Con silbato y loma arriba: vendedor de pan en Santiago de Cuba

El sonido no nace de una garganta gastada, sino de un pito de plástico apretado entre los labios. En las lomas de Santiago de Cuba, el pregón tradicional ha cedido su lugar a una señal de auxilio auditivo: el silbato agudo que avisa a los vecinos que el pan ha llegado a la puerta. Del otro lado de la correa que le cruza el pecho, sosteniendo una jaula plástica de red con la mano izquierda, Felo, un hombre de unos 55 años, marcadamente delgado y con un rostro avejentado para su edad por el azote continuo del sol oriental y décadas de supervivencia, camina la ciudad paso a paso.
No es empleado del Estado ni dueño de la harina. Es el último eslabón de la cadena de distribución informal: el revendedor ambulante.
De lunes a viernes, carga sobre sus hombros hasta 180 «bolas» de pan, esos pequeños bollos redondos de harina de trigo que la panadería estatal dejó de garantizar con regularidad. Los fines de semana, la cuota baja a 150. Toda la jornada, desde la primera luz hasta que la última pieza desaparece del huacal plástico, transcurre a pie.
La matemática de su subsistencia es exacta pero implacable. La panadería proveedora le entrega cada pieza redonda entre los 26 y 27 pesos cubanos (CUP). En la calle, donde la escasez empuja los precios, el pan se vende al detalle entre los 35 y 40 CUP. Por cada unidad vendida, le quedan unos 8 o 9 pesos de ganancia. En un día bueno de 180 panes, su ingreso bruto ronda los 1,400 CUP.
En la Cuba de salarios estatales bajos, ganar más de mil pesos diarios parecería una cifra holgada. Sin embargo, en la economía de la devaluación continua, esos 1,400 CUP representan apenas unos dos dólares en el mercado informal. La cifra ni siquiera alcanza para comprar un pomo de aceite, cuyo precio oscila entre los 3,500 y 4,500 CUP, ni un cartón de huevos, que supera holgadamente los 2,000 pesos. Con la ganancia diaria de 180 panes, Felo apenas puede aspirar a comprar una sola libra de carne de puerco para llevar algo a la mesa.
Para ganar ese sustento de supervivencia, sus piernas deben recorrer entre 10 y 15 kilómetros diarios. En la topografía de Santiago de Cuba, esta distancia no se mide en metros planos, sino en el ángulo de lomas empinadas, aceras rotas y escalones desgastados, bajo temperaturas que rozan los 35 grados a la sombra.
El desgaste corporal a sus más de cinco décadas de vida es acumulativo. Por eso, su mayor aspiración inmediata no es cambiar de oficio, sino reunir 3,000 pesos, el equivalente al trabajo de dos días enteros, para comprar un coche usado de trasladar niños. «Está mala la venta», confiesa con la resignación de quien ve contraerse el bolsillo de sus clientes y el suyo propio. Adaptar ruedas de coche infantil a su caja plástica no es un capricho comercial; es una urgencia biomecánica para salvarle las rodillas y la columna al caminante. – «Necesito vender más para mantenerme dice el vendedor».
Su historia expone la verdadera naturaleza de la crisis económica cubana, obligada a la apertura al sector privado. Ha devuelto la harina procesada a las calles, pero la logística de distribución no descansa sobre camiones, sino sobre la anatomía de los más vulnerables. La panadería pone la materia prima y el horno; el trabajador informal pone el sudor, la suela de los zapatos y las articulaciones.
A sus espaldas, entre la vegetación de plátano y las fachadas sin pintar del barrio, el sonido del pito vuelve a retumbar. Felo retoma la subida. Mientras la economía oficial se debate en cifras y discursos, la mesa de muchas familias santiagueras sigue teniendo solo un trozo de pan, que depende del aliento de un hombre que camina la crisis, loma arriba.
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