Cansados de la utopía en Cuba – 14yMedio
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Cansados de la utopía en Cuba – 14yMedio

Miguel Díaz-Canel ha querido ponerse filosófico. En una entrevista reciente habló de la utopía y trató de repetir una frase popularizada por Eduardo Galeano, que ni siquiera logró citar correctamente. Dijo que “la utopía está en el horizonte. Cuando caminamos dos pasos, la utopía retrocede dos pasos. Y el horizonte se adelanta en diez pasos”. Una mezcla extraña que terminó sonando más absurda que inspiradora. Y, sin embargo, quizás lo más revelador no es que haya confundido la cita. Lo verdaderamente revelador es que, después de casi siete décadas de este régimen, el máximo dirigente del país siga ofreciéndonos una utopía en lugar de una realidad. Yo, sinceramente, ya estoy cansada de utopías. No porque haya dejado de creer en un país mejor. Al contrario. Precisamente porque quiero una nación mejor, me niego a seguir viviendo dentro de un sueño que pertenece a otros. Habitamos una utopía que no es nuestra. Algunos que ni siquiera la padecen intentan convencernos, desde la distancia, de que debemos conservarla intacta Habitamos una utopía que no es nuestra. Algunos que ni siquiera la padecen intentan convencernos, desde la distancia geográfica, desde un despacho o desde la comodidad de sus privilegios, de que debemos conservarla intacta. Nos piden resistencia, sacrificio y fe. Pero no son ellos quienes pasan noches enteras sin electricidad, quienes tienen que caminar kilómetros porque no hay transporte público o quienes deben llevar hasta los antibióticos cuando un familiar ingresa en un hospital. No son ellos quienes tienen que decidir entre comprar medicamentos o poner un plato de comida sobre la mesa. Es profundamente enajenante vivir dentro de la ilusión de otra persona. Cargar durante toda una vida con el peso de un sueño que nunca elegimos. A los cubanos nadie nos preguntó si queríamos dedicar nuestra existencia a construir esa utopía. Nadie nos consultó si estábamos dispuestos a cambiar nuestra juventud por promesas, nuestra madurez por consignas y nuestra vejez por discursos en los que siempre se nos explica que el futuro será mejor. Ese futuro lleva casi setenta años llegando. Y nunca llega. Porque la diferencia entre una utopía y una política pública es enorme. Una política pública debe producir resultados, debe lograr que haya comida, transporte, electricidad, salarios dignos, hospitales que funcionen y escuelas donde los maestros no abandonen las aulas. Una utopía, en cambio, siempre encuentra una excusa para aplazarse. Siempre falta un esfuerzo más, siempre hay que resistir un poco más, siempre hay que caminar otro tramo. Pero mientras caminamos detrás de ese horizonte inalcanzable, la realidad hace exactamente lo contrario: retrocede. El sistema eléctrico involuciona, el transporte decae y la agricultura se encoge. Retroceden los hospitales. Retrocede la población, que abandona el país por cientos de miles. Retrocede incluso la esperanza. La utopía no puede seguir siendo el argumento para justificar el fracaso permanente de un modelo. Porque una cosa es caminar hacia un ideal y otra muy distinta utilizar ese ideal para explicar por qué nunca se alcanzan los objetivos más básicos. No queremos que nos gobiernen filósofos improvisados. Queremos personas capaces de garantizar que haya agua en las tuberías, electricidad cuando cae la noche y alimentos que puedan pagarse con un salario. Queremos vivir en un país donde el horizonte no sea emigrar. A quienes nos impusieron, sin consultarnos, este espejismo, habría que decirles algo muy sencillo: no queremos vivir persiguiendo lo que no existe, lo que nunca existirá.

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