Los cubanos están acostumbrados a soportar privaciones. Ya lo hicieron tras el colapso de la Unión Soviética, durante cinco o seis largos años, el llamado Periodo Especial, cuando Fidel [Castro] aún vivía, y fue una época terrible para la isla. Yo vivía allí entonces.
Después llegó [Hugo] Chávez, con el dinero del petróleo, el intercambio de médicos y asesores por crudo, y la isla logró reconstruir parte de su infraestructura. Desde entonces ha habido una alternancia de aperturas y cierres, tanto por parte del régimen cubano como de su poderoso vecino, Estados Unidos.
Ahora estamos en la peor de esas etapas: un bloqueo explícito destinado a asfixiar la isla y provocar algún tipo de cambio. Llevamos nueve meses en esta situación y ha sido devastador para los cubanos.
Raúl Castro sigue vivo. Tiene 95 años y está frágil. No existe realmente un presidente fuerte: Miguel Díaz-Canel es una figura apagada, un hombre del partido, sin los plenos poderes que tuvo Fidel; en la práctica, es un dirigente designado. Mientras Raúl viva, sigue funcionando como el líder supremo.
Pensando en el contexto iraní, Raúl es una especie de líder supremo, con un aura casi espiritual debido a la dimensión histórica de la Revolución Cubana, que ya tiene 67 años. Eso pesa especialmente entre los cubanos mayores de 50 años, mucho más que entre los jóvenes, que apenas conocieron el apogeo de la Revolución.
La isla se encuentra en una situación extremadamente vulnerable porque casi todos sus alimentos, todo su combustible y gran parte del dinero provienen de Estados Unidos, ya sea por remesas enviadas por familiares, por los alimentos cuya importación Washington permite, e incluso por el petróleo.
Hay petróleo entrando al país, pero solo para emprendedores del sector privado, quienes no pueden compartirlo con el Estado. El propósito explícito es debilitar al régimen y hacerlo parecer todavía más frágil. El régimen comunista está atrapado en arenas movedizas y no puede hacer nada porque carece de recursos. Uno esperaría que alguien pulsara un botón de emergencia.
Hubo negociaciones entre Estados Unidos y un nieto de Raúl [Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como «El Cangrejo»], pero eso parece haberse detenido debido a la oposición de políticos cubanoestadounidenses de línea dura en Miami, que quieren imponer sus condiciones.
Según lo que pude observar recientemente en Washington, nada cambiará de inmediato, al menos hasta después de las elecciones legislativas de mitad de mandato en Estados Unidos [3 de noviembre]. Los estadounidenses han llegado a una especie de callejón sin salida: no saben con quién negociar.
El nieto de Raúl, conocido como Raulito, parecía representar a una nueva generación de cubanos dispuesta a hacer negocios, pero no cuenta con respaldo institucional.
Ese nieto de Raúl mantenía un canal abierto de negociación con Estados Unidos. ¿Qué piensa de ello?
Mantuvo un diálogo abierto y se reunió con emisarios, incluido con Marco Rubio [secretario de Estado]. Pero su posición dentro de la isla se debilitó porque los sectores más duros del régimen dejaron claro que no cuenta con su apoyo.
Y, del lado estadounidense, los sectores más duros de la comunidad cubano-estadounidense de Miami también dejaron claro que no negociarán con un Castro. En la práctica, eso ha dejado atado de manos al entorno de Trump.
Pero no es el final. Por ahora han optado por dejar las cosas como están porque no hay mucho que puedan hacer y porque tienen su propia supervivencia política en juego en las elecciones de mitad de mandato. Después veremos si la política se profundiza o simplemente continúa.
Siempre he pensado que, cuando Raúl muera, algo inevitable por razones biológicas, aumentarán las posibilidades de cambio porque desaparecerá una figura extraordinaria, por vieja y debilitada que esté.
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Desaparecerá la última gran figura icónica de la Revolución. Y eso permitirá que otros actores menores compitan por el poder. Sería realmente el fin de la era Castro. Hay un nieto, hay un hijo de Raúl, pero ninguno de los hijos de Fidel participa en la política.
También existe la sensación de que Estados Unidos tiene hoy más influencia sobre el destino de Cuba que en cualquier otro momento de su historia reciente. Así que el juego sigue abierto. Veremos cómo evoluciona durante el próximo año.
Los partidos de derecha radical en Brasil afirman que Maduro podría llegar a un acuerdo o colaborar con la justicia. ¿Ha escuchado algo al respecto?
No he oído hablar de ello. Y no sé si eso le serviría de algo. No consigo imaginarlo. Cualquier cosa es posible en este mundo; hemos visto a mucha gente cambiar de bando. Pero ¿Maduro intentando salvarse a sí mismo y a su esposa denunciando abiertamente a toda la izquierda?
Sería realmente impactante. Nunca hemos visto algo semejante. Ni siquiera [Manuel] Noriega [líder de Panamá detenido por EE.UU. en 1989], enfrentado a una condena de cadena perpetua que en la práctica cumplió, hizo algo así. Y sin duda estaba mucho más vinculado al narcotráfico que cualquier evidencia que yo haya visto contra Maduro.
Entrevisté a Noriega cerca del final de su vida, cuando estaba en prisión, y hablamos de todo.
Me dijo que tenía un solo arrepentimiento: haber hablado tan agresivamente contra Estados Unidos. En cierto momento blandió un machete y dijo: «Vengan por mí»; y ellos fueron. Admitió que no debería haberlo hecho. Se rio, una risa amarga, pero se rio, después de 30 años encarcelado.
