
Foto: Archivo de Granma
Apenas habían transcurrido unos días de la madrugada del golpe militar. El grupo de jóvenes se acercó a la esquina de Maceo y República. En las manos de uno de ellos había un bombillo lleno de chapapote. Solamente el ir y venir de algún ómnibus de la ruta 35 rompía el silencio reinante en el centro de Artemisa. Era la medianoche.
En la mañana todos los ojos se volvieron a la fachada del hotel Sevilla. La cabeza de Batista, expuesta en un gigantesco cartel instalado allí por el testaferro Juanito Núñez, estaba manchada de negro.
La población ardía desde el mismísimo 10 de marzo de 1952. Ya no había ni un instante de tranquilidad. El color de la sangre se confundiría con el color de la tierra. Artemisa estaba en lucha.
EN LA ANTESALA DE LA GLORIA
Los jóvenes de Artemisa, en número bien crecido, pertenecían a la Juventud Ortodoxa, y, dentro de esta, al sector que con más vehemencia se oponía a los trajines politiqueros, a las claudicaciones y oportunismos de las esferas que habían abandonado el camino de Chibás.
Desde que Batista se adueñó del poder, se inició en toda la provincia de Pinar del Río –a la que en aquella época correspondían Artemisa, Guanajay y otros términos ahora sumados a La Habana- la organización de células clandestinas con vistas a la lucha armada revolucionaria.
Los planes de reclutamiento, preparación en el manejo de las armas y disciplina se fueron cumpliendo en todo el aparato clandestino, que nacía inspirado en nuevas ideas políticas.
Fidel, en aquellos momentos entregado plenamente a los preparativos de una acción que desencadenara todas las energías latentes en la Nación, conoce de todos los pormenores de la organización, el desenvolvimiento de los planes, la realización de las prácticas y los lugares donde éstas se hacían.
Fidel visitaba con frecuencia a Artemisa, y también a Guanajay; recorría los centros de adiestramiento y otros lugares. Los artemiseños, por su parte, se trasladaban a La Habana, y, en pequeños grupos, asistían a reuniones que se efectuaban en Prado 109, en la casa de Abel Santamaría o en la Universidad.
En todas las ocasiones, Fidel exponía los principios que animaban aquel movimiento que se estaba gestando.
A finales de 1952 se efectuó una de esas reuniones con los miembros de las 8 células clandestinas existentes en Artemisa, en la logia «Evolución», local que fue conseguido, en medio de las mayores precauciones, por Ramón Pez Ferro, sobreviviente del grupo que tomó el hospital de Santiago de Cuba.
Cada paso se daba en medio de la mayor discreción. Sabida era la persecución que habían desatado los esbirros de la tiranía. Para conjugar el factor secreto y el factor organización, exclusivamente se conocían entre sí los 10 integrantes de cada célula. Los jefes celulares formaban a su vez un grupo de mando municipal cuyo jefe era Ramiro Valdés Menéndez.
Cada vez era mayor el número de jóvenes que se incorporaban al grupo; en su mayoría menores de 30 años, numerosos eran muchachos de entre 17 y 18 años, afirma Severino Rossel, uno de los supervivientes, cuando fue entrevistado por Granma.
DIRECTOS A LA HISTORIA
La jefatura del movimiento da las instrucciones finales, se organizan los grupos, y de Artemisa parten para La Habana, el 24 de julio de 1953, un grupo de 30 jóvenes, de los cuales dos deciden separarse y regresar cuando iban por Camagüey de camino para Oriente. El resto participaría en la acción del Moncada, de los cuales once dieron sus vidas aquel día y en los siguientes, víctimas de la cacería humana hecha por los asesinos de Batista. Julito Díaz y Ciro Redondo morirían años después, tras haber desembarcado en el Granma. El primero, en el Uvero; el segundo, en Malverde.
Cuando este racimo de héroes entraba en la Historia junto a los nacidos en otros puntos de la provincia pinareña o del resto del país, también estaban cifrando en los libros de la inmortalidad el nombre de su pueblo, cuna de Tranquilino Sandalio de Noda y de Magdalena Peñarredonda.
