En la oriental ciudad de Bayamo, cuna de héroes y crisol de la nacionalidad cubana, un 23 de junio de 1821 llegó al mundo Francisco Vicente Aguilera y Tamayo.
Nacido en el seno de una de las familias más acaudaladas de la Isla, todo parecía anunciar para él una vida de lujos y comodidades. Su padre, el coronel Antonio María Aguilera, poseía tres ingenios azucareros, diecisiete haciendas ganaderas con más de doce mil cabezas de ganado vacuno y otras propiedades.
Al morir su hermano mayor, Francisco Vicente quedó como único heredero de aquellos cuantiosos bienes. Su fortuna llegó a superar los dos millones de pesos. Fue, sin discusión, el hombre más rico de todo el Oriente cubano.
Pero la riqueza material no fue el destino que forjó su alma. Huérfano de padre a los trece años, el joven Aguilera estudió en Bayamo, luego en Santiago de Cuba y finalmente en La Habana, donde se graduó de abogado en 1846.
Fue en las aulas del eminente pedagogo José de la Luz y Caballero donde su espíritu se encendió con las ideas de la Revolución francesa y el anhelo de una República gobernada por el pueblo.
Regresó a su Bayamo natal con la conciencia encendida y el corazón dispuesto a la conspiración.
Desde muy joven, Aguilera se pronunció contra la metrópoli española. En agosto de 1867 fundó la primera Junta Revolucionaria de Oriente y al año siguiente fue elegido jefe de los conspiradores contra el colonialismo en esa parte de la Isla.
Junto Perucho Figueredo, Carlos Manuel de Céspedes y Francisco Maceo Osorio, tejieron la madeja del alzamiento que cambiaría la historia de Cuba. En su residencia, entre secretos y proyectando la guerra.
Sin embargo, los acontecimientos se precipitaron. Aguilera, hombre prudente y meticuloso, pretendía reunir la mayor cantidad posible de recursos antes de iniciar la guerra.
Pero la impaciencia de los conspiradores y la decisión de Céspedes adelantaron el alzamiento para el 10 de octubre de 1868 en La Demajagua.
Aguilera, aunque había sido descolocado en el mando, no dudó ni un instante, se alzó en su hacienda de Cabaniguán, en Las Tunas, con una tropa de unos ciento cincuenta hombres.
Fue en aquellos días de fuego y gloria donde Aguilera escribió una de las páginas más sublimes de su vida. Ante la inminente entrada de las fuerzas españolas en la ciudad de Bayamo en 1869, los patriotas decidieron quemarla antes de que cayera en manos enemigas.
Allí estaban su casa y varias de sus propiedades. Cuando le consultaron sobre aquella decisión extrema, su respuesta fue tajante e inmortal: “Nada tengo mientras no tenga Patria”. Y sus propias manos prendieron fuego a sus bienes.
Su entrega a la causa no conoció límites. Se convirtió en el alma unitaria de la revolución. Nunca aspiró al poder. Su única obsesión fue la unidad y el triunfo de la independencia.
En 1871, con el cargo de vicepresidente, partió hacia Nueva York con una misión desesperada: unir a los emigrados cubanos, reconciliar las pugnas internas y reunir recursos y armas para continuar la contienda.
Aquella gestión resultó infructuosa, en gran medida por la traición de algunos cubanos ricos que se hacían pasar por patriotas.
Aguilera, que había entregado toda su fortuna a la guerra, murió en el exilio, enfermo y en la más extrema pobreza, el 22 de febrero de 1877, víctima de un cáncer de laringe.
Los testimonios de la época lo describen casi congelado por el frío de Nueva York, con los zapatos agujereados y la frustración de no poder regresar.
Nacido en cuna de oro y fallecido en la miseria, Francisco Vicente Aguilera dejó para la posteridad un ejemplo inmortal de patriotismo, altruismo y grandeza.
José Martí, que supo reconocer la estatura de los grandes hombres, lo calificó en el periódico Patria como “el millonario heroico, el caballero intachable, el padre de la república”. También lo llamó “el peregrino de la Patria”, porque recorrió caminos de exilio y sacrificio sin descanso.
Hoy, cuando se cumplen 205 años de su natalicio, Bayamo y toda Cuba le rinden homenaje. Aguilera nos enseñó que la unidad es más fuerte que la ambición personal, y que la Patria es el bien común que merece todos los sacrificios.
Que su ejemplo, encendido como el fuego que él mismo prendió en Bayamo, siga iluminando el camino de los cubanos de todos los tiempos.
(Leipzig del Carmen Vázquez, corresponsal de Radio Habana Cuba en Granma)
