El Gobierno castrista da vueltas en su propio laberinto y no sabe cómo salir de él. La trampa de un sistema fallido la armaron Fidel y Raúl Castro hace casi 70 años y, a pesar del fracaso estrepitoso de su comunismo caribeño, los dos hermanos y la cúpula del régimen se contentaron con mantener el poder de modo permanente. Ese ha sido su único logro destacable, el objetivo final de todo modelo totalitario, al que seguirían aferrados sin miramientos si no fuera porque ya no pueden burlar al lobo que hoy acecha su endeble casucha. En el pleno extraordinario que el miércoles celebró el Partido Comunista Cubano (PCC) nuevamente han intentado remendar su economía maltrecha. No es la primera vez que juegan a un reformismo de ida y vuelta, pues es la pugna eterna que se libra en las tripas de los gobiernos que aplastan a los desafectos y sofocan las críticas constructivas. Para los cubanos en la isla (ellos sí sufren en sus carnes las erradas políticas del Partido) no es más que un disco rayado. El himno cansino de la resistencia. El discurso hueco que no llena estómagos ni abastece las alacenas. Pero hay algo que hoy sí sabe el pueblo que rebusca entre la basura y se atreve con cacerolazos en los apagones interminables: los del Buró Político se reúnen de urgencia para aprobar las medidas anunciadas por el gobernante Miguel Díaz-Canel porque no les queda otra que refugiarse de la intemperie. Cuando hablan hasta la náusea sobre el paquete de "transformaciones económicas y sociales" con el fin de "resolver las contradicciones del actual modelo económico", el mensaje cifrado es un "sálvense quien pueda" antes de que el viento huracanado de Washington reviente los pasadizos del castrismo. Díaz-Canel lleva semanas prometiendo esas reformas que en el pasado siempre acabaron abortadas, incluso cuando se impulsaron tímidamente durante el deshielo con la era del Gobierno de Barack Obama y hubo esperanzas de avances que las fuerzas inmovilistas frenaron. Vuelven a plantear una apertura que le dé respiro a la iniciativa privada; convocan a economistas independientes que en otros tiempos fueron apartados; elevan cantos de sirena para que los inversores tengan fe ciega en colocar sus dineros en la isla. Tanto es el afán del estamento militar que maneja el país como una finca feudal, que hasta invitan a los exiliados (otrora "gusanos") a que inviertan en la tierra de la que tuvieron que huir y que si todavía se tiene en pie es por las remesas que durante décadas han enviado a sus familiares. Quieren salvarse ellos antes del apocalipsis que anuncia el presidente Donald Trump con el sonido de la trompeta de su arcángel guerrero, el cubano americano Marco Rubio, cuya cruzada desde la secretaría de Estado contra la dictadura cubana cobra dimensiones bíblicas. Entre negociaciones y ultimátum, Washington y La Habana saben que es cuestión de tiempo. Este miércoles, los miembros del comité central del Partido procuraban arañarle tiempo al tiempo que se agotó. Una de las grandes incógnitas de ese "cambio de régimen" que la Administración Trump asegura está a la vuelta de la esquina es el destino que le depara a Raúl Castro. La escalada de medidas coercitivas y sanciones asfixian a un régimen habituado a ahogar en lo material y espiritual a los cubanos. In extremis, improvisan y pretenden poner en marcha fórmulas como las de China y Vietnam, con Partido único, pero economía de mercado. Es demasiado tarde. Desaprovecharon ocasiones menos enconadas y más dialogantes. No quisieron ni supieron saltar del tren que se descarrila. Por eso, en el cónclave repiten los misterios de su rosario: reformar para no desviarse "del proyecto socialista". El visto bueno lo concede Raúl desde su retiro, como la abeja reina en un intento por garantizar la supervivencia de la colonia infestada. Uno de los presentes agita un papel con la firma del nonagenario comandante: está "plenamente de acuerdo con las propuestas". El clan de los Castro es el primero que busca las salidas de emergencia en un túnel donde hace tiempo se taponaron los huecos por donde escapar. Después de la reunión del PCC, la Asamblea Nacional del Poder Popular ratificaría los cambios. Corretean como gallinas sin cabeza, decapitados por sus propias contradicciones. Las más grande de todas: a fuerza de justificar el encierro para evitar una intervención, hoy son muchos los que la invocan para salvarse de sus captores. Nadie sabe cómo será el desenlace. Eso ya es lo de menos.
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