Los hogares se llenaron de lágrimas cuando fueron conociendo que muchos de aquellos jóvenes, que en el mayor silencio salieron pretextando un viaje a la playa o a La Habana, eran los muertos del Moncada.
Pero pronto el luto se trocó en guerra.
Artemisa retomó su lugar, o mejor, prosiguió en el sitio del que no se había alejado ni un segundo.
Los estudiantes del Instituto de Segunda Enseñanza, de la Escuela de Comercio, de Artes y Oficios realizaban huelgas, actos de protesta. En 1954 se lanzaron los trastos a la calle, cuentan Tito Lavandera y Pedro Machín.
SIEMPRE EN LA LUCHA
A pesar de la represión del capitán Pantoja y de todos los esbirros del SIM, del BRAC y del Buró, en Artemisa se organizó el movimiento insurreccional que apoyaría al Ejército Rebelde y que minaría, con sus acciones, en campos y ciudades, todo el aparato represivo de la tiranía.
En busca de algunos datos llegamos a casa de Hipólito Puentes, desde donde se extendía, hasta la misma cordillera de los Órganos, un brazo de ayuda a las huestes del comandante Dermidio Escalona.
Distintas vías, a pesar de lo riesgoso que resultaba, se establecieron para el traslado de alimentos, armas, medicinas y hombres. Por el mismo camino que subían los abastecimientos bajaban los combatientes a realizar acciones. Una de ellas fue el ajusticiamiento, en 1957, del tristemente célebre teniente Paulasa, jefe de la policía.
Durante el mismo año, en plena tarde, el capitán Rogelio Payret y los compañeros Eduardito Fuentes y Rigoberto Martínez secuestraron al esbirro Pedro «El Manzanillero», uno de los secuaces de Pantoja. En esa oportunidad la Revolución le ajustó cuentas.
No se detuvieron las acciones, y enumerarlas resultaría muy extenso. Pero basta citar algunas para medir cuán grande y valeroso fue el papel de esta Villa Roja.
En las lomas de Candelaria fueron desarmadas tres perseguidoras. Al día siguiente, las fuerzas del régimen organizaron una matanza de campesinos.
NO HAY PROCESIÓN
Al conocerse la muerte de Frank País, todo el pueblo se fue a la huelga. Los establecimientos cerraron. Los obreros no fueron a las fábricas y las amas de casa no adquirieron productos.
Los guardias tiraban la carne para la calle y el pueblo, muerto de hambre, no la cogía. Lo mismo sucedía con la farmacia. Cerró todo el mundo. La ruta 35 dejó de transitar –recuerda ahora Hipólito Fuentes.
El día 25 de abril de 1958, a la una y media de la tarde, un grupo de revolucionarios detuvo un automóvil frente a la iglesia. Penetraron en ella y secuestraron la imagen de San Elías, el patrono del pueblo. Por la noche la procesión salió sin santo y sin pueblo. Solo asistieron guardias, politiqueros, chivatos y batistianos.
En julio de ese propio año, exactamente el día 16, sucedía los mismo en el barrio de Punta La Güira. La imagen de la Virgen del Carmen fue secuestrada.
EN LA MISMA LÍNEA
A partir del triunfo de la Revolución, Artemisa se ha mantenido en la misma línea revolucionaria.
Ahora, cuando se hace el recuento histórico en el decimoséptimo aniversario del Moncada, ella nos entrega su rostro, con todas las huellas del sacrificio y del dolor, pero también, a pesar de las lágrimas, nos ofrece una sonrisa.
Gregorio Careaga, Marcos Martí, todos los nombres de aquella gesta de 1953, los nombres de los que cayeron después, Eduardo García Lavandero, Carlos Rodríguez Careaga. En ellos se resume la devoción, la generosidad, el patriotismo. En esos nombres, y en todos los nombres está el nombre de Artemisa.