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Fin de curso en plena crisis – Cubanoticias 360

Fotos: Cuba Noticias 360

Texto: Redacción Cuba Noticias 360

Mi hija terminó segundo grado una mañana de junio que no se parecía en nada a los finales de curso que yo recuerdo. No hubo esa sensación de meta alcanzada, ni el entusiasmo de los niños contando los días para las vacaciones después de haber cumplido con todo el programa escolar. Lo que hubo fue una despedida adelantada, silenciosa y resignada, una más de las tantas adaptaciones que la familia cubana ha tenido que asumir en los últimos años.

Fuera de La Habana, en estas “lejanas tierras” del interior del país las noticias suelen llegar acompañadas de la certeza de que no hay mucho margen para discutirlas. Cuando anunciaron que el curso escolar terminaría antes de tiempo, ya llevábamos meses conviviendo con horarios reducidos, interrupciones constantes y apagones que parecían interminables. Según reconoció el propio Ministerio de Educación, el cierre adelantado estuvo relacionado con la crisis energética y las limitaciones logísticas que atraviesa el país. Más de un millón y medio de estudiantes se vieron afectados por la medida.

Mi hija tiene solo siete años, lo que en Cuba se conoce como “la edad de la peseta”. Le gusta leer en voz alta y todavía conserva la curiosidad que la lleva a hacer preguntas sobre casi todo; pero cuando la escucho leer o resolver algunos ejercicios de matemáticas, me doy cuenta de que hay vacíos. No porque ella no quiera aprender. Tampoco porque sus maestras hayan dejado de esforzarse. Al contrario.

He visto a esas mujeres llegar a la escuela después de pasar la noche sin corriente, cocinar con lo poco que aparece, hacer colas para conseguir alimentos y luego intentar mantener la atención de un aula llena de niños trasnochados e irascibles. He visto cómo improvisaban actividades cuando faltan materiales, cómo repetían explicaciones porque varios alumnos habían perdido clases por problemas de transporte o por los cambios de horario.

fin de curso en cuba

Nadie puede decir que las maestras no lo intentaron, pero el esfuerzo individual tiene límites cuando el sistema entero funciona a medias.

Durante este curso hubo semanas en que los niños apenas podían sostener una rutina. Un día se suspendían actividades por falta de electricidad; otro día los horarios cambiaban. Después aparecían nuevas orientaciones. Mientras tanto, los contenidos seguían acumulándose como una lista imposible de completar.

A veces mi hija regresaba a casa con más dudas que respuestas. Yo intentaba ayudarla por las noches, alumbrándonos con una lámpara recargable cuando había suerte o con una linterna cuando no; sin embargo, no siempre podía. Sobrevivir siempre fue la prioridad, comer, vestirse… A ello se suma que muchos padres carecemos de los conocimientos pedagógicos para suplir lo que debería aprenderse en el aula.

Lo que más me preocupa no es este curso perdido a medias, sino la suma de todos los cursos que se han resentido. Ahora se les añade otro año fragmentado, otro período de aprendizaje incompleto, otra etapa marcada por circunstancias extraordinarias que se están normalizando con una tranquilidad pasmosa.

Cuando terminó el último día de clases, mi hija llegó a casa con un dibujo y una libreta casi llena. Estaba contenta porque comenzaban las vacaciones. Yo sonreí para no arruinarle la alegría, pero mientras la observaba guardar sus cuadernos, no podía dejar de pensar en todo lo que quedó pendiente.

Quedaron pendientes lecciones, ejercicios, hábitos de estudio y horas de aprendizaje que nadie sabe cómo se recuperarán. Quedó pendiente también una conversación honesta sobre la calidad de la educación que están recibiendo nuestros hijos en medio de una crisis que parece no tener fin y una angustia social que pareciera haber tocado fondo.

Mi hija pasará a tercer grado en septiembre. Lo hará con ilusión, como hacen los niños. Yo, en cambio, llegaré con preguntas, porque una escuela puede sobrevivir gracias a la entrega de sus maestras durante mucho tiempo; lo que no puede es sustituir indefinidamente las condiciones mínimas que garantizan una educación rigurosa.

Y esa es, precisamente, la asignatura pendiente de este curso.

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