Una y otra vez la pintura intenta representar objetos, paisajes y personas, aquello que los hace visibles, y ¿cómo los vemos? Gracias a la luz que se refleja y nos permite definir contornos y tonalidades, detallar expresiones y matices que el pintor quiso destacar.
La historia del arte demuestra que la luz no es un simple recurso técnico, sino un elemento fundamental, de los grandes temas de la creación artística. Es el primer lenguaje de la pintura, y antes del color, de la forma e incluso anterior al relato, es ella quien define el espacio, revela los volúmenes, crea atmósferas y despierta emociones.
No es casualidad que grandes artistas del pincel hayan dedicado parte de sus obras a estudiarla y que en su quehacer muestran obsesión y maestría para encontrar la perfección. Notamos que muchos la han perseguido y convertido en protagonista de sus lienzos.
De ese modo durante siglos pintar la luz fue uno de los mayores desafíos del arte porque capturarla, dejarla congelada en una escena no era fácil en tiempos sin cámaras fotográficas —elemento que en la actualidad sirve de apoyo y consulta— si tenemos en cuenta que se trata de un aspecto muy variable. La luz cambia constantemente porque depende del momento del día, de la estación del año, de las condiciones meteorológicas e incluso del estado emocional de quien mira.
Por eso, capturar un instante efímero exige una gran destreza técnica y una profunda capacidad de observación a las particularidades. Afortunadamente la historia del arte cuenta con un catálogo inmenso de creadores que lograron plasmarla en sus obras para que hoy podamos admirarlas. En este texto citaremos algunos.
En el siglo XVI, el italiano Michelangelo Merisi da Caravaggio (1571-1610) revolucionó la pintura mediante el uso del claroscuro y su estilo barroco. Obras como Judith y Holofernes (1599) y La vocación de San Mateo (1609) muestran cómo un potente haz de luz dirige la mirada, intensifica el drama y otorga un poderoso significado simbólico. En sus cuadros la luz no solo ilumina, no es un elemento más, sino fundamental por su capacidad de narrar aún en entornos que podemos considerar oscuros y tenebrosos, ahí, mucho más, la luz es eje imprescindible para el mensaje.
Imagen tomada de https://es.wikipedia.org
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Años después, Rembrandt Harmenszoon van Rijn (Reino Unido, 1606-1669) llevó ese dominio a una dimensión profundamente humana. Ejemplo de ello son sus muchísimos retratos y pinturas como La ronda de noche (1642). La iluminación se encarga de modelar los rostros y revelar la psicología de cada personaje. Además, podemos advertir sombras y destellos que parecen hablar de experiencia, tiempo y condición humana.
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Sin embargo, es en el siglo XIX cuando la luz dejaría de ser solo recurso expresivo para convertirse en verdadero tema pictórico. Los impresionistas comprendieron que el mundo cambia de aspecto a cada instante y que la misión del artista consistía en atrapar esa transformación que tenemos gracias a la luz.
Un ejemplo clásico es Claude Monet (Francia, 1840-1926), quien dedicó parte de su carrera a estudiar este fenómeno y gracias a ello nos dejó una inmensa colección de obras que destaca por varias series como Los almiares, La catedral de Ruan y Nenúfares que representan un mismo motivo o escenario bajo diferentes condiciones de iluminación. En sus cuadros lo que cambia es la luz, y eso nos permite variar la percepción de la realidad. Sus pinturas marcaron un antes y un después en la historia del arte.
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Mientras tanto, otro francés, Pierre-Auguste Renoir (1841-1919) exploró una luz cálida, vibrante y especialmente visible en El baile en el Moulin de la Galette (1876) donde el sol logra filtrarse entre los árboles y crear muchos reflejos que consiguen transmitir movimiento y algarabía.
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La lista es enorme, muchos son los autores clásicos y de valor que emplearon la luz como protagonista de sus lienzos. Tenemos a Edgar Degas (Francia, 1834-1917), otro investigador del tema que utilizó como eje principal la iluminación artificial de teatros y escenarios; al tiempo que Camille Pissarro (Estados Unidos, 1830-1903) convirtió los cambios atmosféricos en una de las señas de identidad de su portafolio.
La seducción por la luz no terminó con el impresionismo. Tenemos a otro grande, Vincent van Gogh (Países Bajos, 1853-1890) quien transformó la luz en emoción pura, evoquemos su obra más famosa La noche estrellada, y otras igual de célebres como Los girasoles o Terraza de café por la noche, en ellos la luz deja de ser una representación fiel de la naturaleza para convertirse en una fuerza expresiva que comunica intensidad, esperanza o inquietud. Van Gogh es conocido por la energía de sus pinceladas y eso es gracias a la luz que le aportó, su manera de ver el universo.
También tenemos a Joaquín Sorolla (España, 1863-1923). Quien no reconozca sus pinturas con paisajes de mar, aquí le mostramos una para que lo tenga en consideración y aprecie su destreza. Sorolla es conocido como «el pintor de la luz». Para él el ingrediente «luminosidad» mediterránea es centro de su inspiración.
En su catálogo destaca el tema del verano y la playa con escenarios donde la luz es el todo y lo expresa con pinceladas con intención, cargadas de intensidad y el tono exacto que captura el resplandor típico del sol sobre la arena y el agua tanto como en los objetos y las pieles de sus personajes.
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Incluso en el siglo XX, artistas como Edward Hopper (Estados Unidos, 1882-1967) utilizaron la luz como elemento narrativo. En cuadros como Noctámbulos (1942) o Sol de la mañana (1952), la iluminación natural o artificial, apoya el silencio, la soledad y la tensión, en fin, el relato en cada escena representada.
De igual forma destacamos la pintura de portada del también estadounidense Thomas Kinkade (1958-2012) como ejemplo de su manera de captar la luz y crear cuadros equilibrados, de gran belleza y armonía gracias a la composición, pero también a esos puntos de luz que supo colocar magistralmente.
Pintar la luz significa comprender el transcurso del tiempo, el espacio y las emociones humanas. Aunque es cierto que en la actualidad la tecnología digital es capaz de reproducir de manera precisa casi cualquier efecto de luz que se le indique o manipule, nunca será tan valorado como arte al lado del lienzo creado por una persona real que consiguió captar un instante gracias a su mirada y destreza para enseñarnos que la forma en que la luz incide transforma el mundo, revela aquello que permanece oculto sin ella y expone subjetividades.
