¿Qué pasó con los males del capitalismo? El giro económico del régimen cubano
Durante décadas, la Revolución presentó al capitalismo como un sistema basado en la explotación, la desigualdad y el egoísmo. Hoy sus dirigentes hablan de inversiones, negocios, emprendimiento y diversificación económica con una naturalidad impensable años atrás.
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Por Iván León
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Hubo un tiempo en que ningún dirigente cubano podía hablar de economía sin condenar el capitalismo. Era casi una obligación ideológica.
Los discursos oficiales describían al sistema capitalista como una estructura basada en la explotación del hombre por el hombre. Los libros escolares lo asociaban con la desigualdad, el desempleo, el racismo, la pobreza y las crisis económicas.
La prensa estatal denunciaba regularmente sus «contradicciones insalvables», mientras que la educación política enseñaba que el socialismo representaba una etapa superior del desarrollo humano.
Durante décadas, esa visión fue presentada como una verdad incuestionable.
Por eso llama la atención que en una de las declaraciones más importantes realizadas recientemente por una figura vinculada al núcleo del poder cubano no aparezca una sola crítica al capitalismo ni una sola referencia al socialismo.
En cambio, en su primera entrevista pública, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como El Cangrejo, habló de inversiones, negocios, desarrollo económico, diversificación productiva y nuevos socios comerciales.
«Nuestro país debe buscar un desarrollo económico en el que tenemos que, irremediablemente, diversificar nuestra economía; diversificar la manera de hacer los negocios, nuestros socios comerciales y la manera de proyectar las inversiones», afirmó.
La frase habría resultado sorprendente para muchos cubanos formados durante los años de mayor ortodoxia ideológica.
Porque durante décadas el problema no era la manera de hacer negocios. El problema eran los negocios mismos.
El capitalismo como enemigo ideológico
Desde los primeros años de la llamada «revolución cubana», el capitalismo fue presentado no solo como un sistema económico alternativo, sino como el principal adversario moral del proyecto revolucionario.
Fidel Castro denunció repetidamente las desigualdades generadas por el capitalismo. Ernesto Che Guevara criticó los incentivos materiales y defendió la creación del «hombre nuevo» socialista.
Los documentos del Partido Comunista —el único legal y «fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado» según la Constitución del régimen— insistieron durante años en la incompatibilidad entre los valores revolucionarios y la lógica del mercado.
La crítica trascendía la economía. El capitalismo era asociado a conceptos como individualismo, consumismo, corrupción moral, egoísmo y explotación.
La narrativa oficial construyó una oposición tajante. De un lado se encontraba el socialismo, presentado como un sistema basado en la solidaridad, la justicia social y la igualdad. Del otro aparecía el capitalismo, descrito como un modelo donde el beneficio privado prevalecía sobre el bienestar colectivo.
Generaciones enteras crecieron escuchando esa dicotomía.
Lo que aprendieron los cubanos
La crítica al capitalismo no estaba confinada a los discursos políticos. Formaba parte del proceso educativo.
Los estudiantes cubanos aprendían sobre las crisis cíclicas del capitalismo, el desempleo estructural, la explotación laboral, la apropiación de la plusvalía y la concentración de la riqueza.
Las asignaturas de Historia, Economía Política y Cultura Política presentaban el capitalismo como un sistema históricamente condenado a producir desigualdad y conflictos sociales.
La prensa estatal reforzaba constantemente ese mensaje.
Las crisis financieras internacionales, los problemas sociales en Occidente o los conflictos laborales eran utilizados como ejemplos de las supuestas fallas inherentes del modelo capitalista.
Durante años, el mensaje fue consistente. Mientras el capitalismo producía desigualdad, el socialismo garantizaba justicia social. Mientras el mercado generaba exclusión, la planificación central protegía al pueblo. Mientras las empresas privadas perseguían ganancias, el Estado revolucionario —y socialista hasta la muerte— defendía el interés colectivo.
El regreso del mercado
Sin embargo, la realidad económica terminó imponiendo desafíos difíciles de ignorar. El colapso de la Unión Soviética obligó a introducir reformas parciales durante el Período Especial.
Más tarde llegaron nuevas aperturas al mercado con los «Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución» y su implementación a través del «ordenamiento económico y monetario» y el «Programa de Gobierno para corregir distorsiones y reimpulsar la economía».
