La resolución de la Asamblea General, titulada “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos de América contra Cuba”, fue aprobada hoy con 130 votos favorables, 17 en contra y 25 abstenciones.
Curiosamente, tal votación ocurre cuando Cuba ha sido más agredida que nunca. No pasa semana sin que la Isla sea objeto de amenazas de intervención militar o del incremento de sanciones contra empresas y personas por parte del actual gobierno de Estados Unidos, algo que, por lo visto, debe de haber pasado desapercibido para los países que, de la noche a la mañana, han cambiado su posición respecto al genocidio que se acrecienta contra el pueblo cubano.
La explicación de tal ceguera ante la exagerada agresividad contra Cuba que ha sumido al pueblo en las mayores penurias nada tiene que ver con un cambio de política en la Isla que justifique tal crimen, y sí mucho con la violación del derecho internacional por parte de un gobierno que pretende evitar su visible decadencia a través de la imposición de la fuerza.
Lo que sí ha cambiado durante los últimos tiempos es la impunidad con que el mundo ha contemplado el exterminio del pueblo palestino, el secuestro de presidentes, el surgimiento de una guerra en el medio oriente, la persecución neofascista de los inmigrantes y la reactivación de la añeja doctrina Monroe, que ahora parece proclamar que ya no el continente americano, sino el mundo en su totalidad, le pertenece a los estadounidenses.
No es de extrañar, por tanto, que haya quienes se asusten con las bravuconadas, los chantajes comerciales y de otro tipo, al más vulgar estilo mafioso, con que Estados Unidos intenta imponer su dominación mundial.
En el caso de la última votación en la Asamblea General sobre el bloqueo de Estados Unidos a Cuba, quienes vacilaron ante las presiones del presunto amo, además de ciegos, se mostraron, por lo visto, también sordos ante las nuevas mentiras que ahora se suman a los inexistentes síndromes de La Habana o de la supuesta trata nada menos que de médicos salvadores de vidas en los más recónditos lugares del mundo.
Cuál mentira puede justificar que se castigue, bloqueo de combustible mediante, a todo un pueblo. Cómo puede, alguien con un mínimo de vergüenza, creer que se quiere salvar a quien se tortura y se le violan los más elementales derechos humanos al privársele el acceso a la electricidad, la alimentación, el agua potable y la salud.
Si Estados Unidos quisiera convencer al mundo de que su bloqueo contra Cuba no existe, simplemente debería derogar la Ley Torriceli de 1992, que le prohíbe a los barcos que comercien con Cuba atracar en puertos norteamericanos en un periodo de 180 días; o dejar sin efecto la extraterritorial Ley Helms Burton, de 1996, la cual afirma que el llamado embargo solo será eliminado, por el Congreso estadounidense, después de la instauración de un gobierno de transición en la Isla impuesto por EE.UU.
La única pretensión del actual gobierno de Estados Unidos es desatar un baño de sangre entre cubanos que justifique de alguna manera su crueldad. Pretende imponer, mediante la manipulación de la mentira, la vieja máxima de los imperios de divide y vencerás para luego, como hicieron en la primera guerra imperialista de 1898, después de negarle la ayuda a los mambises durante 30 años, intervenir de forma oportunista.
Con la absurda farsa montada en el debate del tema 37 de la agenda de la AGNU, y en víspera de las elecciones de medio mandato, la fallida administración Trump, repudiada hoy por la mayoría de los estadounidenses, busca, para conseguir algún voto, entusiasmar a los enfermos con el síndrome de la Enmienda Platt que aún moran en la Florida.
Con su máscara de engaños y amenazas, el verdugo podrá amedrentar a sus cómplices y consolar a los anexionistas, pero el pueblo de Cuba sabe, tal vez mejor que nadie, quién es el verdadero genocida.


