El lanzador Jorge Isbel Blanco Chapell cerró la tarde con un triunfo que Matanzas celebra. Los Cocodrilos se impusieron cuatro carreras por tres a los Cazadores de Artemisa.
El serpentinero subió al montículo en el cierre de la décima entrada. Había bases llenas y dos outs, y el rival amenazaba con tomar la ventaja. Blanco resolvió el apuro y sostuvo la victoria.
Lo logró un año después de perder su puesto dentro del plantel matancero por una lesión en el brazo. Sus palabras muestran a un hombre feliz y agradecido.
La orden de calentar llegó desde el banco. «Desde que el profesor me avisó, me preparé bien», contó. Su misión era localizar los lanzamientos. «Traté de localizar los lances donde eran y el trabajo salió», dijo.
Antes de subir al montículo recibió un plan claro. El bateador rival dominaba los rompientes, pero la recta, en cambio, lo cogía un poco atrás, como se dice en el argot beisbolero. «En eso nos enfocamos», explicó el relevista.
El resultado quedó en la pizarra: cuatro por tres. Pero este éxito guarda otra historia. Un año antes, el matancero quedó fuera de la selección provincial. Una dolencia en el brazo lo apartó del equipo. «No pude estar debido a una lesión», recordó. Llegaron meses de fisioterapia y de paciencia.
Trabajó en silencio, lejos de los reflectores. Este año se abrió la puerta de la preselección y Blanco se ganó el puesto con esfuerzo. Cuando el mentor Jonder Martínez lo llamó, respondió sin dudar. «Aquí estoy apoyando a los Cocodrilos», afirmó con orgullo.

¿Pensó alguna vez en abandonar el béisbol?
Su respuesta fue inmediata. «Nunca, eso nunca me pasó por la mente», aseguró. El juego lo acompaña desde niño. «Siempre es lo que más me ha gustado», confesó.
Detrás del pitcher hay unos seres queridos muy atentos. Su esposa y sus familiares lo siguen en el estadio cuando pueden y, si no pueden ir, lo ven por la televisión. «Siempre están al pendiente de si lancé o no», comentó. Su esposa lo empuja a entrenar y a destacar. Su abuela es la más firme y le pide una sola cosa: no dejar el béisbol. «Estoy aquí por ella», dijo.
El bullpen también es un hogar. Los relevistas se sienten hermanos. «Somos como una familia», afirmó. Si uno falla, el siguiente intenta salvar el juego. Todos persiguen el mismo sueño: el campeonato.
En ese grupo pesa la experiencia de Jonder Martínez. Para el lanzador, el director es mucho más que un técnico. «Es como un padre aquí en el béisbol», refirió. Le agradece cada consejo, cada límite y cada orientación.
Su mensaje final fue para la afición de Limonar, en Unión de Reyes. Pidió que sigan apoyando a los Cocodrilos. A los suyos les prometió llevarlos consigo en cada paso que dé en el terreno. Hoy el brazo responde, y el corazón también. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)
Lea también
Un bronce y muchas señales de alarma

La lucha cubana volvió de Astaná con una sola medalla, el bronce de Luis Orta en los 67 kilogramos, y con un mensaje difícil de ignorar: el deporte que… Leer más»