El trabajo por cuenta propia se expandió. Se autorizó la compraventa de viviendas y automóviles. Se amplió el espacio para la inversión extranjera. Surgieron las mipymes (Decreto-Ley 46 de agosto de 2021). Y se multiplicaron los mecanismos de mercado dentro de una economía que continuaba definiéndose oficialmente como socialista y decía regirse por el “principio inviolable de no dejar a nadie atrás”.
Poco a poco, conceptos que durante décadas fueron vistos con desconfianza comenzaron a incorporarse al lenguaje institucional.
La palabra «empresa» dejó de generar sospechas. La inversión extranjera pasó de ser una concesión excepcional a convertirse en una necesidad estratégica. Y los emprendedores privados —los famosos «cuentapropistas»— dejaron de ser considerados una anomalía temporal para convertirse en actores relevantes de la economía nacional.
La transformación fue gradual, pero profunda.
El silencio de las palabras
Quizás el cambio más revelador no sea la aparición de nuevos conceptos. Quizás sea la desaparición de otros.
En el discurso oficial contemporáneo resulta cada vez menos frecuente encontrar largas condenas al capitalismo como sistema.
Las referencias a la lucha de clases han perdido protagonismo. Las denuncias contra la explotación capitalista ocupan menos espacio que las preocupaciones por la productividad, las exportaciones o la captación de divisas. La economía ha comenzado a desplazar a la ideología.
El resultado es un lenguaje nuevo. Uno donde aparecen con frecuencia palabras como inversión, competitividad, eficiencia, negocios, desarrollo, exportaciones y emprendimiento. Términos que durante décadas habrían sido observados con enorme recelo por buena parte del aparato ideológico revolucionario.
La contradicción inevitable
El cambio plantea una pregunta difícil.
¿Cómo explicar que un sistema político que construyó buena parte de su legitimidad denunciando los males del capitalismo —y asumiendo la doctrina marxista-leninista— termine incorporando mecanismos que históricamente identificó con ese mismo sistema?
La respuesta oficial suele insistir en que Cuba continúa construyendo el socialismo y que las reformas económicas son instrumentos para fortalecerlo.
Sin embargo, esa explicación no elimina la contradicción percibida por muchos ciudadanos. Particularmente por quienes crecieron escuchando que los mecanismos del mercado constituían una amenaza para el proyecto revolucionario.
Para esas generaciones, el nuevo lenguaje económico puede resultar desconcertante. No porque el régimen haya abrazado formalmente el capitalismo. Sino porque muchas de las prácticas que hoy se presentan como necesarias fueron durante décadas objeto de críticas sistemáticas.
Cuando cambian las certezas
Las declaraciones de El Cangrejo reflejan esa transformación.
Su discurso está lleno de referencias a inversiones, negocios y diversificación económica. Pero no contiene una sola condena al capitalismo. No habla de explotación. No menciona la lucha de clases. No denuncia al mercado como origen de las desigualdades.
La ausencia resulta tan reveladora como las palabras pronunciadas. Porque durante más de sesenta años el régimen enseñó a los cubanos que el capitalismo representaba un modelo económica y moralmente inferior.
Hoy, sin abandonar oficialmente el socialismo, muchos de sus dirigentes parecen más preocupados por atraer inversiones que por denunciar los peligros del mercado.
La cuestión ya no es si Cuba sigue definiéndose oficialmente como socialista.
La cuestión es qué ocurre cuando un régimen que durante más de seis décadas fundamentó buena parte de su legitimidad en la denuncia de los males del capitalismo comienza a hablar el lenguaje de las inversiones, los negocios y el mercado.
Durante generaciones, los cubanos escucharon que el socialismo no era simplemente una opción política entre otras posibles. Era una conquista histórica, una superioridad moral y un camino irrenunciable.
Se les explicó que muchas de las privaciones, sacrificios y restricciones sufridas por el país encontraban justificación en la defensa de ese proyecto frente a un sistema considerado injusto, explotador y moralmente inferior.
Hoy, sin embargo, son los mismos herederos de aquella «revolución cubana» quienes hablan de diversificar negocios, atraer capital, ampliar inversiones y aprender de experiencias económicas de sus antiguos «enemigos».
El problema no es únicamente la contradicción discursiva. El problema es la pregunta de legitimidad que esa contradicción inevitablemente plantea.
Si después de 67 años en el poder, de generaciones educadas bajo la crítica permanente al capitalismo y de una larga historia de atropellos y sacrificios realizados en nombre del socialismo, el propio régimen considera necesario adoptar prácticas y lenguajes que durante décadas condenó, resulta legítimo preguntarse por qué sigue al mando del país que destruyeron.
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