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Convergencia a la vista

Recuerdo cuando en Cuba, hace décadas, hablábamos de la Teoría de la Convergencia siempre con argumentos devaluatorios. La etiqueta “diversionismo ideológico” asomaba su nalga peluda y cercenaba cualquier intento de razonamiento a favor de sus posibilidades, aunque estas se apoyaran en la lógica dialéctica. Vivíamos los tiempos de mayor ortodoxia manualística sustentada en la práctica soviética del marxismo.

Veamos un fragmento de la definición de esa teoría extraída del Diccionario de Filosofía, editado en Moscú en 1984: “… una teoría burguesa moderna según la cual las diferencias económicas, políticas e ideológicas entre los sistemas mundiales capitalista y socialista se van borrando de modo gradual y en perspectiva tienden a la fusión completa”.

Comenta además el referido volumen que los autores de dicha teoría: J. Galbraith, P. Sorokin y J. Tinbergen “exponían en distintas variantes la idea de que en el capitalismo moderno se refuerzan los principios socialistas, mientras que en los países socialistas, los principios burgueses”. Y continúa el Diccionario…: “En el fondo, se tenía en cuenta la síntesis de los dos sistemas mundiales sobre una base capitalista”.[1]

“China y Vietnam serían ejemplos actuantes de realidades donde la economía de mercado, el monopartidismo y las políticas sociales conviven, y aunque el estatus difiere algo de la que en algún momento llamamos ‘utopía posible’, resulta innegable su devenir como experiencias exitosas, acaso de las que con mejores luces defienden un futuro socialista (o casi) para la humanidad”.

Un devenir posterior —tras dar por desechada ideológicamente dicha teoría— nos sitúa ante la pregunta de si la asunción de principios de una lógica de mercado pura y dura que asumieron en los años noventa algunos países que integraron el bloque socialista le devuelve valores pragmáticos —y esenciales— a la idea de la convergencia. China y Vietnam serían ejemplos actuantes de realidades donde la economía de mercado, el monopartidismo y las políticas sociales conviven, y aunque el estatus difiere algo de la que en algún momento llamamos “utopía posible”, resulta innegable su devenir como experiencias exitosas, acaso de las que con mejores luces defienden un futuro socialista (o casi) para la humanidad.

Mucho antes de que los dos países mencionados abandonaran el camino trillado de la construcción de una sociedad sin clases y con propiedad social absoluta sobre los medios de producción, varias naciones capitalistas, sobre todo de la Europa nórdica y Canadá, asumieron, a la luz de la tesis lanzada por primera vez en 1936 por John Maynard Keynes en su libro Teoría general del empleo, el interés y el dinero, lo que se conoció como “estado de bienestar”. Una economía de mercado de alta eficacia sosteniendo plataformas sociales de corte socialista define su naturaleza. En la práctica, la posterior filosofía neoliberal ha lesionado bastante el keynesianismo, pero no es posible desconocer que dejó establecidos beneficios sociales aún vigentes para amplios sectores de la población de esos países.

No soy filósofo. Malamente me defino como un observador del devenir de nuestro país, un Estado en revolución desde que tuve conciencia para tratar de entenderlo. Ante lo que desde 2007 venimos llamado “actualización del modelo” me pregunto, ahora de cara a Cuba, si no estamos rindiendo las otrora imbatibles torres de la ortodoxia extrema ante el evidente empuje de una convergencia sumamente difícil, con acciones de funcionamiento más híbridas de lo que reconocíamos.

Claro, no hemos obtenido los resultados de China y Vietnam por varias razones, la más importante de todas: el descomunalmente inhumano y creciente bloqueo que nos ha impuesto la potencia imperial vecina. Bloqueo del que están libres ambas naciones asiáticas. Cabría preguntarse si Cuba, sin el bloqueo, pudiera alcanzar logros de similar magnitud.

Nuestra reforma no viene siendo lo efectiva que se necesita para que los beneficios alcancen a todos. Una de las razones que pudiera hacer disfuncional nuestra filiación a pautas de convergencia es que la asumimos de un modo tardío (más de una década de retraso) y en aras de un discurso público y una dinámica que se empeñaban en operar sin desprenderse totalmente del condicionante ideológico. Esa tardanza le permitió al enemigo natural blindar su geopolítica nuevamente con la doctrina Monroe, ventaja engordada ilegítimamente por la geografía compartida.

“… no hemos obtenido los resultados de China y Vietnam por varias razones, la más importante de todas: el descomunalmente inhumano y creciente bloqueo que nos ha impuesto la potencia imperial vecina. Bloqueo del que están libres ambas naciones asiáticas”.

Finalmente se emprendieron los ajustes con el fin de darle vía libre a una economía privada de pequeña escala (ha acabado siendo predominante) llamada a sostener el amplísimo proyecto de justicia social, esencia de la Revolución. Hoy, gracias a la iniciativa privada, vivimos una conflictiva estabilidad en la esfera de la distribución, con una oferta cautiva de la inflación, que se desarrolló tras la tarea “Reordenamiento monetario”. El demoledor virus del bloqueo, enfocado a privar al Estado de todo su poder para luego colgarle la etiqueta de “Estado fallido”, contamina todos los entresijos logísticos de funcionamiento de la economía y deja a aquel sin armas para competir con un sector privado mayormente especulativo.

Atendiendo a esas infranqueables barreras, casi pudiéramos concluir que en nuestro caso la convergencia no se concretará mientras exista un bloqueo que deja al Estado con el único arsenal —bien nutrido, pero insuficiente— de sus argumentos históricos y los principios revolucionarios y humanistas que lo sustentan.

El virus del bloqueo contamina los entresijos logísticos de funcionamiento de la economía y deja sin armas al Estado para competir con un sector privado mayormente especulativo. Foto: Tomada de Cubadebate

Creo con firmeza que la posición adoptada por Cuba tras la desarticulación del bloque socialista mundial fue correcta al plantar bandera en los principios del socialismo y la soberanía defendidos a toda costa y a todo costo. El repertorio de reformas emprendidas ha funcionado con escaso éxito, tanto en su concepción como en un desarrollo condicionado por fuerzas externas que inciden en lo interno.

A la idea de resistir y persistir para preservar la soberanía la sustentan algunas certezas imposibles de obviar: ya tuvimos etapas sin que el bloqueo fuera tan cruento y se alcanzó algún bienestar. Ese único dato basta para echar por tierra la venal hipótesis de que las culpas del deterioro creciente no se derivan del bloqueo, sino del mal funcionamiento del Gobierno.

“Una de las razones que pudiera hacer disfuncional nuestra filiación a pautas de convergencia es que la asumimos de un modo tardío (más de una década de retraso) y en aras de un discurso público y una dinámica que se empeñaban en operar sin desprenderse totalmente del condicionante ideológico”.

Numerosas matrices de opinión impuestas por el imperio mediático envenenan la percepción de muchos. Las alimentan —de manera culposa— ingenuos desesperados y —de manera dolosa— resentidos, reaccionarios de vocación y analfabetos políticos que, aunque duela, comparten con nosotros el espacio sagrado de la Patria.


Referencia:

[1] Diccionario de Filosofía. Editorial Progreso, Moscú, 1984, editado por Iván T. Frolov, traducido del ruso por O. Razinkov [en línea, disponible en https://www.filosofia.org/urss/ddf1984.htm, fecha de consulta 7 de junio de 2026].

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