El padre que sostiene los mundos
Con sus propias manos, Dariel comenzó a juntar materiales por aquí y por allá: el trozo de poliespuma que recubría la olla recién estrenada en el carbón, la caja de cartón que amontona basura por una esquina, la presilladora del trabajo, los recortes de papeles de colores guardados en el librero para tareas escolares, la tijerita y hasta alguna puntilla oxidada. Se encuentra cansado por la jornada laboral pero esta noche “Viviana” —la pequeña muñeca de ojos azules intensos— tendrá cama propia.
Enrique tampoco cree en agotamientos, ni siquiera en el sol de junio que castiga el asfalto de la calle Medio. Mientras el sudor se escurre por su frente con prisas el hombre de pelo canoso sostiene a una niña en sus brazos. Ella no es su hija, es su nieta, pero él la llama “mi hija” cuando nadie escucha. Es de esos abuelos que han vuelto a ser padres, no por elección, sino por amor.
En su andar agitado casi choca con Dalia, la fémina que con tres trabajos intenta suplir ausencias paternas en casa y sostener la economía. Cualquiera pensaría que no tiene tiempo para nada, sin embargo, se las arregla a la perfección para la cocción de alimentos, la higienización del hogar, los moños sofisticados de Lucy y ayudarla a memorizar esos productos que tanto le cuestan. Ella es madre y padre, y eso que nadie lo ponga en dudas.
Dicen que la paternidad es un acto de resiliencia aquí, de este lado del mundo donde el bloqueo aprieta y a la libreta de abastecimientos apenas se le anotan productos, donde se madruga por un litro de leche, se camina kilómetros para conseguir un repuesto de bicicleta —la que de repente se volvió un transporte preciado—, y se improvisan juguetes con una lata y un hilo.

Un verdadero acto de magia se vuelve transformar el cansancio en juego, la escasez en creatividad y el miedo en seguridad. Mas, el padre matancero, como el puente de hierro que une las dos orillas del río, se tiende sobre las dificultades para que los suyos puedan cruzar.
Se sabe que existen los que dudan de la fortaleza de las líneas de sangre y escapan de responsabilidades —que con los años pesan más que mochilas de hierros y andamios—, pero también están los que optan por suplir espacios vacíos y convertirse en el padre con el que cualquier pequeño soñaría. Y luego están los abuelos, esos héroes anónimos que cuando llegan los nietos a la vida vuelven a ponerse el delantal de la crianza, porque el amor no se jubila ni le salen las arrugas con los años.
Existen padres de sangre, adoptivos, suplentes, por vocación, por una cuenta perdida, por accidente… Los hay sorprendidos y sorprendentes, de los que dejan huellas perdurables incluso, más allá de ausencias físicas. Así es la paternidad: diversa, mutable y eterna.
Cuentan que algunos dejaron de tocar la guitarra, de pintar acuarelas, de terminar la carrera, de viajar por el mundo, para quedarse en casa, en el barrio, en el trabajo, sosteniendo un hogar. Pero hay algo que no pospusieron y fue el orgullo: el orgullo de ver a los hijos crecer, graduarse, de verlos emprender.
Sin dudas, al caer la tarde, Viviana —la muñeca de ojos azules intensos— tendrá su cama de poliespuma y cartón y habrá una niña feliz que entretejerá sueños entre materiales reciclables transformados con amor; y en otro hogar yumurina una pequeña, sobre la rodilla del abuelo, se deleitará con historias de barcos de piratas y tesoros escondidos. Y es que en esta ciudad de ríos y puentes, el amor de padre también desemboca en el mar de la vida, llevando consigo sacrificios, lágrimas, risas, y también la certeza de que, aunque el tiempo pase, su andar, su entrega y ese abrazo que sostiene tantos mundos, se inmortalizará.


