Era bonito ver cómo en los estadios de toda Cuba, los aficionados devolvían las pelotas que iban a parar a las gradas. No lo hacían obligados por nadie ni mucho menos, sino como un gesto noble, de apoyo al espectáculo y al béisbol. Hoy ya no sucede igual.
No puedo evitar la tristeza al notar semejante transformación, porque, además de contribuir con el deporte en circunstancias extremadamente difíciles, ese gesto llegó a ser un sello cultural de idiosincrasia.
Todavía existen fieles a aquella tradición. Sin embargo, otra escena lamentable se roba la atención por estos días: un puñado de niños se atropella entre sí, para atrapar cada bola de foul que rebota entre las gradas, o sobre el tejado, así como las que rebasan la cerca o caen en los alrededores del terreno.
Creí que solo ocurría en Artemisa; no obstante, igual pude verlo en el Latinoamericano, y probablemente sea la realidad de otras sedes en Cuba entera.
No resultaría tan doloroso si estuvieran compitiendo por un recuerdo histórico, un souvenir especial procedente de alguno de sus ídolos… si fuera para jugar y convertirse en los Yadier Pedroso o Dayán García del mañana. Pero su único fin es vender la pelota en 500 o 600 pesos.
Alguien me comentó que “quizás la venden para que su mamá compre arroz”. Y eso, aunque conmovedor, sería igualmente triste. Mas, los propios muchachos aseguraron otra cosa.
“Con ese dinero, compro cualquier cosa por ahí”, dijo uno. “Lo cojo para comer lo que vea”, me respondió otro. Y ante la pregunta a varios de ellos, la respuesta siempre fue similar. Únicamente el último contestó de esta manera: “Lo gasto en comida… o se lo doy a mi mamá”.
Un lector que no coincida conmigo puede pensar que son chiquilladas, pillerías, cosas de muchachos. Sin embargo, un chico de primaria o secundaria (también los hay de preuniversitario) con el fruto de la venta de dos pelotas, tendría mil pesos (o más) en sus bolsillos para comprar quién sabe qué: ¿cigarros? ¿droga?

Mitos y realidades
Si no bastara con la preocupación que provocan estos niños, vuelvo sobre el daño ocasionado al béisbol, pues este deporte reclama solidaridad, a tono con la situación actual del país, y en cada partido se pierden de 12 a 16 bolas no devueltas por la afición.
Cierto, el público puede quedárselas cuando caen cerca de su ubicación en las gradas. También es verdad que, al pagar la entrada, se adquiere un “derecho” sobre ello. Ahora, tal como hacemos al referirnos despectivamente al valor del peso cubano ante cualquier producto, me cuestiono si acaso esos diez pesos alcanzan para comprar pelotas.
En las Grandes Ligas los fanáticos no las devuelven. Claro, la entrada a esos estadios vale de 15 a 60 dólares, durante la temporada regular; después, el precio se multiplica.
No obstante, hay muchos mitos respecto a la devolución de pelotas más allá de nuestras costas. Tampoco en Japón los aficionados se quedan con ellas. Un acomodador las recoge.
Y, si bien en la Major League Baseball (MLB) “abandonan” esas bolas, el béisbol juvenil y el de instituto en Estados Unidos procuran recoger cada una que sale del campo. También les resulta más fácil: hay menos espectadores, el área suele ser más pequeña, y la mayoría del público está de alguna manera conectada con el equipo.
Los niveles inferiores intentan recuperarlas todas, pero regalan las de jonrón a los bateadores. Incluso, cierta escuela anunciaba que las de foul debían devolverse al puesto de concesiones… a cambio de una pieza de caramelo de 25 ¢; por tanto, los niños las perseguían y llevaban rápidamente para recibir su golosina.
En las Mayores, solo por incidentes públicos con aficionados que se negaron a devolverlas a inicios de la década de 1920, y con la norma de la MLB de usar decenas de pelotas nuevas por encuentro, los equipos permitieron a los fanáticos quedarse con los batazos atrapados en las gradas.
Por si no bastara, los tribunales dictaminaron que las pelotas de la MLB se consideran “propiedad abandonada” cuando entran en las gradas. Este fallo ni se aplica a otros objetos en el béisbol ni a otros deportes. Desde luego, es más difícil recuperarlas, porque entran en la multitud con mayor frecuencia. A la vez, son pequeñas y fáciles de ocultar. Y los aficionados están mucho más cerca de los límites del juego que en otros deportes.
Además, tendrían que emplear gran cantidad personal para cubrir toda el área de la multitud. Como resultado, decidieron que no valía la pena.
Ah, y un dato nada desdeñable: la MLB es dueña de la fábrica (Rawlings); las pelotas les cuestan muy poco.
Desde el 26 de Julio
Según cifras aportadas por la Federación Cubana de Béisbol, la no devolución de las pelotas ha supuesto gastos adicionales de hasta 110 000 dólares en una temporada, pues en cada partido se perdió una media de 20 pelotas, a un precio de 7,2 dólares por unidad.
Manuel Orlando Vigoa, comisionado de béisbol en Artemisa, asegura que en la 65 Serie Nacional disponen de 20 pelotas para cada juego, y por no devolución pierden de 12 a 16 que van a parar a las gradas o más allá de la cerca.
Geminiano López Mieres, director del estadio 26 de Julio, señala que ya entonces no pueden emplear esas bolas en los entrenamientos del propio equipo de los Cazadores, o en las categorías inferiores, como solían hacer.
“Nosotros tenemos compañeros ubicados en distintas posiciones para recoger las pelotas. Pero un grupo de muchachos corren detrás de ellas y se les anticipan a los que trabajan en aras del juego.
“Yo no le quito la pelota a nadie, solo le pido a la población que respete los espacios entre las dos cercas, las áreas de bullpen y las aledañas, para que esos trabajadores puedan realizar su función.
“He visto muchachos que han querido meterse al terreno a buscarlas; si permitimos eso, un día se las van a arrebatar a los jugadores”.
Incluso, este reportero ha visto que casi todas se las compran los peloteros del equipo rival.
No todo es cuestión de sentimentalismo o tradición, sino también de orden, aunque era bonito ver cómo en los estadios de toda Cuba devolver la pelota alegraba a quien la recuperaba… y dibujaba una sonrisa de satisfacción en ese aficionado.

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