Corría la década del 80 del pasado siglo cuando mi padre, Juan José Terry Sarduy, decidió aventurarse a construir una casa en el pueblo que más le gustaba, entre todos los pueblos: Bauta.
Un sitio donde, según las malas leyendas, habitaba gente altanera y dada a las exigencias de la moda y la pacotilla más ramplona y subversiva, algo que ni mi padre, ni yo que lo acompañaba muchas veces a aquella vivienda en construcción, pudimos jamás corroborar, pues mucha gente humilde y dispuesta, acompañó con su sudor a mi padre durante su tarea constructiva.
Entonces vivíamos en un pequeño pueblo caimitense nombrado Ceiba del Agua y lejos estaba yo, estudiante de la carrera de Periodismo en la Universidad de La Habana, de pensar que mi vida quedaría rotundamente ligada, no solo al barrio de La Minina, donde se alzaba nuestra futura casa, sino a todo el territorio bautense y a sus maravillosos habitantes.
Lejos estaba de pensar que muchos bautenses ocuparían el interés sincero de mi pluma a lo largo de más de treinta años al servicio del periodismo y la literatura, espacios para contar la gran obra humana de todos los tiempos y bajo cualquier circunstancia, luminosa u oscura.
Bauta me ha colmado de grandes emociones y de grandes amigos que heredé de mi padre, ya fallecido: Roberto Siguaraya, Jesús Valcárcel, Alberto Marichal… y de otros que, para mi suerte infinita, fueron apareciendo en el camino.
Si empiezo por alguien, sería el poeta Carlos Jesús Cabrera, humano hasta los tuétanos y cuya muerte me sigue doliendo como el primer día en que cerró sus ojos para siempre; el poeta Jesús Sama, «experto» en leerte los misterios del alma; el pintor Ezequiel Sánchez Silva, maestro entre los maestros; el guionista y narrador Francisco García González y el pintor Ángel Silvestre, caimitenses con mucho más que una residencia en Bauta; la directora María Virginia Pérez, alma del Taller Orígenes y prueba irrefutable de que un funcionario cultural es querido por todos cuando ama, protege y defiende a los creadores y al ate y las letras que fraguan; Rael Rodríguez Capote, un genio del muralismo negado a que le llamen genio; la escritora Myreisi García, una pequeña y voluntariosa tallerista que creció y llegó a publicar decenas de versos y a ponerle luz larga a proyectos que elevaban a los cielos la dignidad femenina.
Descubrí que cada evento cultural en Bauta lleva un sello especial, una delicadeza no vista en muchas partes, capaz de hacer sentir en familia al visitante más humilde y a cualquiera llegado del lugar más distante. Vi muchas veces a una asesora literaria como Clara Isabel Martínez encargarse de que nada, absolutamente nada, desencajara en la organización de una peña, un encuentro de escritores, una descarga poética…
Recordaba una escritora, con verdadera molestia, cómo en un evento internacional el pan de la merienda se sirvió a los invitados de manera pedestre, en una caja sucia y entregado a mano pelada. Entonces Bauta salió a relucir en la voz de la escritora, porque en Bauta el recibimiento, el local, la merienda, el almuerzo, se organizan con una responsabilidad que impresiona.
Si falla un solo detalle en la organización, no se lo perdonan. Son exquisitos como nadie. Y este no es un elogio que regalo, porque a nadie pueden regalarle lo que bien merecen. A los que se quejan de que estos son tiempos duros y por ese motivo actúan con desgano, chapuceramente, Bauta, territorio de la Cuba en trance dificilísimo, está ahí como ejemplo de que es posible pelear por la belleza y conseguir la victoria en el empeño.

Esta es también una localidad de seres que no conocí, pero que no he dejado de admirar: en primer lugar, por supuesto, el Titán de Bronce, cuya sangre mulata y libertaria quedó de modo definitivo en las entrañas de Bauta; el doctor y comandante Bernabé Ordaz, artífice del nuevo rostro que tomó el Hospital Psiquiátrico de La Habana (antiguo Mazorra), donde los enfermos mentales eran almacenados como verdaderas bestias por los gobiernos de la vencida República burguesa.
Bauta no está exenta de problemas. Es parte de esta Cuba que vive momentos difíciles, pero es una parte que ha sabido proteger su patrimonio origenista, no solo orgullo bautense, sino de toda la nación. Artistas visuales como Oslier Pérez y Orlando Rodríguez, más Adrián Infante con su proyecto Bauta a todo color y su gran historia en el embellecimiento de nuestros entornos, son parte de esa persistencia invencible para que vivamos orgullosos de nuestra localidad.
Más de una vez me ha escrito desde Colombia el dramaturgo bautense Juan José Jordán para recordarme sus dulces momentos en la biblioteca municipal Antonio Maceo y su deseo de abrazar a las bibliotecarias que allí trabajan, siempre dispuestas a servir del modo más elegante. Pienso lo mismo, como lo pienso de Miriam Vázquez, la directora de la galería Guerrero, el más sonado de los caricaturistas bautenses.
Queda mucho por contar de esa tierra que mi padre amó intensamente y que ahora se apresta a celebrar los actos por el 26 de Julio. Queda mucho por escribir de una tierra que acribillaban, de modo simplista, por estar «llena de gente fatua y vacía», pero que, al cabo, estaba llena de seres generosos, inteligentes, con la cultura como espada y escudo, con un maravilloso sentido de identidad que los hace decir orgullosos en todo el mundo: «yo soy de Bauta, mi hermano, ese es mi terruño».

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