Las versiones para guitarra de Francisco Rodríguez de temas esenciales del cancionero cubano se caracterizan por una particular manera de recrearlos, de conducirlos por caminos no siempre previsibles. Aquí y allá aparecen variaciones que sorprenden al oyente, pequeños giros que renuevan la escucha sin desvirtuar la esencia ni la emotividad de las composiciones originales. Esa capacidad de reinventar sin violentar una memoria musical compartida es uno de los principales atractivos de Serenata Concertada, el disco de la guitarrista Ariadna Cuéllar, concertista de amplia trayectoria, que asume estos arreglos y entrega una propuesta hermosa y bien balanceada.
No hay aquí transgresiones que perturben una escucha apacible, ni afán de intervenir los originales para demostrar a toda costa una voluntad renovadora. Por el contrario, el disco establece una relación respetuosa y creativa con la tradición, una relación en la que puede reconocerse cualquier amante de la música cubana y, particularmente, del patrimonio de nuestra trova.
Escuchar Pensamiento, de Teofilito, o Son de la Loma, de Miguel Matamoros, desde las cuerdas de la guitarra, es reencontrarse con canciones entrañables y, al mismo tiempo, descubrir matices que enriquecen la percepción de ellas.
También merece destacarse la variedad de registros que propone el repertorio, desde los sones hasta las expresiones más tradicionales de la trova. Esa diversidad encuentra una intérprete capaz de transitar por diferentes atmósferas sin perder la coherencia del conjunto. La limpieza técnica de Ariadna Cuéllar, la precisión y la claridad de su ejecución otorgan particular belleza a estas versiones. No hace falta ser especialista en guitarra para advertir el cuidado con que cada pieza está trabajada ni la sensibilidad con que la intérprete pone sus recursos al servicio de la música.
Ojalá aparecieran más discos como este, capaces de honrar la tradición musical cubana desde una perspectiva contemporánea, sin convertir la renovación en una ruptura innecesaria con la memoria.
