Pocos técnicos del mundo, en cual cualquier deporte, han sido tan exitosos y a la vez tan silenciosos ante los medios de comunicación como el argentino Lionel Scaloni.
En este mundo en el que formar alboroto se ha puesto de moda en todos los ámbitos, el ruido parece confundirse con la autoridad, la polémica vende y protestar por todo o tener gestos grandilocuentes y palabras malsonantes muchas veces es más importante que los resultados obtenidos por ese entrenador o jugador, desgraciadamente.
Una rara avis en este ecosistema es el estratega principal del fútbol albiceleste, que tuvo siempre un perfil bajo cuando vestía de pantalones cortos, y ha mantenido su esencia desde que asumió el banquillo de su selección nacional, lo cual no es tan fácil siendo una nación tan futbolera.
Un argentino con ego es más común que un mate compartido, pero en el caso de Scaloni el ser campeón y subtitular mundial, y además ganador de dos Copas América y de la Finalissima, no se le ha subido a la cabeza, y es una de las razones por las cuales la Asociación de Fútbol de su país le mantuvo en el cargo por un nuevo ciclo mundialista, de cara a la cita de 2030, en la cual tendrá el privilegio además de celebrar un partido ante su afición al ser Argentina una de las coanfitrionas del certamen.
No será nada fácil para el nacido en Pujato, pues se trata del primer cuatrienio sin poder contar con el astro Lionel Messi, y todo el mundo sabe lo que significó el capitán de la escuadra en el proceso deportivo más glorioso de las últimas décadas.
Se pondrá a prueba hasta el máximo esa serenidad casi anacrónica del exdefensor, cuyo estilo parece pertenecer a otro tiempo: uno en el que los triunfos se celebraban con discreción, las derrotas se asumían sin excusas y la autoridad se construía en el vestuario, no frente a los micrófonos.
Desde su época como atleta activo conoció el rigor de las grandes Ligas del mundo y aprendió que el fútbol, antes que una colección de nombres ilustres, es una suma de pequeños detalles. Quizá allí, en esa experiencia silenciosa como jugador, comenzó a formarse el técnico que años más tarde conduciría a la selección argentina hacia la gloria.
Asumió el banquillo albiceleste en un momento de incertidumbre, pues Argentina venía de años convulsos, de frustraciones acumuladas, de finales perdidas y de una relación cada vez más complicada entre la selección y su gente, y el equipo necesitaba algo más que un entrenador: necesitaba recuperar la confianza.



