La Carrie de Mike Flanagan
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La Carrie de Mike Flanagan

Summer H. Howell y Samantha Sloyan, sobresalientes como Carrie y su madre, Margaret, en la serie de 2026.  fotograma de la serie

Summer H. Howell y Samantha Sloyan, sobresalientes como Carrie y su madre, Margaret, en la serie de 2026.
Foto: Fotograma de la serie

Estrenada al medio siglo del mítico filme homónimo de Brian De Palma, la serie Carrie (Amazon Prime Video/MGM, 2026) constituye el más reciente aporte para la televisión del creador Mike Flanagan, artífice con anterioridad en ese medio de cuatro títulos de consideración en el terror, encabezados por Misa de medianoche.

En Carrie, Flanagan emprende su contemporánea lectura de la novela de Stephen King, incorporándole un considerable añadido de comentario social –actualizado– sobre las aberraciones de ese sistema educacional estadounidense en el que se refleja de modo directo el estado moral y mental (también económico) del país.

Ya no es 1974, fecha de publicación del texto de King. Por tanto, desde el piloto apreciamos cómo en la secundaria donde la alumna Carrie cursa su segundo año existen protocolos y simulacros constantes de preparación –igual que en todos los colegios de los Estados Unidos– ante los frecuentes tiroteos en recintos escolares, flagelo entrevisto en el documental por Michael Moore (Bolos para Columbine, 2002) y en la ficción por Gus Van Sant (Elefante, 2003).

Flanagan desarrolla, mediante la agudeza y la percepción o sentido de mosaico que caracterizan sus mejores obras, el concepto de que la escuela supone una representación a escala de la violencia y las grandes diferencias sociales e ideológicas de la nación, además de instituirse en el espacio de mímesis del voraz darwinismo de los poderosos que en ese país viven de expoliar a los desfavorecidos.

La adolescente rica que crea la cuenta falsa en Instagram para humillar a la pobre Carrie solo reproduce las prácticas aprendidas con su padre, un carroñero a quien ella imita desde los seis años –lo dice el personaje de su madre–, al que a la larga le llega su hora.

Y también le llega a la abusadora. La venganza del episodio final constituye la escabechina más opípara del género en años. Flanagan nos sirve a los amantes del fantástico y del terror las secuencias punitivas más deseadas de los últimos tiempos; en una puesta operística, sangrienta, reivindicativamente depalmiana.

Sin embargo, el mentís del (a efectos dramático lógico, aunque no por ello menos disociado de la verdad) destino de cárcel y muerte que Flanagan reserva, a padre e hija maltratadores, es la triste realidad de un sistema en el que ni el esquilmador va a prisión ni los abusadores dejan de serlo, algo que solo ocurre gracias a la ingenuidad o, mejor, a las necesidades narrativas de las ficciones.

Carrie, el personaje con poderes telequinéticos que conocíamos del libro de King y de la película de De Palma, aquí diverge bastante de la pauta de los materiales originales. Flanagan nos propone una mucho más abierta al mundo, deseosa de conocer, experimentar y ser feliz. Tanto lo anterior, como además su ternura, vulnerabilidad, curiosidad e inocencia, resultan transmitidos por la actriz Summer H. Howell con vehemencia convocante de ferviente seguimiento.

Una superlativa Samantha Sloyan en el rol de Margaret, su madre, merece el Emmy. Este personaje de la progenitora, también diferente del de las fuentes primarias (nunca deja de querer a su Carrie, pese a lo que sucede) cuenta con una composición para recordar de parte de la Sloyan, por su destreza al plasmar el miedo, el dolor, el fanatismo religioso y a la vez el amor materno.

Flanagan (a quien sí debe censurársele su sobada apertura de cada episodio: esa insistente evocación de mujeres del pasado incomprendidas o reprimidas por sus supuestas habilidades especiales o poderes, lugar común propio de series de menos peso) ha empleado el inconmensurablemente dúctil género del terror para gestionar un lancinante drama maternofilial sobre las complejidades afectivas entre padres e hijos situados fuera de la «normalidad».

Un drama maternofilial –en ciertos trazos me evoca el de la reciente Crystal Lake– instalado en el pecho de lo que es, en esencia, la serie: una parábola en torno al miedo y el desprecio al diferente, ese petróleo ideológico de la maquinaria conservadora de EE. UU.

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