La Habana, 27 sep.- La imagen de aquella niña que aparece en el documental Por primera vez, de Octavio Cortázar, mirando la pantalla con asombro y riendo ante las peripecias de Charles Chaplin, como si asistiera a una maravilla hasta entonces desconocida, constituye una de las metáforas más hermosas de la vocación de la Revolución cubana por llevar el arte a todos los rincones del país.
En aquella mirada se revela algo más que un descubrimiento: está la posibilidad de acceder a un universo hasta entonces insospechado. Los cines móviles hicieron realidad, en buena medida, la aspiración martiana y fidelista de convertir la cultura en patrimonio de todos.
La iniciativa, que cumple 65 años y que el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos intenta articular en estos tiempos, materializó algunos de los principios fundamentales de la naciente política cultural revolucionaria.
En septiembre de 1961, con la creación del primer camión Cine Móvil por Héctor García Mesa, comenzó una experiencia que pronto se extendería por todo el país. Como recuerda Armando Pérez Padrón en su recuento de aquella historia, numerosos jóvenes fueron preparados para conducir los vehículos, operar los equipos y presentar las películas en escuelas, comunidades y campamentos.
Así, miles de personas que nunca habían visto cine pudieron disfrutarlo cerca de sus hogares. Llevar las imágenes en movimiento hasta las comunidades más apartadas constituyó entonces una transformación radical en el acceso a la cultura.
La dimensión de aquel proyecto no se limitó a la cantidad de espectadores ni a la extensión de sus recorridos. Los cines móviles propiciaron el encuentro de públicos hasta entonces ajenos a la experiencia cinematográfica con obras de Chaplin, Rossellini, De Sica, Kurosawa y Eisenstein, junto a películas cubanas y latinoamericanas, documentales y noticieros.
Camiones, jeeps, mulos y lanchas permitieron llegar incluso a los asentamientos más inaccesibles. Detrás de aquella diversidad de medios había también un empeño educativo: formar espectadores, ampliar los horizontes culturales de la población y hacer del cine una experiencia colectiva. Los trabajadores que asumieron esa tarea fueron protagonistas de una labor que, durante décadas, llevó mucho más que películas a los lugares donde no existían salas de exhibición.
Sesenta y cinco años después, el intento de recuperar los cines móviles invita a reconsiderar la vigencia de aquella experiencia. Las tecnologías y los hábitos de consumo audiovisual han cambiado, pero persiste el desafío de garantizar que el acceso al arte no dependa del lugar donde se vive.
No se trata de reproducir una iniciativa en las mismas condiciones de su nacimiento, sino de actualizar su propósito esencial: acercar la cultura a las personas y propiciar el encuentro con las diversas manifestaciones artísticas.
La felicidad de los niños y adultos de Por primera vez sigue siendo, desde la memoria del cine cubano, una imagen elocuente de lo que puede significar ese encuentro. (Texto y Foto: Yuris Núrido/ Cubasí)