Le pregunté si guardaba rencor hacia los estadounidenses o hacia la CIA. Me respondió que no, que estaban haciendo su trabajo. Era un personaje curioso, pero nunca traicionó a nadie. Mantuvo sus coartadas hasta el final.
¿Es Maduro el mismo tipo de hombre? No lo sé. Tal vez mañana me sorprenda.
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Lleva décadas siguiendo América Latina. ¿Qué siente respecto al rumbo que está tomando el continente?
Creo que es un período muy preocupante. (…) Toda América Latina está bajo el efecto Trump.
Existe este personaje detestable en el Pentágono, Pete Hegseth [secretario de Defensa], que parece querer hacer explotar todo.
Lo próximo que veremos será una intervención militar directa de Estados Unidos en distintos países, supuestamente para combatir el narcotráfico. Todo esto resulta preocupante desde el punto de vista del respeto a la soberanía nacional.
La idea de igualdad entre los países, sin importar su tamaño, ha sido apartada en favor de un diseño hegemónico impulsado por la nación más poderosa de la región: Estados Unidos bajo control de Trump. Hasta Canadá es tratada como si fuera Corea del Norte.
Vivimos un momento perverso, y también lo vive toda América Latina. Algunos políticos han utilizado de manera oportunista su relación con Estados Unidos para beneficiarse.
Que Dios los libre de caer en desgracia con Trump: podría hacer cualquier cosa para deshacerse de ellos. Podría decidir que son narcotraficantes e ir a buscarlos. Podría, a través de su aliado Elon Musk, destinar cientos de millones de dólares para influir en las elecciones que enfrentan.
Podría instrumentalizar los sistemas de telecomunicaciones y las redes sociales contra ellos. Hoy están más que nunca bajo la influencia de una potencia hegemónica que ya ha demostrado tener, en algunos casos, impulsos perversos.
Dicho esto, también es válido preguntarse: ¿qué le ocurrió a la izquierda? ¿A la izquierda progresista, ilustrada y liberal, sin hablar siquiera de la más radical? ¿Cómo permitió que esto sucediera? ¿Cómo está la extrema derecha populista tomando el control de tantos países? ¿Qué errores cometieron?
Es un debate largo, para otra ocasión. Pero tiene mucho que ver con haber rendido culto a hombres fuertes supuestamente de izquierda, como Daniel Ortega, los Castro, Maduro o antes Chávez, tratándolos como las máximas figuras de la izquierda sin criticarlos por sus excesos, algunos mucho más graves que otros, en materia de libertades civiles y corrupción.
La izquierda se agrupó en torno a ellos, no evolucionó y permitió que persistiera una izquierda extrema, grandilocuente y retórica, sin construir alternativas socialdemócratas propias, que es precisamente lo que la mayoría de la gente desea.
¿Qué queremos la mayoría para nuestras familias? Buenas escuelas para nuestros hijos, calles seguras, atención sanitaria digna y asequible, y un techo.
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Esa es la esencia de la socialdemocracia. ¿Dónde se logra sin tener que luchar constantemente por ella? En Escandinavia, que combina pilares socialistas y capitalistas. El resto de nosotros nunca logró encontrar bien ese equilibrio.
No hace falta matar a todos los que usan gafas, como hizo el Jemer Rojo en Camboya, ni regresar al Año Cero para construir una nueva sociedad utópica. Y aunque no se haga en la práctica, tampoco es necesario hacerlo en el discurso.
Lula es probablemente el líder que más se acerca a esta idea. Antes lo fue Pepe Mujica. Entre los dirigentes de izquierda que mejor representaron una izquierda pragmática, que acepta el capitalismo pero insiste en un Estado fuerte que proteja a los más vulnerables. Lula y Mujica, cada uno a su manera, son quienes más se aproximaron.
Iba a mencionar a Claudia Sheinbaum [presidenta de México], pero se encuentra en una posición difícil en México por compartir frontera con Estados Unidos. [Gabriel] Boric, en Chile, hizo un intento valiente durante sus cuatro años como joven dirigente. Pero fueron esfuerzos dispersos, que nunca llegaron a converger. [Gustavo] Petro, en Colombia, en mi opinión, desperdició muchas de sus oportunidades debido a su propio comportamiento.
Estamos viendo apenas el comienzo de un intento por reconstruir la idea del progresismo en América Latina y también en Estados Unidos, pero todavía no ha llegado a consolidarse.
¿Quién sucederá a Trump si es un demócrata? ¿Será Gavin Newsom, que parece salido de Hollywood pero quizá sea una persona íntegra? ¿O alguien como Alexandria Ocasio-Cortez, heredera política de la corriente de Bernie Sanders? ¿O una figura como Zohran Mamdani [alcalde de Nueva York]?
No lo sabemos.
Lo que sí sabemos es que ni en Estados Unidos, ni en el Brasil posterior a Lula, ni en ningún otro lugar de América Latina existe hoy una izquierda liberal democrática cohesionada, unificada y fuerte, fácilmente identificable como movimiento o liderazgo. Mientras tanto, en la derecha sí existe algo parecido.
Es Trump, es el movimiento MAGA. Es reaccionario y antiélite. Pero en este caso la derecha también es reaccionaria y antiélite frente a la élite intelectual y educada. Y eso es precisamente lo que resulta más inquietante de lo que viene de la extrema derecha.
Tenemos mucho por delante. Será una época interesante, pero también muy preocupante.
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