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Cuando en 1936 Margaret Mitchell publicó Lo que el viento se llevó pocos imaginaron que esa novela sería una de las más vendidas. En sus primeros seis meses, se agotó el primer millón de ejemplares; a comienzos de la década de los noventa, la cifra superaba los 28 millones. Más que un libro, era un hecho cultural que refleja, con asombrosa precisión, las inquietudes de una nación.
La clave de este fenómeno editorial reside en su capacidad de conjugar la nostalgia por un pasado idílico y la resiliencia para enfrentar el presente adverso. La novela ofreció a los lectores de los años treinta un refugio y escape a un mundo de “Caballeros y campos de algodón”, en los cuales la galantería hizo su última reverencia. En medio de la devastación económica, el relato del Sur aristocrático y opulento funcionaba como un bálsamo para los añorantes.
En el fondo es una visión edulcorada y nada gratuita. La autora, hija del Sur, tejió en su obra los hilos de la narrativa de la “Causa Perdida” que justificaba la derrota confederada y mitificaba la esclavitud como una relación armoniosa y paternalista. Algunos críticos de la época elogiaron la novela por capturar el “espíritu y el encanto del Viejo Sur”, presentándola como “una introducción a su gloria” para quienes no vivieron – ¡sufrieron! – aquello. La nostalgia se convertía así en un prisma para intentar reescribir una historia desde una perspectiva racista.
Además de reflejar el pasado, la novela era espejo de un presente. Los lectores que luchaban a diario por la sobrevivencia, encontraron en el personaje de la protagonista Scarlett O’Hara, un modelo a seguir. La heroína encarnaba la lucha y la capacidad de superación que millones anhelaban.
En 1939 el salto de la novela del papel al cine, convirtió el mito en leyenda. La película, sigue siendo un éxito de cinemateca en taquilla. Y mientras el público blanco se rendía al esplendor reflejado en la gran pantalla, la comunidad afroamericana con toda razón alzaba su voz con una crítica que por décadas fue ignoró gran parte de la prensa.
En la versión cinematográfica se intentó suavizar algunos de los elementos explícitamente más racistas del libro, aunque la esencia siguió siendo una visión del Sur donde los esclavos eran supuestamente felices y leales.
La novela es una narración desde el punto de vista de los vencidos; de ahí la sublimación de un pasado cruel, plagado de tristeza y desarraigo.
A pesar de todo, su influencia ha sido innegable. Lo que el viento se llevó es una historia sobre la guerra, el amor, la pérdida y, sobre todo, la obstinada voluntad de seguir adelante. Como su protagonista, la novela infiere que, a pesar de todo, el mañana es siempre otro día. Y ese mañana, nueve décadas más tarde, aún se escribe.
Conviene que esta novela sea leída con mente abierta, desprejuiciada y crítica para conocer el otro lado de una historia. Lo que en el plano familiar y personal pareció un derrumbe catastrófico, fue punto de inflexión para un devenir que nadie – para mal o para bien – pudo impedir.
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